En busca del hueso perdido
Decenas de científicos se afanan en hallar los restos de Cervantes donde se sabe que estuvieron siempre, en las Trinitarias. Si los encuentran, ¿qué harán con ellos?
Al gran Wolfgang Amadeus Mozart lo enterraron casi como a los pobres de pedir. Casi. No deben ustedes hacer mucho caso de la emocionante escena del sepelio que sale en la película Amadeus, de Milos Forman, que todas las personas de bien tenemos en casa. No fue exactamente así.
No llovía a cántaros ni sonaba el Requiem. No era por la tarde sino por la noche. Hacía un tiempo inusualmente sereno para la fecha, 7 de diciembre en Viena. El sepelio costó ocho florines y medio a los que hay que añadir tres más para pagar el carruaje de caballos. Esto hace ver que no les falta razón a quienes tantas veces han repetido que la mujer de Mozart, Stanzi, era un mal bicho y tenía sus trazas de urraca; el compositor, en el último año de su vida, ganó mucho dinero (no así en los anteriores) y bien podría haberse estirado aquella pájara para pagar un ataúd propio y una tumba individual.
Porque a Mozart, el más grande genio musical de todos los tiempos con permiso de Johann Sebastian Bach, lo enterraron en lo que se llamaba una “tumba comunitaria”, que no era exactamente lo mismo que una fosa común pero que, como sabemos, causó los mismos efectos.
Nadie sabe, en realidad, dónde pusieron a Mozart los enterradores. Hoy, cualquier mozartómano que se precie (y somos millones) va en peregrinación al cementerio de St. Marx, en Viena, y ve allí un monumento muy coqueto con un poquito de césped, unas flores que dibujan una clave de Sol, un ángel de piedra gordezuelo y preadolescente que apoya su cabeza en una mano y... una columna rota. Muy poca gente sabe que ese símbolo denota la pertenencia del gran Mozart a la Francmasonería, de la que fue entusiasta afiliado durante los siete últimos años de su vida.
Pero allí no está Mozart. Todo el mundo lo sabe cuando va. Eso no es una tumba. Es un monumento funerario.
¿Creen ustedes que le importa a alguien?
Está claro que no. La devoción por Mozart no está en su enterramiento, que no existe, sino en su música, en su leyenda... y, sin la menor duda, en el fabuloso negocio que los austriacos –vieneses y salzburgueses, singularmente– han montado en torno a su figura. Licor Mozart, bombones Mozart (carísimos), tarta Mozart, libros, discos, calendarios, postales, gafas, camisetas, de todo. Solo en el Vaticano, con algunos papas muertos y también con el hoy reinante, puede verse semejante idolatría. Y luego, como Mozart en Viena no hacía más que cambiarse de casa el pobrecito, pues es difícil andar dos calles sin tropezarte con la casa de Mozart, aunque hay que admitir que la oficial es la de Domgasse, 5.
Pero huesos no hay. Nunca los hubo. Y prefiero ni pensar en qué se convertiría Viena si de pronto apareciesen los despojos del genio. Miren la que se armó en Roma cuando al gran Pablo VI le dio por decir que unos huesos que encontraron en la gran basílica eran, definitivamente, los de San Pedro. Aquello es, desde entonces, el no parar.
No hace falta.
Yo tengo la clara sospecha de que algo así es lo que se está intentando con el empecinamiento en hallar, cueste lo que cueste, los restos de Miguel de Cervantes en las Trinitarias de Madrid. O es un proyecto de negocio, u otra explicación no tiene este trajín. A no ser que estemos ante un desafío científico-forense, que también podría ser. Pero eso es más difícil. Los científicos tienen la mala costumbre de no cejar hasta demostrar inapelablemente las cosas. Y lo que ahora se está buscando no son demostraciones sino resultados.
¿De verdad es tan importante hallar lo que quede del cuerpo de Cervantes? ¿Por qué? Y, sobre todo, ¿para qué?
¿Para saber exactamente de qué murió? Pues eso daría igual porque ya se sabe: de viejo (tampoco lo era tanto: 66 años, pero muy sufridos), de pobre y de diabetes. No tiene misterio. Lo que pudiera averiguarse de la huesa de don Miguel sería muy poco en comparación con lo que podría saberse al estudiar la de Mozart, las causas de cuya muerte han dado para océanos enteros de tinta dedicada a escribir sandeces.
Entonces ¿para qué queremos encontrar el cuerpo de Cervantes? ¿Para darle una sepultura digna, cuatro siglos después? No, porque ya la tiene: está exactamente donde dijo que quería estar, en las Trinitarias; lo que pasa es que no se sabe exactamente en qué rincón, pero sí es cierto que está allí.
¿Para llevarlo a un Panteón de Hombres Ilustres? Tampoco, porque no lo hay y además eso sería traicionar su voluntad.
Entonces ¿qué sentido tiene andar hozando criptas y rascando tablas podridas si no es para montar, quizá no ahora mismo pero sí más adelante, un chiringuito en el que el pobre escritor se ponga a dar dinero no ya con sus libros, que eso está y estará siempre bien, sino con sus pobres y desvalidos huesos?
Si al fin lo encuentran, ¿qué harán? ¿Lo vestirán con ropilla negra y mostrarán su calavera, como hacen en Roma con las momias de algunos papas, que es algo que da un asco tremendo? ¿Andarán cazando a lazo a guiris para enseñarles una lápida nueva que habrá que hacer, y muy historiada? ¿Venderán fotos y radiografías de lo que quede del esqueleto? ¿Y a cómo saldrá la docena? ¿O bien acabaremos traficando con reliquias, como en el Renacimiento: huesos de santo cervantino? ¿Trocitos de la tabla que ha aparecido con la inscripción “MC” hecha con tachuelas?
Lo de la tumba de Tutankhamon tenía su gracia exótica, es verdad. Pero ni Cervantes era un faraón, ni las Trinitarias están en el Valle de los Reyes, ni se va a encontrar tesoro alguno en ese revoltijo de huesos despedazados, tejas, escombro y podredumbre en el que nada menos que treinta científicos están metiendo la nariz, la piqueta, los guante de látex, el georradar y la Biblia de Nácar-Colunga.
¿Alguien que no lo haya hecho aún va a leerse el Quijote o el Persiles porque aparezcan los despojos de su creador? ¿Se difundirá más la obra de don Miguel con su cadáver expuesto en una urna de cristal? ¿Dejarán las Trinitarias de ser recinto de clausura para que la gente visite al muerto? ¿Veremos en procesión a los miembros de la Real Academia, con Darío Villanueva al frente, todos vestidos de frac y con gesto de compunción, para llevarle coronas cuatro siglos después?
Es muy poco probable que suceda nada de eso. Así pues, salvo que la economía de algunos avispados así lo exija perentoriamente, dejen ustedes en paz a Cervantes, caramba. Déjenlo tranquilo, que su osamenta no ha hecho falta nunca ni la hace ahora. Como la de Mozart.



