Martín Chirino: una fe de hierro

15 / 01 / 2015 Antonio Puente Fotos: Kike Para
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 Al borde de los 90 años, uno de los grandes escultores españoles se dispone a abrir un museo con su obra.

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En marzo cumplirá 90 años y la lucidez de su discurso, su memoria prodigiosa, resultan tanto más extraterrestres cuando se comprueba que tiene los pies muy en la tierra: “Nos hemos demorado mucho en especulaciones abstractas: en ese juego, en el fondo inmovilista, de las identidades férreas y las ideologías. Si hay algo que la edad enseña, es que somos empirismo puro; un cúmulo de experiencias y actos que, al final, son lo único que nos define. Ahora comprendo que esto lo intuí mucho antes como artista que como persona, pues desde muy pronto quise que mi obra no fuera una señal sino un camino; no un gesto sino una presencia”.

A Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925) parece venirle que ni tallado el célebre aserto de Vittorio Gassman: “Tengo un inmenso porvenir a mis espaldas”. Solo que vive casi simultáneamente rodeado de nuevas realizaciones e inminencias. Acaba de ingresar como miembro de honor en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; una amplia retrospectiva de su obra, Crónica del viento, con 57 piezas, se exhibe, hasta el 31 de enero, en la Fundación Cajacanarias, en Tenerife, y, acto seguido –“lo ideal sería apagar allí las velas”, sonríe–, se inaugurará la Fundación Martín Chirino, en el Castillo de la Luz de su ciudad.

Es una carismática fortaleza del siglo XV reconvertida en espacio artístico e inaugurada hace un año por los entonces príncipes don Felipe y doña Letizia. Muy próximo a la casa natal de Chirino, el castillo se encuentra en el cuello del istmo donde se miran los dos mares que bañan la ciudad, en La Isleta. De una parte, los astilleros del Puerto de La Luz, “donde trabajaba mi padre, y yo pasaba horas fascinado con la magnitud de los cascos de hierro de los barcos”. Y al otro lado, la colosal playa de Las Canteras, no solo de sugerente nombre para el oficio, sino con un trazado tan austero, amable y curvulento como sus hierros  emblemáticos, y con un horizonte en diáfana herradura que “de niño, creía, literalmente, que se podría abrir”. Rememora que en el burbujeo de su orilla tuvo la primera intuición de la espiral, y en sus arenas jugaba, de muchacho, con sus amigos Manolo Millares y Manuel Padorno, o, más ocasionalmente, con Alfredo Kraus. Le digo a Chirino que vaya cuatro jinetes sin apocalipsis (oriundos, por cierto, de la ciudad de Galdós) para recomponer un mito hispano del siglo XX: el do de pecho frente al sonoro Atlántico, junto a una espiral meditabunda sobre una arpillera de arena movediza, a la sombra del mar o del árbol de la luz, los cuatro entonando al unísono: “Quiero entrar en la alcoba del agua”...

Chirino, que, con ser el mayor, es desde hace lustros el único superviviente de ellos y de tantos amigos más jóvenes, esboza una sonrisa cómplice, en señal de que no perder ni un minuto es el duelo más propicio. A veces pasa de la sonrisa a la amplia carcajada sin el estado intermedio, como si la risa se la hubiera dejado al fuego. La verdadera risa, vital, endógena, ha estado siempre en la fragua: “Lo que se siente allí adentro, o allí afuera –los contrarios se abolen– es inenarrable: ese instante único en que el hierro cede de su rigidez testaruda y sonríe, al fin, curvulento, allegado, amante”, subraya. Por eso mismo, se declara “estoico”, consciente de su refugio perenne en la fundición del hierro, cuando logra escabullirse de “un mundo de máscaras cotidianas que me es ajeno”. Pero eso “no quiere decir autoexilio”, matiza Chirino. “Lo he visto en mi tierra y cada vez lo veo más en todas partes: gente con mucho talento que, decepcionada con el entorno, se encierra en su torre de marfil. Eso es nefasto; en la medida de mis posibilidades, siempre les digo: ‘Salgan, mézclense, peléense...’. Aprendí de Ortega y de Machado que un creador tiene que tener los pies entre la gente de su tiempo”.

Las puertas correderas.

Afirma que la apertura de su fundación, un proyecto acariciado durante años, no le supone ningún retorno a Ítaca: “Para mí, el origen y el destino tienen puertas correderas. En rigor, uno no puede regresar a un lugar del que nunca se ha marchado. La vida transcurre, justamente, en movimiento espiral, sin vectores de ida y de retorno, a través de un zigzagueo en inedición permanente. Siempre he avanzado de lo particular a lo universal, tratando de abrir nuevos horizontes, y cada vez que he sentido que uno se me cierra, lo busco en otra parte, lo mismo en mi vida que en mi obra. Así fue como llegué a Madrid o, para ser exactos, al Museo del Prado, que redimía a la ciudad del erial que era en la posguerra; y luego a París, Nueva York, Londres, Grecia... con un afán de aprendizaje permanente, sin perder jamás el referente del origen como leitmotiv de mi obra, que es una alegoría del viaje en sí mismo. La dilatada experiencia como director del CAAM me acercó de nuevo físicamente a mi tierra, y ahora me planteo la fundación como un reinicio. No hay que olvidar que los canarios somos un pueblo muy joven, de apenas cinco siglos de historia, fraguados por mitos intermitentes y abruptos, como San Borondón. Allí, Ítaca está todavía en construcción...”.

Martín Chirino está sentado en el espacioso salón de su hermosa casa-taller de Morata de Tajuña, a las afueras de Madrid, un ámbito racionalista y cálido, tan contundente e ingrávido, a la vez, como sus creaciones. Aunque suene a tópico a medida, el escultor canario habla, literalmente, en espiral, con sinuosas digresiones que no pierden el horizonte vertical de partida, como sus piezas emblemáticas. Pero nunca se pierde. “Todo centro es un falseamiento de la realidad”, apostilla. “En términos sociológicos, me parece nefasta esa consigna de que la virtud está en el centro. Eso es consagrar la mediocridad como paradigma. De hecho, observo que, de un tiempo a esta parte, en España se ha instalado una especie de adorable mediocridad, que se ha adueñado mayoritariamente de las instancias de poder”, expresa Chirino. “A partir de la Transición, en las dos últimas décadas del siglo XX, se produjo una interesante modernización cultural. Nos liberamos de la constricción de las ideologías, que tanto daño nos hizo a los de mi generación, los niños de la guerra. Nos las llegamos a creer a pie juntillas: armarnos ideológicamente para luchar contra la gran ideología monolítica y gris que padecíamos. Entonces tal vez fuesen necesarias, pero hoy estoy convencido de que las ideologías son nocivas. Solo conducen a una dialéctica mortífera de segregación y prejuicios. La ideología siempre la hace el ganador, y la hace para seguir ganando”. Y, entonces, ¿todo ese rearme antisistema al que estamos asistiendo, desde la calle a las urnas?... “Ah, ahí entra otro factor que, para mí, es sagrado: la pasión juvenil. Es lo único que puede mover el mundo. Sigo siendo escéptico para con cualquier ideología política, sobre su poder de transformación y todo eso, pero lo soy muchísimo más cuando ya está apoltronada, y, por tanto, se anquilosa. Contra todas esas máscaras, creo que la pasión es la única virtud posible...”.

El neo-neo.

Pero, la pasión –arguyo– también puede llegar a ser enfermiza y autodestructiva, o conducir al paroxismo: pasión y pasividad tienen la misma raíz etimológica... “Claro, ese es el límite. Me refiero a la pasión constructiva, creadora. Porque, ciertamente, la contrapartida de esa importante modernización de finales del XX fue que acabó propiciando un hedonismo presuntuoso y fatuo y una gran banalización cultural, que seguimos pagando. En el arte, surgió toda esa moda estetizante de rótulos estériles: que si el post-post, la trans-trans o el neo-neo, el pensamiento blando o la paroxística ‘derrota del pensamiento’, cuando es lo único que tenemos, incluso para argumentar su posible cansancio... Por esas grietas se ha colado la adorable mediocridad actual, y un culto desaforado a grandes iconos individuales, muchas veces sin fondo o mérito alguno, que me causa mucha perplejidad...”.

Otra consecuencia negativa ha sido, a su juicio, la dilatación de lo temporal, que, a menudo, se estira como un chicle ya gastado. “Algo muy instructivo que nos enseñaron a los de mi generación es que no hay tiempo para perder el tiempo. Hoy se dilata y menosprecia, lo cual me parece nocivo para las nuevas generaciones”, subraya Chirino. Todo este enrarecimiento tiene mucho que ver, argumenta, con “esa superchería de la globalización, un concepto que sigo sin entender, como no sea un asunto de dinero y de jet-lag”, y que está en las antípodas de lo que debe orientar a un creador: “la universalidad”. 

Es significativo que, a la inversa de lo que ocurre con muchos artistas, su batería crítica se traduzca en una obra que transmite, empero, gran equilibrio y serenidad, atípicamente grácil y esperanzada. Debe de ser cosa de su familiaridad con el hierro y con el fuego, y que, a partir de ellos, ostente el privilegio de ser el pionero en apresar el viento. Este es el gran protagonista en copar el centro de sus espirales sin centro, que nos advierten de la falsedad de cualquier síntesis dialéctica. Chirino recuenta que, tras el burbujeo de las olas en la playa de su infancia, en sus inicios fueron determinantes la auscultación de las paredes de lava y, sobre todo, de los residuos aborígenes del Museo Canario.

Contemplando en su taller obras de distintas etapas –que ahora aguardan por los containers rumbo al Puerto de la Luz–, se comprueba que la verticalidad y la horizontalidad son solo graduaciones sin principio ni fin; que, entre todas, componen, por ejemplo, los pies y los brazos de una imposible cruz de hierro. Si su paisano el vanguardista Agustín Espinosa retrató así el drama del ser insular: “Crucificado en mi cama de matrimonio puesta en posición vertical junto a una ventana de cristales rotos que da a una calle desolada”, Chirino redime de esa visión con todas estas cruces de abstracción sinuosa y amable –poéticas e inútiles, como se titula una de sus series emblemáticas–, donde no cabe ya ningún crucificado. Esas piezas apostadas en el suelo semejan, más aún, elegantes osamentas que adquieren, mágicamente, su vida orgánica cuando alguien las mira, y solo cuando el artista apaga la luz vuelven al misterio de su reposo.

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