El regalo de Plácido Domingo

14 / 12 / 2015 Luis Algorri
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El cantante se acerca a los 75 años y no deja de incorporar papeles nuevos a su repertorio. El último, Macbeth

En mayo de 2004, que ya ha llovido, estuve en el Teatro Real, en un encuentro con periodistas que se organizó allí para presentar la ópera La dama de picas, de Chaikovski. Estaban la venerable soprano rusa Elena Obraztsova; el director musical, Jesús López Cobos, y Plácido Domingo, que iba a cantar el terrible papel de Herman, el tenor. Hicimos bromas: la Obraztsova, que ha muerto en enero pasado, resultó ser una mujer divertidísima; López Cóbos, uno de los mejores batutas que he conocido en toda mi vida, estaba feliz, y Plácido admitía que no sabía una palabra de ruso (el idioma de esa ópera) pero que había cantado en tantas lenguas que eso ya le daba igual, porque tenía bien claro lo que estaba diciendo.

Hasta que alguien, no voy a contar quién, le preguntó: “A su edad y en sus condiciones, ¿no piensa ya en la retirada?” Se hizo un silencio incómodo. La rusa, que era bastante mayor que Domingo, puso una cara muy cómica. Y el cantante madrileño, en vez de cabrearse o responderle a aquel periodista (que sí estaba en edad de jubilarse; desdichadamente no lo ha hecho aún) que por qué no se retiraba su pastelera madre, sonrió y dijo: “Voy a cumplir 65 años. A partir de ahora, cada día que puedo seguir cantando lo tomo como un regalo del cielo. Me retiraré cuando mi voz lo diga”.

De aquello, repito, hace once años. Domingo, que ha superado un cáncer y que se ha sobrepuesto al fallecimiento de su hermana María José, acaba de ponerse una peluca de bruja perversa y se ha subido al escenario del Palacio de las Artes de Valencia para cantar nada menos que el Macbeth de Verdi. Quizá ya lo hayan leído ustedes: no ha hecho el tenor, Macduff, papel que incorporó a su repertorio al año siguiente de morirse Franco, sino el del propio Macbeth, barítono, que no había cantado nunca aún. Ya nadie sabe (yo creo que ni él mismo) cuántos papeles distintos ha cantado Plácido Domingo en su vida. Deben de andar por los 150.

Naturalmente, Domingo hizo polvo al resto del reparto. Esto sucede pocas veces. Pasaba con Maria Callas, con Leonard Warren, con Pavarotti, hace años con Caballé y desde luego con Kraus. Ahora ocurre con Juan Diego Flórez y, yo lo he visto, con Raimondi, Nucci y también con Roberto Scandiuzzi: salen a escena y lo mejor que pueden hacer los demás es bajarse al bar a tomar algo, porque allí no pintan nada ni tienen sitio para nada. Nadie los ve, nadie los tiene en cuenta. La potencia escénica (no solo musical: he dicho escénica) de todas esas fieras era o es de tal magnitud que los demás se ven condenados a un eclipse que a veces es casi humillante.

Domingo es un tipo al que no solo le gusta cantar sino que le hace feliz que los demás canten, y que lo hagan bien. Eso se ve muy pocas veces, porque el divo de ópera (que sigue existiendo) es como el de Israel o el del islam, un dios celoso que no aguanta a ninguno más. Pero con Domingo eso no pasa. Prueba de ello es su concurso Operalia, inventado para lanzar a cantantes nuevos a los que Plácido impulsa personalmente, o anécdotas que seguramente él habrá ya olvidado porque son viejas, pero quienes las vivimos las recordamos bien.

En marzo de 1980, mi coro de entonces –el Universitario de Oviedo, que era magnífico– estaba en Estados Unidos metido en una gira de locos que un agente más bien sobrecogedor había preparado muy mal. Todo o casi todo estaba prendido con alfileres y sin confirmar. Se vio cuando nos presentamos en la catedral de San Patricio de Nueva York para grabar un disco –el Gloria de Vivaldi con la joven orquesta sinfónica de Cleveland– y resulta que faltaba dinero. Alguien tiró de teléfono y Plácido Domingo no solo puso inmediatamente de su bolsillo los dos mil dólares necesarios sino que nos invitó a todos al Metropolitan Opera House, donde él estrenaba la Manon Lescaut de Puccini. Setenta y pico entradas de gallinero exigió, que se dice pronto, y desde luego se las dieron. Luego, cuando fuimos en procesión a verle al camerino, nos recibió en calzoncillos y cubierto (mal) por una bata de fantasía; se hizo fotos con todos y sobre todo con todas, porque las chicas del coro abrían muchísimo los ojos al notar cómo y dónde las abrazaba Plácido para la cámara.

Ese es Plácido. A lo largo de medio siglo se han dicho barbaridades de él y también de su voz, como no podía ser de otro modo en un país como el nuestro, en el que la envidia es algo así como la sal de la comida. Pero todos los que le denostaban, una de dos: o se han ido muriendo o están, ellos sí, en plena decadencia personal (el rencor es el veneno que uno toma esperando que se muera el otro), mientras que Domingo, con esa peluca imposible que le han puesto, pone al teatro en pie cantando en la misma tesitura con la que empezó su carrera, la de barítono. Una rareza musical y un prodigio de facultades.

Y no es mitomanía. En esos papeles es tan eficaz, si no tan brillante, como en los de tenor. Yo le vi hacer el Vidal de Luisa Fernanda, de Moreno Torroba, y cuando le dice a Javier aquello de “porque si llego a besarla ¡mira que no te la llevas!”, al tenor casi se lo lleva por el aire el vendaval de aquel pedazo de actor; y ese tenor era nada menos que José Bros.

Nadie sabe, ni él tampoco, cuánto le queda a Plácido sobre los escenarios. En su web tiene programadas óperas y conciertos hasta junio del año que viene. Sea lo que sea, con él hay que hacer como con los amores intensos, las aceitunas kalamata griegas y los amigos de verdad: disfrutarlos, como privilegios que son. Regalos que te da la vida.

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