Sprechen Sie Deutsch, pedazo de cretino?
Proliferan las anécdotas en las que los patriotas de todo género usan los idiomas como insulto, provocación o arma política. Algo que jamás sirvió para nada.
El avión vuela hacia Londres y va bastante lleno. Hacia el medio de la cabina, en uno de los asientos centrales, está mi amigo Hugo. A su derecha, una chica muy mona que parlotea con el que pudiera ser su novio. Hablan en catalán. Hugo no es de las personas que se meten donde no les importa, pero entiende muy bien el idioma y se da cuenta de que la chica va, por decirlo suavemente, acojonadina: tiene miedo a los aviones, como tanta gente.
Como el presunto novio no parece ser de gran utilidad y la chica está cada vez más nerviosa, Hugo decide echar una mano, sonríe y le da con el codo. Los clásicos argumentos:
No te preocupes, mujer. El avión es el medio de transporte más seguro que existe. Basta saber cómo funciona para que se te pase el...
Sorry?
Hugo se queda sorprendido. La chica, súbitamente tranquila, lo mira con una sonrisa... cómo decirlo, algo impertinente, algo desafiante.
No, que te decía que en cuanto se sabe por qué vuelan los aviones, qué es lo que los mantiene en el aire, casi siempre uno pierde la...
Ahí la chica le interrumpe y le dice que muchas gracias, que ella sabe perfectamente por qué vuelan los aviones y que no tiene miedo, que solo está un poco nerviosa. Y se lo dice en inglés. A renglón seguido se gira hacia el hipotético novio y le dice, en catalán, que ahí hay un español que le está dando la chapa. Luego se vuelve hacia Hugo con su sonrisa (decididamente impertinente) y se le queda mirando con cara de “te toca mover”.
Claro, ustedes no conocen a Hugo. Mi amigo es un músico muy conocido que prácticamente vive en los aviones, de teatro de ópera en teatro de ópera. Una persona extremadamente culta y, a la vez, un seductor con una sonrisa irresistible. Si a eso agregan ustedes una mala leche terrorífica, les sale el retrato de Hugo, que sí, mueve ficha:
Sprechen Sie Deutsch?
¿Qué?
Gegen die Dummheit es ist kein Kraut gewaschen, aber sprechen Sie Deutsch, blöde?
Ahí la chica traga saliva, cae en la trampa de la exquisita cordialidad de Hugo y se le escapa, en español:
Ya, ya... Oye, muchas gracias, pero es que yo el alemán como que no...
Pero Huguito, que acaba de decirle que la estupidez no tiene remedio, entra en picado y, con esa sonrisa suya capaz de enamorar a un hipopótamo del Nilo, la llama idiota, cretina, paleta, maleducada, aldeana, patriotera, ridícula, facha, borde y todos los sinónimos del epíteto imbécil que pueden encontrarse en el Diccionario sohez de don Delfín Carbonell Basset, ilustre erudito y lexicógrafo valenciano. Eso sí: se lo llama todo en perfecto alemán y con una ternura exquisita. La chica, que no se entera de nada, abre dos veces la boca, intenta decir algo, pero tratar de interrumpir a Hugo cuando se embala es lo mismo que poner una señal de dirección prohibida en medio del encierro de los sanfermines, así que el ilustre barítono le atiza a la pobre hija (en alemán purísimo) diez minutos de erudición sobre aeronáutica y estulticia humana capaces de convencer a una vaca suiza, eso en el supuesto de que la vaca sea de los cantones centrales y orientales, donde se habla alemán.
Al final se producen dos fenómenos desparejos. Primero: la chica catalana que no quería hablar español con un/otro español -sin duda porque lo considera un idioma imperialista, opresor y tiránico- se enfurruña, da la espalda a Hugo y no le dirige más la palabra durante el resto del viaje. En ninguna lengua. Segundo fenómeno: se le pasa milagrosamente el miedo a los aviones. Wir preisen den einen, dreifaltigen Gott!
Anécdotas. O no.
Ustedes saben, como lo sé yo, que esta anécdota es una excepción, por llamativa que sea. Es verdad que hay por ahí algunos periódicos que se dedican a buscar día tras día, muchas veces con candil, la aldea perdida del Pirineo de Lérida en la que la bandera constitucional ondee un poco torcida para inventarse poco menos que una declaración de guerra. Se trata de atizar un fuego que no existe, o que empieza a existir gracias a los talibanes de todo género y condición.
También es verdad, y esto es triste, que se producen anécdotas parecidas en tal número que pudieran dejar de ser anécdotas. Mi amigo Adri pertenecía a las juventudes de ERC, en cuyas reuniones se usaba, lógicamente, el catalán. Un día alguien se expresó en castellano. Lo recibió el silencio. Nadie le contestó. Como si no hubiese hablado. Adri abandonó sin más la organización: para intolerantes, ya basta con los del fútbol.
Quien intente lograr un Estado propio para Cataluña (idea que yo respeto pero que no comparto) atizando el odio hacia el idioma común está, sencillamente, loco. O algo peor: se está comportando exactamente igual que los falangistas que, en los años 40, llenaban las calles catalanas, vascas y gallegas de carteles y octavillas en las que se conminaba: “Habla la lengua del Imperio”, en un estúpido intento de erradicar las lenguas propias. ¿Cuál fue el éxito? Ninguno.
Un idioma no es imperialista.
Un idioma no se construye jamás contra otro. Jamás. Un idioma no sobrevive por una voluntad política. Sobrevive, prospera, florece, porque es útil, porque sirve para comunicarse; y se extingue cuando deja de cumplir esa función. Un idioma no es nunca imperialista, opresor, fascista, ni todo lo contrario; eso podemos serlo las personas, pero jamás las lenguas, que están inventadas para que la gente se entienda, no para que no lo haga. Utilizar un idioma como arma política es mucho peor que una estupidez: es un error que, a la larga, demuestra su total inutilidad. Y eso deja en el camino un río de ignorantes.
En aquella tienda de DVD próxima a la Plaza de Cataluña le preguntaba yo al dueño (en castellano) si tenía la versión extendida de la película Amadeus. Me contestó (en catalán) que no, pero que la recibirían pronto. Yo, que entiendo el catalán perfectamente pero que lo respeto lo bastante como para no hablarlo mal, le pregunté (de nuevo en castellano) cuándo creía que lo recibirían. Me respondió, en catalán, que no lo sabía. Y ahí quien me acompañaba, un gran escritor que ha ganado el premio Josep Plá de narrativa catalana, entró en erupción y puso a aquel hombre cual chupa de dómine, en impecable catalán, por paleto, por ridículo... y por maleducado.
España y Cataluña podrán ser, con el tiempo, un Estado o dos. Ya veremos. Pero jamás podrán vivir de espaldas. Ni sus gentes ni sus idiomas. El día en que dejemos de hacer el bobo con estas cosas empezaremos a resolver problemas. Incluido, quizá, el del miedo a volar.



