Los actores y el presidente Nelson
La gala de los Oscar, que Trump dice que no vio, acabó favoreciéndole a él. Qué casualidades tiene la vida...
En la serie Los Simpson, que fue concebida por Matt Groening hace ahora treinta años basándose en su propia familia y que ha cambiado el concepto del bien y del mal que llevan a las espaldas las dos últimas generaciones en el mundo occidental, hay un personaje inquietante. Se llama Nelson Muntz, tiene 11 años y es, para entendernos, el abusón del colegio. El que odia a todo el mundo porque probablemente cree (no sin motivo) que todo el mundo le odia a él. El tonto que sabe que lo es y que disfruta con la desgracia de los demás, sobre todo si es él quien la causa. Se le conoce por esa risa simplona y falsa, de pretensión vejatoria, que profiere siempre que le hace alguna canallada a alguien: ¡Ha-Haaa!
Groening es un genio pero no está dotado del don de la profecía; no podía saber que ese pequeño bobo hideputa (término que saco del Quijote; no se vayan ustedes a pensar lo que no es) crecería, medraría, se haría empresario, se arruinaría seis veces (no se es nunca tonto en vano) pero se recuperaría siempre, se embadurnaría la cara de color naranja, se teñiría el pelo de color amarillo canario y lograría el prodigio de peinárselo a la vez hacia delante y hacia atrás, según ha descubierto Javier Marías; y finalmente lograría ser elegido presidente de Estados Unidos gracias a las habilidades informáticas de los esbirros de su amigo Vladimir Putin.
(Quizá ustedes no recuerden esto: Putin sale en la temporada 28 de Los Simpson. Es el día de la elección presidencial y el político ruso, que va disfrazado, pide el voto para Trump porque, según dice, “hará grande a Rusia otra vez”. Los de la mesa electoral de Springfield dejan votar a Putin pero no a Homer, porque “no está en la lista”. Putin le consuela diciéndole que ya le meterán en ella sus hackers).
Recordaba todo esto viendo la ceremonia de entrega de los premios Oscar. Me las prometía muy felices porque todo indicaba que la somanta de palos que le iba a caer a Benito Trumpsolini, o sea a Nelson, sería memorable, y tanto Bart como el resto de los niños que fuimos víctimas de abusos en el colegio seríamos, al fin, vengados.
Me equivoqué. Casi nunca veo la gala de los Oscar porque hay que estar despierto toda la noche; supuse que no sería muy diferente de la de los Goya. Qué error, qué inmenso error, que habría dicho don José.
La entrega de los Oscar es la Danza de las horas de Chaikovski interpretada por las airosas avestruces e hipopótamas de la peli Fantasía, de Walt Disney, mientras que la de los Goya es, en comparación, El día de la bestia de Álex de la Iglesia. El presentador de los Oscar, el “por su bravura el temido” Jimmy Kimmel, resultó ser algo así como Millán Salcedo disfrazado de monja y cantando Un pueblo es en comparación con Dani Rovira, cada uno de cuyos chistes tenía más nitroglicerina que todas las bromitas juntas del showman de Brooklyn. Este pánfilo dijo en su monólogo que todos los espectadores no estadounidenses de la gala les odian por las cosas que hace el presidente Nelson Ha-Haaa. Eso no es un chiste, es casi una obviedad. Luego levantó al público para que aplaudiesen a Meryl Streep, esa actriz “sobrevalorada”. Es que si no hubiese hecho ni eso... Y hasta ahí llegó. Apenas ninguna irreverencia más. Le tomó un poco el pelo a Matt Damon, se rio del nombre del oscarizado Mahershala Ali y se le acabó la gracia. Más soso que una mata de habas, el muchacho. Y los demás, igual: unas cuantas alusiones a que el arte está para potenciar la diversidad, para que la gente se quiera y no se odie; es decir, algo parecido a lo que hacía Gila, que pretendía deprimir a los asesinos mediante indirectas: “Alguien ha matado a alguien...”.
Todos recordamos lo que pasa en los Goya. Siempre se dijo que los sucesivos presidentes del Gobierno de España nombran ministro de Cultura al tipo (o señora) que peor les cae, al que tienen tirria, para que vaya a la ceremonia de los Goya y de allí salga directo hacia la tintorería, a limpiarse los salivazos. José Ignacio Wert se negó a ir. A Pilar del Castillo, ministra de Aznar, le tocó la gala del No a la guerra, en 2003, y si no salió envuelta en llamas del teatro fue porque ni Willy Toledo (presentador) ni Fernando León de Aranoa (Goya al mejor director) llevaban lumbre en aquel momento. Pero las ganas las tenían todas.
Los políticos de primer nivel no suelen acudir a la entrega de los Oscar. Pero saben la importancia que tiene el acto, y por eso trumpsolini contraprogramó una cena de ringorrango el mismo día y a la misma hora, llena de gobernadores: estaba manifestando su desprecio por la gente del cine, que es lo mismo que suelen hacer los políticos de aquí.
Pero quizá hizo algo más que eso. Permítanme ustedes que me amariñice un poco y me ponga perverso. Lo que sucedió al final no había pasado jamás, en 89 años. Dos venerables ancianitos, Faye Dunaway y Warren Beatty, abrieron el sobre en el que venía el premio a la mejor película. Pero... el sobre estaba cambiado. Contenía el premio (duplicado) a la mejor actriz protagonista. Y, después de unos segundos de duda que parecieron muy cómicos, la Dunaway dijo el nombre de la película equivocada, La la Land, cuando en realidad la ganadora era Moonlight.
Lo demás lo han visto ustedes cien veces ya. Los verdaderos ganadores quitándoles el Oscar de las manos a los falsos, un escándalo mayúsculo. Mi reflexión: si alguien quisiese reventar la gala y que se olvidase todo lo demás, habría planeado exactamente lo que pasó. Quizá la respuesta la tengan el habilidoso Putin... o el presidente Donald ¡Ha, Haaa!


