La hora de Dani
Nuestro colaborador y crítico literario Daniel Jiménez ha ganado el premio de novela John Dos Passos
Esto suele empezar siempre igual. A eso de los 13 o los 14 años, el adolescente (chico o chica, eso es lo mismo) recién enamorado como un burro, se pone a expeler poemas como si fuesen vómitos de sangre y rosas. No puede hacer otra cosa, por algún sitio tiene que reventar y la poesía tiene la habilidad de santificar literariamente la ebullición de las hormonas.
Ahí ya se aprecian dos grupos: los adolescentes que han leído y los que no. Quiero decir: los que empezaron a leer (lo que fuese) desde que aprendieron a descifrar las letras. Esos, si el viento es favorable y nada se tuerce, podrán llegar a escribir bien e incluso, con disciplina, a ser escritores. Los otros no tardarán en dejar de despedazar la rima (o el verso libre, que es más fácil de despedazar) y pasarse al guasap, que un Ola k ase en determinadas circunstancias es de mucho efecto. O eso, o letras de rap, que ahí da todo igual.
Daniel Jiménez Palencia, o sea nuestro Dani, se lanzó a leer desde que le quitaron el chupete. No ha parado. Para ser escritor tenía muchas cosas en contra. Entre otras su aspecto, porque es un tío alto y guapo que transporta una sonrisa muy al estilo de Omar Shariff en sus buenos tiempos; y muy bien podría haberse echado a perder trastornado por los encantos de las sirenas, como los marineros de Ulises. Pero afortunadamente es tímido: un tímido irrecuperable que considera que la cumbre de la felicidad personal se encuentra en los libros de Roberto Bolaño, en las novelas de Patricio Pron (el escritor argentino ha admitido públicamente que nadie conoce su obra como Dani; ni siquiera él, que la ha escrito) y en cierto malditismo noctívago que le lleva a inventar cosas como el Plagiarismo, penúltima corriente literaria descubierta por los exploradores, afluente por la izquierda del Nuevo Drama.
Dani, que escribe aquí desde hace años, que tiene en nuestra web un brillante blog de título manifiestamente injusto (él es cualquier cosa menos un lector amaestrado) y que nunca se sabe cuándo va a entregar los artículos porque si se pone a escribir lo que le encargamos no le da tiempo a leer lo que tiene que leer y a escribir lo que no tiene más remedio que escribir, no va de estrella del espectáculo, como otros. Empezó a escribir mediante el espantoso método de imponerse a sí mismo una disciplina draconiana: no copiar, no parecerse a otros, ser inflexiblemente honesto con la escritura. Lo mismo que hizo siempre con la lectura.
Eso le echó en los brazos de la crítica literaria; brazos nervudos y asfixiantes en los que suelen refugiarse aquellos que, quizá de noche, ante el espejo del baño, no tienen más remedio que reconocer que les falta talento.
No es el caso. Como crítico es feroz, que por lo general es el recurso de los mediocres, pero eso no obedece a sus limitaciones sino a que exige a los demás escritores (a todos, incluidos los que rumian en el augusto establo de las vacas sagradas) la misma honestidad que él aprecia en los que tiene por buenos y que se exige, por lo tanto, a sí mismo.
El premio. Miren ustedes, ahora mismo cualquiera puede publicar y ver sus libros en las estanterías de los grandes almacenes. No hace falta más que dinero y encontrar a un pseudoeditor lo bastante marrano, y uso esa expresión, ustedes perdonen, como alusión algo inapropiada a los judíos sacamantecas que llenaban las obras del Siglo de Oro. Pero Dani, lo mismo que sus compañeros de hálito literario (Juan Soto Ivars, Sergi Bellver, Manuel Astur y quizá alguno más que tiene lleno el buzón de voz), no se habría rebajado jamás a verse en letra impresa sin merecerlo, sin justar en buena lid con los editores de antes, los pocos que van quedando.
Ha escrito mucho y lo ha presentado por ahí a cosas, becas, concursos y torneos parecidos mientras ponía copas en los bares y escribía descosidamente hasta que le daba la que del alba sería. No tuvo suerte, quizá porque Dani es de los que se parte pero no se dobla, y jamás habría consentido (juraría que se lo han propuesto) que un editor le obligase a cambiar la estructura y el final de una novela para hacerla más comercial, que es lo que el inenarrable Luis Cobos habría hecho con la Quinta sinfonía de Beethoven (esto me lo dijo a mí en Palma de Mallorca) si le hubiesen dejado.
Pero, del mismo modo que no hay en este mundo buena acción que quede sin su justo castigo, también es verdad que la fortuna ayuda a los valientes. Sobre todo si tienen talento para escribir y se criaron, ya de impúberes, a los pechos de don Emilio Salgari. Y así Dani Jiménez llamaba el otro día a una hora imposible para él (las once de la madrugada), todo nervioso, para anunciar que le habían dado el premio de novela John Dos Passos, que ha creado Galaxia Gutenberg para reconocer el esfuerzo de los novicios... no en el arte de escribir, sino en la bonoloto de que te publiquen de verdad.
El premio no es ninguna bobada: se han presentado más de 700 originales procedentes de prácticamente todo el sistema solar. Ha ganado nuestro Dani y el 14 de enero, cuando se cumpla el aniversario del nacimiento de Dos Passos, a Dani se le llenarán los ojos de agua al tener en sus manos los primeros ejemplares de su novela, Cocaína, de la que no voy a decir absolutamente nada por la sencilla razón de que no la he leído (nadie la ha leído salvo los de la editorial y Soto Ivars, que le ayudó con las correcciones) y tiendo a ser tan riguroso como Dani con estas cosas.
Ha llegado, pues, y por la puerta grande, la hora de Daniel Jiménez Palencia. En esta casa estamos orgullosos de él. Y nos sobran motivos.


