Pasión por el fuego

11 / 03 / 2011 0:00 POR IGNACIO MERINO [email protected]
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No son solo las Fallas, que ahora arden. Una de las más viejas tradiciones españolas es celebrar las cosas quemando algo, ya sean maderas, muñecos... o gente.

“Merece la pena”, decía el huertano vestido para la ocasión, mirando melancólico las pavesas. Y así es, aunque cueste creerlo. Reunir recursos y encender entusiasmo durante un año, elegir la burla más despiadada y los aderezos picantes para la enorme tarta que debe tener el gusto dulce-amargo del momento; modelar, pintar, afanarse en los detalles y, por fin, entregar la obra querida para que la consuma el fuego ante la admiración general. Pero habrá merecido la pena. Sólo hay que ver las lágrimas de la fallera, los gestos de emoción y el asombro de la chavalería y los forasteros.

Ese es el misterio de las Fallas, la fascinación que no se extingue con la mascletá final, pues las mismas cenizas marcan de nuevo el proceso laborioso con idéntica finalidad: entregar al fuego la artesanía humana de anhelos y decepciones con la secreta esperanza de salir purificados, con bríos renovados para afrontar la tarea del vivir.

¿Estamos ante algo más que una costumbre arraigada, propia de una comunidad cultural? Los expertos dicen que sí. Que se enciendan las grandes hogueras de Valencia a finales de marzo, coincidiendo con el equinoccio de primavera, cuando la luz doblega a las tinieblas en el hemisferio celeste, y que lo hagan tras la explosión saturnal de los Carnavales, después de que la Cuaresma haya impuesto su sobriedad como tributo al invierno que se extingue, no deja de tener su lectura en clave simbólica, como apunta con su lucidez acostumbrada el antropólogo Juan Atienza en sus trabajos sobre la función mágica y ritualística del fuego en la España antigua.

El carácter lúdico, tan propio de lo español y que refleja una alegría de vivir consustancial por estos lares que sigue asombrando a los foráneos, se acopla con facilidad al sustrato cultural del fuego purificador como costumbre ritual. Sabemos que las hogueras de San Juan en el solsticio de verano, que saludan el apogeo de la luz y su derrota cíclica ante la oscuridad, vienen de los celtas y tal vez de mucho antes, de cuando el hombre de la Edad de Piedra comenzó a entender –y medir- los ciclos astronómicos. Pero eso no impide que a su significado simbólico se añada la costumbre de saltarlas, arrojar muebles viejos, buscar el trébol las doncellas casaderas o que crucen las ascuas jóvenes varones con los pies desnudos y hombres mayores asentados en sus hombros. El fuego atrae de forma hipnótica, todos lo hemos comprobado alguna vez ante una hoguera campestre o la amable chimenea de invierno.

Pero ¿por qué? ¿Qué tiene? ¿Es España en esto distinta a los demás países o culturas? Es evidente que no, aunque por estos lares haya tanto pirómano. El fuego está presente en muchas fiestas europeas, de Suecia a Turquía. El mito del ave fénix se localiza en Arabia. Para los sacerdotes y chamanes de Persia, Caldea o China, era el instrumento perfecto para invocar deidades y hacer sacrificios. Los volcanes eran divinidades iracundas. El inframundo, sobre todo el cristiano, es imaginado a menudo como un fuego eterno que abrasa y consume, aunque sin efecto purificador, sólo doliente.

Nos encanta encender fuego, esa es la verdad. Pues aunque el afán de quemar dé para divertirse, y mucho, o para que reunirse en torno a una fogata, cantar y contarse cosas sea la mejor expresión de camaradería humana, lo cierto es que prender fuego constituye una afición que el ser humano tiene arraigada, pues a lo largo de la Historia la ha utilizado no sólo para calentar el condumio o batir el bronce.

Hogueras eran los faros que en la costa del Mare Nostrum guiaban a fenicios y griegos en su navegación de cabotaje. Una llama perenne, el fuego sagrado, alumbraba el templo de Vesta en la República romana y mantenía la conciencia de ser el pueblo elegido por los dioses para dominar el mundo. Las intocables vestales lo mantenían vivo; si se apagaba, anunciaba el fin de Roma. Entre los íberos no debió de ser una simple herramienta tampoco, a juzgar por las numerosas celebraciones que aún quedan en la cornisa levantina desde el cabo de Rosas hasta Almería.

Dice el mito prometeico que este heroico titán robó el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres y que con ello comenzó la civilización. Poetas como Shelley y algunos semióticos ven en este mito también una alegoría del nacimiento del lenguaje. Así Prometeo, en su mesiánica y arriesgada acción que le costó la condenación eterna en el Tántalo, habría otorgado la palabra al ser humano. En cualquiera de los dos casos, es muy posible que el generoso y tal vez ingenuo héroe no se diera cuenta de que estaba regalando a esta complicada especie terrestre una herramienta tan potente como destructiva.

Lo que parece indiscutible es que cuando el primer homínido friccionó dos piedras de sílex con un palito en medio y obtuvo el primer bebé-fuego, algo debió de iluminarse en su manipuladora y mezquina mente. No está claro si se dio cuenta de que con aquello podía hacer a la brasa un delicioso bistec de bisonte o si pensó primero en ahuyentar tigres de sable, pero lo que está claro es que no tardó en aplicarlo a sus congéneres. Con el fuego podía arrasar los poblados neolíticos de los enemigos, quemar las tierras del rival, poner el hierro al rojo y marcar sus esclavos o ganado.

Efecto liberador.

En España, el fuego es consustancial a la idiosincrasia común. Tal vez por la facilidad con que en sus largos estiajes se produce y propaga. Tal vez por ese espíritu apasionado, febril y con tendencia a acabar con todo lo que nos adorna, a veces con tan funestos resultados como en Sagunto y Numancia y en otras para aturdirnos con su espectáculo grandioso de destrucción y olvido, como en las Fallas valencianas.

Hasta tenemos una victoria militar debida al fuego. Una gran gesta que debería figurar junto a Bailén o las Navas de Tolosa. Fue nada menos que la derrota de Amílcar Barca, el sufete cartaginés que vino a Spania (“la tierra del norte”) para sacarnos la plata y el estaño y pagar así a los ávidos romanos que exigían a Cartago un tributo desmesurado por su derrota en la Primera Guerra Púnica. Tras nueve años de extracciones sin tasa, el ambicioso Amílcar quería convertirse en amo de esa península tan rica en metales y llena de ríos que en su tierra no podía ni soñar. Ya había fundado Barcino y otras ciudades en la costa de Levante, pero ahora quería dominar el interior, a los aguerridos celtas que no se habían mostrado tan sumisos como los íberos. Y fue precisamente un régulo de la Oretania, en las bocas del Guadiana

-que tenía tanto de celta como de íbero, pues eso es lo que ocurre cuando se está en tierra de frontera- quien ideó la treta que engañó al cartaginés. Obyssos se llamaba el caudillo y su engaño consistió en decir a los púnicos que les ayudaría en el ataque contra Hélike, la ciudad de sus detestados vecinos ilerdetes. Cuando iba a comenzar el asalto se presentó en lo alto de una loma con un montón de carretas tiradas por bueyes. Los jefes púnicos se rieron del pobre paleto y le saludaron desde el valle tomando su presencia como un torpe tributo. De pronto, Obyssos dio la señal y del heno de las carretas surgieron guerreros que engancharon escobas de estopa untadas de pez a las astas de los toros –que no bueyes- uncidos a los carros. Prendidas las teas, los astados comenzaron a bramar y a desbocarse. Bajaron en tromba, cerca de quinientos de ellos, como bólidos de fuego que arrasaron la ladera y desbarataron las columnas púnicas al instante. Los elefantes, despavoridos, hicieron el resto. Amílcar huyó a uña de caballo y en su alocado galopar trató de vadear un río y murió ahogado. El toro con las astas ardiendo debía ser el emblema de la España auténtica, en vez del de Osborne.

Las hogueras de los franceses.

Sin embargo, no ha sido siempre el fuego tan a favor en nuestra Historia. Los franceses de Napoleón calentaron el gélido invierno de 1808 y la rabiosa retirada del 11 y el 12, a base de legajos parroquiales, cuadros valiosos, sillerías de coro y otras fruslerías semejantes sin que les importara demasiado lo que entregaban a la avidez ígnea del calorcito. Al delirante corso debemos hoy los españoles hondos agujeros negros en nuestro pasado documental, además de ciertas reformas en el Código Civil y una derogación de la Inquisición que sirvió de poco, pues la reinstauró sin demora Fernando VII, el rey felón.

Y hablando del Santo Oficio. No podemos olvidar la querencia de aquellos curas de palo y tentetieso por las llamas, lamiendo un cuerpo desdichado a la vista de la feligresía. Se organizaba un fiestón. A veces acudía el monarca de turno. Se montaba una procesión de reos con orejas de burro y sambenitos. Luego un fraile de cejas hirsutas leía la sentencia y unos sayones prendían el fuego para solaz de las mentes retorcidas.

Hoy nos conformamos con las Fallas, que no es poco. Allí no se condenan al fuego los monumentos que el pueblo erige a la estupidez de los privilegiados. Se entregan como tributo para el mayor espectáculo que el ser humano ha concebido desde que un día lejano frotó dos piedras de sílex al resguardo de una cueva y sintió que allí estaba el futuro, su supremacía como especie.

En Valencia continúa a gran escala el misterio y el rito. La visión del fuego lamiendo lo que está a punto de desaparecer y que tanto valía. Los primeros olores, nauseabundos y deliciosos. El crepitar del maderamen que incita a la concentración del espíritu, la melancolía de las chispas...

Lo malo son los petardos.

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