La “dulce Mary” y la enseñanza excelente

12 / 05 / 2014 Incitatus
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Hay personas que prueban, con su vida y con su trabajo, que la enseñanza pública fue un día ejemplar en España. Lamentablemente, se van muriendo.

Tuve una controversia con el padre Carro en los exámenes de septiembre. Aquel buen cura me había suspendido en Latín tres meses antes y yo acudía al examen oral. Tenía 14 años. Muy buenos días tenga usted, padre Carro; muy buenos días, caballerete, ¿ha estudiado usted? He hecho lo que he podido, padre Carro. Muy bien, muy bien, pues veamos, hmm... ¿qué puede decirme sobre el cum con subjuntivo?

Ustedes sabrán perdonar, pero es que yo llevaba todo el verano estudiando latín con el inmenso Perfecto Reguera. Y, claro, le contesté al padre Carro aquella gilipollez del cum con subjuntivo. Y con indicativo también. El problema es que no pude resistir la tentación y le contesté en latín. El hombre puso una cara muy rara y trató de seguir la conversación en el mismo idioma, pero claro, él no había estudiado con Reguera y el pobre no podía. Así que el examen fue, cómo decirlo, algo... tenso: él preguntaba en castellano, cada vez más nervioso, y yo respondía en latín, cada vez más cabroncete y más repelente-niño-vicente. El asunto concluyó rápido: él me arrojó sobre la mesa mi sobresaliente y yo, ya puestos, le pedí el libro de escolaridad, dejé los jesuitas y me largué al instituto a terminar el Bachillerato.

A primera vista, y para un alumno de la privada, aquello se parecía bastante a las hordas de Atila. Una numerosísima tropa de salvajes de la que nadie parecía preocuparse y que, internamente, funcionaba mediante las leyes de la selección natural: la supervivencia del más fuerte. Me tocó en Quinto B.

Pero ocurrió algo extraordinario. En mi insti, el Padre Isla, era catedrática de Biología nada menos que Marisa, o sea María Luisa Calvo, la mujer del Zori (catedrático también, pero en la Universidad), amigos de mis padres desde antes de que yo naciera. Y Marisa, según me dijo mucho después, cambió el grupo que le hubiese tocado en suerte por el Quinto B. Quería darme clase a mí.

He estado siempre convencido de que hizo algo más, porque el claustro de profesores que me tocó en los tres años del Padre Isla era lo más parecido que cabe imaginar a la Academia de Atenas. Yo no he visto cosa igual en toda mi vida. Conchita Pérez Gómez en Historia, sus hermanos Carlos y José María en Física y Matemáticas, don José Agustín Vega en Latín (dios del cielo, ¡aquel hombre también hablaba latín!), Goyita en Griego, San Román en Alemán, Vicente Martínez en Filosofía, tantos más... y dejo lo mejor para el final: Bernardino González Pérez en Lengua y Literatura. A ese hombre único, hoy amigo mío, debo –entre muchos tesoros más mi primera y apasionada lectura del Quijote.

Pero hablaba de Marisa. Aquella mujer reventó todos mis esquemas docentes y discentes en su primera clase. Lo primero que hizo no fue santiguarse, como yo llevaba viendo desde los 4 años, sino sacarnos del aula y llevarnos al laboratorio; sostenía que la ciencia no se memoriza, que hay que verla, y aquel y no otro era el lugar para eso. Lo segundo fue una frase que nunca he olvidado: “No creáis lo que yo os digo. Las cosas no son ciertas o falsas porque os las diga nadie, por más profesor que sea. Todo, desde lo más pequeño a lo más grande, tenéis que comprobarlo vosotros. Tenéis que estar seguros de lo que aprendéis. Tenéis que verlo con vuestros ojos. Haced todas las preguntas que queráis, que necesitéis hacer, que se os ocurran: alguien ya se hizo antes esas mismas preguntas, seguramente hace mucho, y trató de contestarlas. Así es como avanza la ciencia”.

La pasión por enseñar.

Claro, nos quedamos de piedra. No esperábamos aquello. Esperábamos apuntes, memorización, doctrina. Y también los había, cómo no los iba a haber, pero sobre todo había razón, comprobación, ensayo y error, estímulo: todo eso que mucho después nos dijeron que se llamaba método científico.

Pero había, sobre todo, una cosa: a Marisa, a Conchita, a Bernardino, les gustaba enseñar. No éramos el enemigo. No éramos un padecimiento que había que soportar para cobrar a fin de mes. No éramos unos zotes a quienes había que apacentar (y aprobar) porque nuestro padre se llamase así o asá y hubiese sido muy generoso con el centro. Había zotes, cómo no, pero también había gente extraordinaria que tenía derecho, que pedía algo que ellos estaban encantados de dar: la excelencia.

Aquellos profesores, Marisa y todos los demás, se dejaron la piel con nosotros porque querían hacerlo, porque les gustaba su trabajo de jardineros de las mentes de los chavales. Aún no se había producido lo que sucedió poco después: que el control del sistema educativo cayó en manos de los que suspendían siempre cuando estudiaban, de los zotes, de los torpes y de los vagos, que solían ser los niños de papá: y en pocos años se desmochó, se taló y se dejó agonizar el maravilloso, indispensable cuerpo de catedráticos de instituto, gente de una valía fuera de toda duda que había pasado unas pruebas durísimas para obtener su plaza. Aún no había comenzado la voladura controlada y apenas disimulada de la enseñanza pública que yo viví, y que se basaba, repito una y mil veces, en la búsqueda de la excelencia.

La maldita sepia.

Eran los tiempos en que los curas tenían que competir con el instituto mejorando como pudiesen la calidad de su enseñanza. No convenciendo a los políticos de que se cargasen, con la ley en la mano, a la noble competencia. Un día, Marisa me puso un 3. Me suspendió. No quieran saber ustedes el disgusto que se llevó aquella mujer incansable y bondadosísima a quien su marido llamaba siempre la dulce Mary. “Dime en qué me he equivocado”, repetía, desolada; “dime qué es lo que he hecho mal, qué no he sabido explicar”. Y no había forma de convencerla de que no era así, que ella no tenía ninguna culpa, que lo único que había sucedido era que mis hormonas de quinceañero y yo habíamos hecho el vago. Aquella mujer prodigiosa que era capaz de hacer atractiva hasta la p... cristalografía; aquella mujer que entró en clase como un huracán la mañana en que mataron a Carrero Blanco para llevarme, de la mano, a mi casa (yo ya era más alto que ella); aquella mujer inolvidable que me avergonzaba sin querer en clase: “Niño, toma 200 pesetas y bájame a la pescadería, que te den una sepia. Que sea grande, que hoy vamos a estudiar los moluscos cefalópodos” (imagínense el cachondeíto en clase)...

Aquella mujer maravillosa, la dulce Mary, se ha ido hace unos días. Nos enseñó a pensar antes que a creer. Nos enseñó a entender antes que a memorizar. Hizo, con su bondad, su rigor, su ejemplo y su búsqueda de la excelencia, que nuestras vidas fuesen mejores. Nunca la olvidaremos. Fue nuestra maestra.

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