No todos los curas fueron iguales
Un libro rescata de la nada a diez clérigos españoles que no se alinearon ni con la sublevación de Franco ni con su régimen, y que fueron condenados al olvido por ello.
El general Franco usó por primera vez el término cruzada exactamente seis días después de volver contra el Gobierno de la República las armas que este le había confiado para defender a la nación. Fue en una alocución radiofónica desde Tetuán. La palabra, por más medieval que fuese, tuvo un rápido éxito. Pío XI, en septiembre de 1936, bendecía especialmente desde Castelgandolfo “a cuantos han asumido la difícil y peligrosa tarea de defender los derechos y el honor de Dios y de la Religión”. El papa Achille Ratti tomaba claramente partido por los sublevados, pero al menos había tenido el vaticanísimo cuidado de no calificar a la insurrección de “cruzada”. Eso no arredró al entonces obispo de Salamanca, luego cardenal primado Enrique Pla y Deniel, quien no se lo pensó dos veces antes de añadir doscientos voltios a las palabras del Santo Padre en una furibunda carta pastoral que tituló Las dos ciudades y en la que tronaba: “Millares de jóvenes luchan por Dios y por España... Son jóvenes combatientes de una Cruzada... El comunismo es hijo de la envidia y del odio... Una España laica ya no es España...”.
El cardenal de Toledo y primado de España, Isidro Gomá y Tomás, corregía y aumentaba (si cabe), en 1937, a su amigo Pla y dejaba claro que aquello que ensangrentaba España no era una guerra más: “El desbordamiento de la anarquía comunista contra la cual estamos sosteniendo cruenta y heroica Cruzada, pues no es una mera guerra civil, ni una guerra internacional, sino sustancialmente es una Cruzada con todas las de la ley, al estilo de las heroicas campañas medievales (…). Una Cruzada por la Religión, por la Patria y por la civilización contra el comunismo”. Historias viejas, dirán ustedes. Sí, puede ser. Pero siempre hemos creído, porque así nos lo contaron y nos lo repitieron ad extenuationem, que todos los clérigos españoles abrazaron la famosa cruzada con igual fervor.
No fue así. Es indiscutible que la persecución religiosa que se desencadenó en la zona bajo control de la República (persecución de una violencia sin precedentes que emprendieron las milicias populares y la gente de a pie mucho más que el propio Gobierno) acabó con las vidas de trece obispos, unos 8.500 curas y frailes y tres centenares de monjas, según las cifras que dio en su día el dominico franquista Maximiliano García Cordero. Pero no todos los clérigos españoles reaccionaron igual, ni ante la República ni ante la Guerra Civil.
El 1 de julio de 1937 se publicó un documento espeluznante: la Carta colectiva del episcopado español sobre la guerra. Esa carta había sido elaborada por el cardenal Gomá, un hombre varias veces más franquista que el propio Franco, por más que ahora los nacionalistas catalanes le llamen Isidre Gomá i Tomás y traten de hacerlo pasar por suyo. Le ayudó en el empeño otro obispo, el falangista Leopoldo Eijo y Garay, que se titulaba Patriarca de las Indias Occidentales.
El texto, tremendo, califica a la República de “revolución comunista española” y la tacha sucesivamente de crudelísima y asesina, inhumana, profanadora de tumbas, bárbara destructora de obras de arte, esencialmente antiespañola, anticristiana... y concluye, desde luego, poniendo a Dios y a su Iglesia, sin reservas, del lado de los sublevados.
La minoría silenciada.
No la firmaron todos. Faltaron cinco nombres. Tres de ellos habrían firmado pero no pudieron por motivos largos de contar aquí: el cardenal Segura y los obispos de Menorca y Orihuela, Torres Ribas e Irastorza Loynaz. Pero los otros dos no quisieron firmarla. Uno fue el cardenal arzobispo de Tarragona, Francisco de Asís Vidal y Barraquer, y el segundo el obispo de Vitoria, Mateo Múgica Urrestarazu.
El cardenal Vidal y Barraquer, que salvó su vida casi de milagro gracias a la intervención in extremis de un enviado del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, era un hombre absolutamente conservador y tridentino, pero era también catalán y catalanista, y desde luego era cualquier cosa menos franquista. Hasta su muerte en el exilio (Friburgo, 1943) clamó contra aquel régimen que confundía religión con patriotismo o patrioterismo, que imponía a la fuerza las creencias religiosas, que obligaba a rezar a los ateos y que usaba de las misas como atrezzo en actos de propaganda política. Es el “cardenal olvidado” del siglo XX español.
El otro, Múgica, sí era franquista, pero dejó de serlo (y se negó a firmar la carta famosa) cuando el general Mola mandó fusilar a catorce de sus curas vitorianos por lo que podríamos llamar un “exceso de amor a su tierra natal”. Vamos, que eran nacionalistas.
Resucitar en un libro.
Creímos siempre que habían sido dos ovejas negras en un amplísimo rebaño de ovejas... azules. Ahora sabemos que no es verdad. Acaba de publicarse un libro que es más que eso: es un trabajo contra viento y marea. Se titula Otra Iglesia, lo ha publicado Ediciones Trea en su colección Piedras Angulares y sus autores son Feliciano Montero García, Antonio César Moreno Cantano, Marisa Tezanos Gandarillas, José Ramón Rodríguez Lago, Enrique Orsi Portalo, Luisa Marco Sola, Encarnación Barranquero, Miguel Ángel Dionisio Vivas y Luis Gutiérrez-Martínez Conde bajo la coordinación de los tres primeros. Un grupo de historiadores que ha logrado seguir la pista perdida de diez clérigos españoles que, en aquel tiempo, sí creyeron que se podía servir a Dios y ayudar a los hombres a ser más felices y a vivir en un mundo más justo. Fueron una gota en un océano, pero existieron. Fueron curas republicanos, demócratas, algunos izquierdistas y hasta hubo algún masón. Estaban en tierra de nadie: su condición de clérigos les ponía enfrente de los rojos, pero su condición de demócratas les granjeó la sentencia a olvido perpetuo de la propia Iglesia. Solo los autores saben lo difícil que ha sido encontrar las huellas de aquellos diez curas premeditadamente borradas por los suyos: los archivos eclesiásticos se cierran a cal y canto en cuanto se menciona su nombre y en los archivos civiles su rastro es un puro rompecabezas de papeles dispersos. A algunos los mataron, como al malagueño Francisco González Fernández; otros fueron desterrados, encarcelados o silenciados. Y todos, sin excepción, condenados a la damnatio memoriae, a la pena de olvido, por haber creído que el Evangelio podía vivirse de otra manera, sin convertir a los adversarios en enemigos mortales de una cruzada brutal.
Estremece este libro que nos hace ver que las cosas, entonces, quizá no pudieron ser de otro modo. Pero que hubo gente que lo intentó.



