Hay cosas que no deberían publicarse
La libertad de expresión, fundamento de la democracia, ¿ampara la difusión de teorías científicas que cuestan la vida a quienes se las creen?
Se atribuye comúnmente al ilustre François Marie Arouet, conocido por todos como Voltaire, esta frase tantos miles de veces repetida que ya resulta imposible saber cómo era cuando la escribió el filósofo: “No comparto nada de lo que usted dice, pero daría mi vida por defender su derecho a decirlo”.
Eso está grabado en el frontispicio del imaginario templo a la libertad de expresión. Hermosísima frase. Noble, ardorosa, casi romántica. En esas palabras se apoya con firmeza uno de los siempre débiles y quebradizos pilares de la democracia.
Muy bien, muy bien. Pongamos algunos ejemplos.
Hay una tropa de poderosos escribientes (poderosos porque tienen quien les ampara y alimenta) que llevan más de nueve años repitiendo que los terribles atentados del 11-M, en Madrid, que causaron casi doscientos muertos, no los perpetró el fanatismo islámico sino ETA. Aún más: en los casos más delirantes o mejor subvencionados, llegan a decir que fue ETA de acuerdo con el PSOE, o con José Luis Rodríguez Zapatero, o incluso que la matanza se cometió por orden o sugerencia de Zapatero, que pretendía ganar las elecciones que se celebraron días después al precio de echar sobre las aceras de Madrid dos centenares de cadáveres.
Es mentira. Los jueces, uno tras otro hasta dieciséis, han demostrado que es mentira. Cualquier persona con un mínimo sentido común que se haya asomado al sumario sabe que es mentira. Es más: quienes escriben esas atrocidades, quienes siembran esas calumnias entre sus lectores, saben perfectamente que eso es mentira. Pero les da igual. Nueve años después siguen empestillados en repetir su macabra patraña. ¿Por qué? Al principio pretendieron salvar el culo del Gobierno que entonces sí que mintió a los ciudadanos (“No tenemos ninguna duda de que ha sido ETA”) para ganar aquellas elecciones. Los ciudadanos se dieron cuenta de la maniobra y cambiaron su voto. Ahora, nueve años después, los escribidores conspiranoicos mantienen su mentira no por convicción, que no la tienen, sino por salvar su propia cara, su propia vergüenza o desvergüenza: sostenella y no enmendalla. Alguno quedará que les crea, algún ignorante o algún fanático. Eso basta.
Y la ley se lo permite. La ley consiente que se siga difundiendo una mentira que provoca un dolor insoportable (el peor dolor es el de la duda, que ellos azuzan) entre quienes sobrevivieron a la masacre y entre quienes perdieron allí a personas a las que amaban.
¿Por qué lo consiente la ley? Pues porque esa misma ley permite que muchos más les señalemos con el dedo y digamos, alto y claro, que mienten. No es que falten a la verdad, no: a la verdad también puede faltar quien se equivoca de buena fe. Es que mienten. Saben muy bien que lo que dicen no es cierto.
Pero la misma ley que a ellos les permite mentir protege el derecho de los demás a llamarles mentirosos. Si a ellos se les tapase la boca porque es evidente que lo que dicen es falso, también podrían tapárnosla a todos. Y adiós a la libertad de expresión y a la democracia. Así pues, yo prefiero defender su derecho a mentir (aunque me den un infinito asco sus mentiras) porque la misma norma me da a mí derecho a decir que mienten.
Uno a cero para Voltaire.
Palabras que matan.
Pero no siempre es igual. Me acaba de llegar un libro que se publicó en España hace pocos meses y que me ha hecho revisar muy ásperamente la airosa frase de Voltaire. Me van a perdonar ustedes que no anote aquí el título: me niego a hacer publicidad de algo tan dañino. Pero sí mencionaré a su autor: un alemán llamado Andreas Moritz que sostiene, en apenas noventa páginas, que el VIH nada tiene que ver con el sida y que “no hay, hasta la fecha, evidencias científicas de que el sida sea una enfermedad contagiosa”.
Este individuo se presenta a sí mismo (copio del libro) como “terapeuta intuitivo practicante de iridiología, ayurveda, shiatsu y medicina vibracional. Es fundador de los innovadores sistemas de curación ‘arte ener-chi’ y ‘santimonia sagrada’, cantos divinos para toda ocasión. Ha viajado por todo el mundo y ha tratado a jefes de Estado y a miembros de varios gobiernos”.
Miren ustedes, yo no sé bien lo que es el ayurveda, el shiatsu, la iridiología y mucho menos la medicina vibracional. Lo que sí sé es que, a fecha de hoy, llevo diecisiete entierros de amigos y amigas muertos de sida. Lo que sí sé es que el último de esos entierros fue hace ya unos cuantos años, porque la comunidad científica mundial se puso a combatir con todas sus fuerzas un mal que podía hacer variar hasta las previsiones demográficas a largo plazo (eso significa cientos de millones de muertos) y lograron unos medicamentos que bloqueaban la replicación del VIH; medicamentos que no tienen que ver nada en absoluto con los “cantos divinos para toda ocasión” ni con la “santimonia sagrada”, sea ese asunto lo que sea, que no lo sé ni me voy a levantar ahora a mirarlo.
Lo que sí sé es que este pedazo de sinvergüenza atribuye la aparición del sida a los antibióticos, al sexo anal, a la deshidratación y a Dios sabe qué gilipolleces más (gilipolleces muy interesantes para determinados grupos de fanáticos religiosos), pero no al VIH, que fue lo que se llevó de este mundo a tantos amigos y sobre todo a Do, la persona más buena que he conocido jamás.
Lo que sí sé (porque lo he buscado) es que este canalla mantuvo durante años un espléndido negocio de libros como este y de “medicina alternativa” gracias a la desesperación y a la credulidad de las gentes enfermas; credulidad que nace, como siempre, de la ignorancia. Y así se dedicó a repetir que el cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y varios males más (los más mortíferos), o no existen o no pueden curarse con la medicina tradicional, sino con los remedios que él ofrecía, muy arregladitos de precio, eso sí. Entre ellos estaba la contemplación de copias de sus cuadros, que poseían “luz codificada”.
Eso no es defender una mentira por dinero o por política. Eso es matar gente. Así de claro. Es como decir que el uso del preservativo contribuye a propagar el sida: esa frase provoca muertes entre la gente que se la cree. Lo siento por Voltaire: yo prohibiría los libros de este canalla y lo metería en la cárcel.
Pero no puedo. Andreas Moritz falleció el año pasado, a los 58 años, a causa de una enfermedad que no ha sido revelada. El embaucador que todo lo curaba no pudo curarse a sí mismo. Pero sus libros se siguen publicando por editoriales que yo cerraría ahora mismo. Y eso a su salud, maestro Voltaire. A su salud, a la de todos y a la de la democracia.


