El hombre que nos enamoró de la música
Fallece Fernando Argenta, el alma de Clásicos populares, el hombre que más hizo por la divulgación de la buena música en España. Su milagrosa idea se va con él.
Este caballo viejo que les escribe comenzó a interesarse por la música la noche en que su padre, Carretero, estaba en la salita subido a una banqueta para colocar en el techo la enorme estrella de Navidad, hecha de espumillón y luces y muñequitos (hace de esto varias décadas), y tenía puesto un disco: la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorák dirigida por Ferenc Fricsay. Ahí empezó todo. Pero algún tiempo después, no sé cuánto pero no mucho, cuando Inci (un potrillo apenas adolescente) comenzaba a hartarse un poco de las versiones plúmbeas y solemnes que había por casa de la Incompleta de Schubert, de la Cuarta de Brahms, de la Tercera de Beethoven y, sobre todo, del pelmazo de Bach, que por entonces a Inci le parecía un soberano pelmazo, Carretero intervino de nuevo y dijo: “¿Por qué no escuchas este programa que hay en la radio?”.
Y se hizo la luz para siempre jamás amén, porque en el transistor sonaba la voz juvenil y bastante sinvergonzona de un tipo que no solo amaba la música, sino que era capaz de transmitir ese amor con una frescura, un salero y un calor que nunca se habían visto antes. Ese era Fernando Argenta, que por entonces tenía veintipocos años, que era hijo del inolvidable Ataúlfo Argenta (pero eso lo supimos más tarde) y que, mili de por medio, procedía de un “conjunto de melenudos”, según la terminología de la época, que se llamaba Micky y los Tonis. Esa increíble colusión de planetas produjo una especie de extraterrestre: Fernando, que en su programa le tomaba el pelo a cristo bendito. Gracias a él, y pasmados, nos enteramos muchos de que los soleeemnes compositooores de los vinilos eran tipos más o menos como usted y como yo; que eran amigos, coño, no estantiguas, no momias; que no era pecado llamarle a Bach “el viejo peluca” ni reírse de los pelos pelirrojos de Vivaldi; que Mozart era un poco golfo y que se llevaba fatal con su jefe, el arzobispo Colloredo; que Purcell había sido profesor de niñas pijas y que Beethoven, además de estar sordo, era un tipo sentimental y tierno que disimulaba todo eso con su mal carácter. Ah, y que Brahms bebía como un cosaco.
Y lo mejor de todo: Fernando nos hizo comprender que la música que todos esos empelucados y severos señores escribían era algo tuyo, algo próximo a tu corazón, algo que te podía partir el alma o enamorarte o matarte a carcajadas o fascinarte (eso casi siempre) o hacerte llorar a caño libre, pero siempre desde tu lado, junto a ti, contigo. Y muchos, muchísimos, nos enganchamos al programa como drogadictos. Y no lo abandonamos hasta que lo quitaron: duró ¡32 años! El tiempo hizo que compartiésemos ese amor inicial con otros amores: Radio Clásica (de soltera, Radio 2), los discos, los conciertos, el Monumental, el Teatro Real… Algunos acabamos cantando en coros, o dirigiéndolos, estudiando música, incluso escribiendo sobre ella. Pero el primer amor nunca se olvida, y miles de nosotros jamás dejamos de esperar como pánfilos a la hora de comer para meternos en vena la dosis de ternura, de humor, de sabiduría y de música amorosamente elegida que nos atizaba, día sí y día también, nuestro querido Fernando Argenta.
Inseparables.
Hacíamos, como el Josué de la Biblia, que se parase el mundo para escucharle a él y a sus sucesivas partenaires radiofónicas, la mejor de las cuales fue, sin la menor duda, Araceli González Campa. Fernando y Araceli eran, para nosotros, como Batman y Robin, como Don Quijote y Sancho, como Laura Valenzuela y Joaquín Prat, como Isabel y Fernando, como Daoíz y Velarde, como Ortega y Gasset, como Ramón y Cajal: algo esencialmente inseparable que, esto era lo esencial, nos hacía felices, nos enseñaba, nos estimulaba. Nos ayudaba a vivir.
La primera vez que yo le dije a alguien: “¿Viste qué chulada de Verdi puso ayer Argenta en Clásicos, y lo que dijo luego, que te mondabas?”, yo estaba en el instituto. Pero es que esa frase, u otra muy parecida, la repetí después en la facultad, en el posgrado, en la redacción; se la dije a mis alumnos, a mis sobrinos, a mis músicos, a mis compañeros de trabajo, a todos mis amigos durante lo que ha sido, ahora caigo en la cuenta, una larga vida que fue mejor, más feliz, más feraz y provechosa, más amable y más sonriente, gracias a este barbián sabio, calvo como yo, pero perpetuamente juvenil e indesmayable.
Un día le quitaron el programa. Fue en 2008. El desatino fue obra de unos funcionarios covachuelistas y mezquinos que solo saben de números, de balances, de cuentas de resultados y de gráficos: unos cretinos que, estoy seguro, jamás han disfrutado de Las bodas de Fígaro narradas por Fernando Argenta. Nuestro amigo (porque fue siempre, por encima de todo, amigo nuestro, de millones de españoles, lo conocieran en persona o no) empezó a languidecer ahí. Se le puso voz de viejo. No encontraba su lugar en los zapatos.
Una vez le pregunté a Cristóbal Halffter qué pensaba de la tropa de músicos que decían estar empeñados en facilitar las grandes obras clásicas para consumo de la gente corriente (como si la gente corriente fuera imbécil): desde aquel desdichado que se llamó Waldo de los Ríos hasta ese doctor Frankenstein de la música que atiende por Luis Cobos, ya saben “chis-pon, chis-pon”. Cristóbal, que es un hombre de exquisita educación y que jamás suelta un taco, vació ese día el costal. Viiirgen Santa, lo que dijo. Y, cuando logramos sosegarlo, concluyó, resoplando aún: “Inci, es una atrocidad tratar de acercar la música a la gente. La música es la que está escrita, la que tiene que ser. Lo que hay que hacer es acercar a la gente a la música. Y el mejor del mundo haciendo eso es, sin duda ninguna, Fernando Argenta”.
Quitar de RNE Clásicos Populares (y El conciertazo de la tele pública) fue lo mismo que quitar el Telediario, o la catedral de León, o las tres de la tarde, o los adverbios de modo, o declarar obsoletas las olas de Morro Jable. Fue, más que un error, una gilipollez que solo define y califica a quienes la cometieron.
Se acaba de morir de un cáncer. A los 68 años. Ya, ya lo sé: le puede pasar a cualquiera. Y a cualquier edad. Pero siempre he creído que la gente se muere no solo porque se pone muy enferma, sino porque -en algunos casos- ya no tiene ganas de vivir. A Fernando lo talaron cuando le quitaron nuestro programa. El resto, seis años, ha sido esperar. Nadie recordará el nombre de los tipos del hacha. El suyo no lo olvidaremos nunca. Porque nos hizo mucho mejores de lo que, sin él, hubiéramos sido. Porque somos innumerables las personas que, como decimos los enamorados, le va-mos a querer siempre. Siempre.



