Milos Forman mató a Mozart
Una ópera de cámara de Rimski Kórsakov escenifica el asesinato de Mozart. La ópera es buena. Pero falsa.
Mi cuñada, Embriscación Martínez Borrascas (nombre casi supuesto), suele ponerse algo agresiva cuando dice esto, quizá como si sintiese que todo el mundo se le va a echar encima, aunque no la conozca ni siquiera la oiga: “Mira, Luis: Mozart era un pesado. Un pelmazo que no hacía más que repetirse. Un encantador de señoritas. No me hables”.
Uno, ante esas cosas, se queda callado, qué va a hacer. Embriscación sabe un montón de música, muchísimo; incluso forma parte, desde hace décadas, de la dirección de un festival internacional de enorme prestigio que ahora pasa por sus horas más bajas. Pero todos tenemos nuestro momento antisistema, nuestro rato tuitero, nuestro arrebato Rebelde sin causa; lo que la propia Embriscación llama el “momento mecagüen”. Y en el suyo se le cruzó Mozart. Qué le vamos a hacer.
Nunca me atreví a regalarle el libro Mozart, detrás de la máscara, del inolvidable Lincoln R. Maiztegui: la mejor biografía del compositor que se ha escrito jamás en castellano. Tengo la convicción de que no habría servido de nada. No hay nada más difícil que intentar convencer de algo –lo que sea– a quien ha tomado la decisión de no dejarse convencer.
Vuelvo ahora sobre ese libro porque vengo de la Fundación Juan March. Acabo de ver la representación de una ópera de cámara (piano, voces, escena, vídeos, luces y poco más) que me ha encantado: Mozart y Salieri, un experimento que Nikolái Rimski-Kórsakov escribió a finales del siglo XIX sobre un poema que Aleksandr Pushkin echó a rodar en 1830, cuando Mozart llevaba ya casi 40 años muerto pero el otro, Antonio Salieri, se acababa de largar del mundo, anciano y demente.
Pushkin se inspiró en un hecho real: Salieri, uno de los mejores compositores de su tiempo –pero eso no tuvo la menor importancia: coincidió con Mozart, que pulverizó la memoria de todos sus contemporáneos salvo la de Haydn– murió loco, angustiado por una obsesión horrible: estaba convencido de que había asesinado a Mozart, de que lo había envenenado.
Era mentira, desde luego. Mozart murió de una complicación renal producida por una infección, probablemente de garganta. Cuando la inflamación llegó al corazón, se acabó Mozart. Esto, hoy, se habría resuelto con unos cuantos antibióticos. En 1791 eso era imposible. Mozart, que tenía una mala salud de hierro desde crío, murió de muchas cosas a la vez, algunas de las cuales las llevaba encima desde la infancia. Pero no fue envenenado con acqua toffana, aunque él mismo (eso lo recoge Lincoln en su libro) llegase a decirlo durante las semanas finales de su vida. Se engañaba. Salieri, a quien el brutal exceso de luz que despedía el masón Mozart había provocado una tremenda hipertrofia en las glándulas envidiatorias, inventó aquello, o siguió el paso del rumor que se había corrido por Viena. Pushkin sencillamente mintió: encontró una buena historia que nadie le podía desmentir, como hacen hoy tantos diarios digitales y numerosos programas de telemierda destinados a embrutecer gente. Y ya no hubo forma de parar el bulo.
Rimski-Kórsakov se limitó a poner música a un poema que a mí me parece bastante ramplón, y le salió una ópera muy estimable, por más que resulte verdaderamente chocante ver cómo Mozart y Salieri charlan... en ruso.
El asunto no habría pasado de ahí (un rumor para eruditos: nadie se preocupaba, en realidad, demasiado de este asunto) de no haber sido porque uno de los mejores dramaturgos del siglo XX, Peter Shaffer, muerto hace menos de un año, escribió a mediados de los 70 su espléndido drama Amadeus, que era en realidad un tratado sobre la envidia humana; y una década después, en 1984, otro genio, Milos Forman, llevó aquel drama al cine en una película que yo he visto decenas de veces, y que se llamaba igual: Amadeus. Imposible olvidar aquella joya de peli con las impecables interpretaciones de Tom Hulce, que hacía de Mozart, y de Fahrid Murray Abraham, que se llevó el oscar por su prodigiosa interpretación de Salieri. Hasta Jeffrey Jones estaba espléndido metido en la peluca del tontito emperador José II.
Pues bien, con esta película pasó algo muy semejante a lo que nos sucedió a todos con las famosas imágenes de Tejero entrando en el Congreso el 23-F. Todos recordamos haberlas visto en directo. Pero es mentira: las vimos al día siguiente, cuando se emitieron por primera vez. La memoria nos jugó una mala pasada. Lo mismo sucedió, o sucede, con Amadeus: si preguntan ustedes por ahí, la inmensa mayoría de la gente que haya visto el filme hace mucho tiempo les dirá que Salieri mata a Mozart al final. Y no es verdad. No lo mata. Mozart se muere por su propio pie, si me permiten la expresión, pero el inconsciente colectivo ha decidido que sí hubo asesinato. Es decir, que Milos Forman mató (o remató) a Mozart.
También hay muchísima gente convencida de que la cocacola destruye los metales, de que en las alcantarillas de Nueva York viven cocodrilos blancos, de que a Ana Obregón le reventó una teta en un avión o de que las bombas del 11-M en Madrid las puso ETA. Son bulos, algunos inventados (como el último) con fines repugnantes. Y eso no tiene remedio porque hemos entrado en una sociedad en la que todo lo que aparece en letra de molde tiene credibilidad, aunque sea una gansada creada por un tuitero.
Si tienen oportunidad, vayan a ver la ópera: Pablo García López e Ivo Stánchev están soberbios. Pero no se crean que Salieri mató a Mozart. No es verdad. Se ponga mi cuñada como se ponga en sus temibles “momentos mecagüen”.


