Rafa tenía que haber vencido

14 / 07 / 2014 Incitatus
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¡Gracias!

Fallece el periodista Rafael Martínez-Simancas después de tres años de lucha y de escribir un libro prodigioso en el que contaba su combate contra el linfoma.

Estoy convencido de que Rafa se ha ido, sí, pero poco. La misma mañana en que partió, en medio de un mes de julio con un sol de hechuras subsaharianas y una temperatura de casi lo mismo, descargó sobre Madrid una cellisca feroz: rayos por todas partes, unos truenos de ópera que obligaban a las señoras a refugiarse en los portales para rezar a toda prisa y, de postre, una granizada que ni en las películas; caían del cielo unas bolas de hielo del tamaño de cerezas del Jerte que abollaban los techos de los coches, destripaban paraguas, pelaban las ramas de los árboles y nos tenían a todos en un ay, mirándonos atónitos, preguntándonos: “Pero qué paaasa”.

No lo sé con certeza pero imagino que a Rafa, recién llegado allá adonde haya ido, le habrán dicho: “Bueno, a ver, el novato, ven pacá. Pues estos botones verdes son los botones de la música de las esferas, esa palanca azulita es la de las apariciones marianas, este teclado es el del euríbor y la prima de riesgo, y estos mandos de aquí son los de las mareas, las tormentas y otros fenómenos meteorológicos. Pero ni se te ocurra tocar nada sin permiso del jefe que te la cargas, que esto así según lo ves parece fácil, pero hay que llevarlo mu coordinao”.

Y Rafa, según es, habrá dicho a todo que sí, pero en cuanto el encargao se haya dado media vuelta, habrá sonreído: “Botoncitos a mí, que soy de Rute”. Y se habrá puesto a darle a todo con los resultados antedichos. Los ciruelazos de granizo rajaban las parabólicas y espantaban a los guiris. Me parece ver a Rafa retorciéndose de la risa.

Otra prueba, por si hacían falta más. En el tanatorio de San Isidro lo alojaron no en el Sótano Octavo sino en el Décimo; quiero decir con esto que le dispusieron una suite lejana y que había que atravesar numerosos duelos (él habría añadido, seguro: “y quebrantos”) para llegar a donde le habían puesto. La gente, con la habitual cara de circunstancias, iba mirando en la puerta de cada estancia las etiquetas con los nombres de los finados para comprobar si aquel muerto era el suyo; cuando comprobaban que no, aprovechaban para dar el sentido pésame a tres o cuatro dolientes completamente desconocidos que se cruzaban antes de seguir buscando.

Eso es lo habitual. Pero no me digan ustedes que no estaba la mano de Rafa en lo de la música. Porque mientras todos nos afanábamos en el diálogo acostumbrado en estos casos (“le acompaño en el sentimiento”, “el gusto es mío”, etcétera) sonó, de pronto, una barahúnda espantosa, un grupo de heavy metal ensayando en algún lugar cercano con toda la potencia de los altavoces: el tío del bajo metiendo púa con insuperable furia, túndundundun, túndundundun, como una ametralladora pesada, y el de la batería igual, túndundundun, psss-bom, psss-bom, y allí, decenas y decenas de deudos moviéndose por el tanatorio como hormigas aturulladas, todos pálidos y acojonadines como si fuese a llegar el fin del mundo y preguntándose, otra vez: “Pero qué paaasa”.

Si ahí no estaba la mano puñetera de Rafa, pues a ver. Si hasta creía yo oír sus carcajadas, que Rafa se carcajeaba en contratenor y daba gloria oírle.

Esto no se hace.

Miren ustedes, perdónenme. Estoy intentando hacerles reír un poco (quizá a él le gustaría) y no puedo, no me sale, porque soy yo quien no tiene ninguna gana de reír. Estoy navegando por una de las tristezas más negras y espesas que me ha tocado atravesar en los últimos años, y el chapapote de esa tristeza se me pega a los pies, a los remos con que trato de moverme, al alma, y no me deja respirar, no me deja escribir, no me deja pensar siquiera; solo me deja cabrearme, morderme el labio de abajo de puro rencor, de pura rabia, porque mi amigo Rafael Martínez-Simancas se ha muerto y eso no tiene nombre, eso es una putada espantosa, descomunal, inconcebible. Una canallada que no produce exactamente dolor sino más bien esto que digo, rabia, indignación. Porque Rafa no se tenía que morir, leche. Porque no lo sabíamos, al menos yo no. Ni creo que lo supiera él. Porque muchos, y él el primero, estábamos convencidos de que iba ganando, de que iba a ganar, de que pronto lo celebraríamos con una cena sardanapalesca en Salvador.

Y no. No era verdad. No iba ganando. Íbamos perdiendo. Me cag...

No hace todavía un año que B publicó un libro que ahora tengo aquí abierto. Se titula Sótano octavo y está dedicado con esa letra inconfundible de niño aplicado que estudió en colegio de curas pero que luego empezó a hacerse preguntas sobre el arrianismo y la transubstanciación y se le desgalichó la caligrafía. Boli azul. Dice: “Querido Inci: te pongo en doble compromiso, primero leer este libro y luego ponerlo a escurrir como debe hacerse con los amigos. Con mi cariño...”.

Un humor único.

El libro, del que ya hablamos aquí, es un prodigio. Está escrito por un periodista de los que ya no se fabrican, y esto por una razón: conozco muy pocos que sean capaces de salir de la consulta del médico, un médico que te acaba de decir que tienes un asunto rarísimo (Rafa es que siempre fue un poquito snob para algunas cosas; no se iba a morir por la patada de una vaca, vamos) que se llama “linfoma no Hodking tipo B en grado 3”, y lo primero que se le ocurre es decir: vaaaya temazo para un libro.

Y se puso a escribir con la pulcritud de un asentador del Consejo de Indias, con la intrepidez de un personaje de Salgari y con la belleza de... Rafa Martínez-Simancas, porque como Rafa no escribía nadie más, eso era imposible. Su estilo transparente y saltarín como una piedra plana que rebota en el agua salió de cientos, miles de lecturas bien digeridas, porque Rafa llevaba a cuestas una cultura del tamaño de un brontosaurio. Contó con absoluta maravilla, como un niño miedoso que se adentra en un bosque desconocido, el camino que le había de llevar a la salida, de eso estaba seguro él; usó de un humor insuperable (el suyo) en momentos como aquel en el que anota “qué cosas no se le deben preguntar a un amigo enfermo”, y ese era él.

En el tanatorio, Sótano Décimo, entre los truenos y los locos del heavy metal que merecían haber sido contratados por el propio Rafa, se aglomeraban los periodistas vestidos de ministros y alguna ministra (o cosa que lo valga) vestida de periodista. Y el camarero del restaurante Salvador, que ya no nos servirá la cena de la victoria y que no era capaz de sujetar tanta pena como llevaba.

Y David Torres, el escritor del que yo tengo celos porque Rafa lo quería seis gramos más que a mí, me abrazaba temblando de ira y me decía que no hay derecho a que Rafa haya perdido, que hay gente que no debería morirse antes que nosotros. Porque luego qué haces, cómo sigues. Con qué cara. A ver.

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