Los tenores ya no son lo que eran

20 / 10 / 2015 Luis Algorri
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Se acabaron los divos. Se acabaron los tiempos en que el público aceptaba que un seductor irresistible, según el argumento, fuese en realidad un señor mayor y gordito. Los grandes tenores de hoy cuidan su imagen tanto como su voz. Son nuevos tiempos

JONAS KAUFMANN. Alemán que domina tanto las óperas de Verdi como las de Wagner, tiene el aspecto de un modelo profesional. Y lo sabe.

Hay una vieja broma que los aficionados a la ópera conocen bien y que alguna vez ha repetido, muerta de risa, Montserrat Caballé: ¿cuál es la diferencia entre un divo (o una diva) de ópera y un terrorista? Pues que con un terrorista puedes negociar...

Aún quedan divas, eso es verdad. Aún resisten (porque se lo consienten) sobre todo sopranos que van de teatro en teatro con el empaque de galeones de Indias y que se comportan en público, muy especialmente fuera de escena, como emperatrices; saludan con un mohín de cansancio, extienden la mano para que se la besen y suelen mostrar caprichos, exigencias y un mal carácter que muchas veces traspasa los límites de la mala educación. Pero son una especie a extinguir y ellas lo saben. Todas. La mitomanía, consustancial a la ópera durante más de un siglo, no puede convivir fácilmente con un mundo como el nuestro, en el que queda muy poco sitio para los divos de ninguna clase. La mayoría de las grandes sopranos actuales va por la calle con naturalidad, hace la compra, acude al gimnasio sin darse importancia, guarda la cola en los aeropuertos y tiene cuenta en Twitter.

 

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Roto para siempre. Pero ese fenómeno de desdivinización de los cantantes líricos se nota muy especialmente en los chicos. Ahí sí que se acabaron los divos. Ya no queda un solo tenor que se comporte como Alfredo Kraus, un hombre de voz excepcional que no tenía inconveniente en mirar por  encima del hombro a cualquier jefe de Estado que le tratase con dos gramos más de confianza de la que él exigía; ni como Luciano Pavarotti, probablemente la voz de tenor lírico más hermosa del siglo XX, que exigía en los hoteles condiciones y caprichos que nadie consentiría hoy ni a las estrellas del rock ni a los futbolistas mejor pagados del mundo, que son lo más parecido que hoy queda a los ídolos de otro tiempo.

Lo que se ha roto, probablemente para siempre, es la convención operística, que ha durado cuatro siglos (la ópera nació en 1607) y que consistía, básicamente, en que el espectador estaba dispuesto a apasionarse hasta el extremo (a favor o en contra, eso da igual) por lo que oía, pero también consentía en creerse sin rechistar lo que veía. En otras palabras: lo fundamental era la voz, no el aspecto físico de quien cantase. Eso daba bastante igual.

Pongamos un ejemplo memorable: en la ópera más conocida de todos los tiempos, Rigoletto, de Verdi, la soprano protagonista es Gilda, una niña de 15 o 16 años, delgada, inocente y la verdad es que un poco tontita. Su seductor, el duque de Mantua, es un apuesto rompecorazones tan guapo como malvado. Pues bien, una de las Gildas más aclamadas de la historia es Montserrat Caballé, que a sus 60 años, con su peso y su peinado perpetuamente invariable provocaba delirios de pasión al cantar el Caro nome. Y uno de los grandes duques de Mantua de todos los tiempos es, sin duda, el ya mencionado Pavarotti, al que le pasaba exactamente lo mismo salvo con el peinado. Pero el público lo aceptaba sin protestar. Iban a escuchar, no a creerse lo que veían. Soportaban (y soportan) mal que se les ponga delante una escenografía ridícula o provocadora sin más, como suelen hacer directores de escena como Calixto Bieito o Peter Sellars, pero jamás protestó nadie porque el tenor fuera feo o la soprano gorda. Se perdonaba.

Todo ha cambiado. Eso se acabó. El maleficio comenzó a deshacerse cuando tres glorias de la voz de tenor: Plácido Domingo, Pavarotti y José Carreras, se constituyeron como grupo (los Tres Tenores, en los años 90 del siglo pasado) y empezaron a dar conciertos multitudinarios que hacían aullar a los puristas, porque los grandes cantantes se comportaban como estrellas del pop más que como dioses de la lírica, que era lo que les correspondía por derecho. Aquello fue un éxito de tales dimensiones que quebró para siempre los fundamentos del concepto de divo.

Hoy ya no queda piedra sobre piedra del divismo tenoril del siglo pasado. Los tenores saben que siguen siendo las estrellas del espectáculo, pero saben también que ya no basta con cantar como ángeles, alcanzar los agudos sin aparente esfuerzo, respirar donde se debe, frasear correctamente, emitir la voz sin desfigurarla hasta llenar el teatro, dominar el legato y todo lo demás. Ahora hay que cuidar, además, la imagen, porque ese es el mundo en que vivimos. Hay que dar en las fotos. Hay que saber sonreír. Hay que cuidar el físico.

Una de las mejores pruebas la tenemos en Paolo Fanale. No hace todavía un mes que la página de Facebook de la Orquesta de París publicaba fotos y vídeos del ensayo de su siguiente concierto: el Stabat mater de Gioacchino Rossini, que el español Jesús López Cobos iba a dirigir en la Philharmonie de París. Cantantes e instrumentistas iban cómodos, en ropa de calle, porque se trataba de eso, de un ensayo. El aria del bajo (un Michele Pertusi espléndido de voz a sus 50 años, calvo y con gafas de présbite) fue vista por 7.400 personas. El delicioso dueto de la soprano Joyce El-Khoury y la mezzo Varduhi Abrahamyan, por 22.500, lo mismo que el apoteósico Amen del final, con el coro y la orquesta al completo.

Pero cuando se ensayó el aria del tenor, Cuius animam gementem, Facebook se disparó hasta 1,3 millones de reproducciones. Ante el atril se plantó un chaval rubio de ojos azules, cara de ángel, peinado con una pequeña cresta engominada, ataviado con vaqueros y con una camiseta gris de manga corta y cuello de pico que dejaba ver un cuerpo hecho a base de gimnasio: brazos como troncos, impresionantes pectorales y unos bíceps tatuados. Podría haber sido un modelo de Calvin Klein.

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Pero cuando aquel guaperas estiró los brazos, se agarró las manos y alcanzó sin problemas, a pleno pulmón, el Do que Rossini escribió al final de su aria para escarmiento de tenorcitos intrascendentes, el público se dio cuenta de que no estaba solo ante un tío guapísimo. Estaba ante un tenor como la copa de un pino. Muy joven aún (32 años), con un tipo de voz muy adecuado para el bel canto italiano y para Mozart, su caché se ha disparado y le llueven los contratos. Y es que ya no da igual ver a este espectacular muchacho haciendo de Pamino (el príncipe de La flauta mágica de Mozart, que Fanale está haciendo en Sicilia ahora mismo) que ver a un señor con una voz prodigiosa pero bajito, barrigón y con bigote pintado, que es lo que ha ocurrido durante siglos. Ya no da igual.

El rey y los nobles. Fanale es el último fenómeno de masas, pero no es el primero ni todavía es el mejor. El alemán Jonas Kaufmann es otro caballero que va dejando tras sus pasos un reguero de corazones despedazados. Es guapo a rabiar y lo sabe. Ahora bien, con eso solo no basta. Kaufmann (al contrario que Fanale) tiene una voz poderosa pero oscura, perfecta para papeles de tenor lirico spinto como el Otello de Verdi o algunos del mejor verismo. Todo eso lo ha cantado como nadie. Pero además (es alemán, al fin y al cabo) se ha lanzado a la dificilísima especialidad del tenor wagneriano o heldentenor, que es algo que no puede hacer cualquiera. Y el éxito ha sido innegable.

Uno de los más grandes. Cuando Kaufmann, de 46 años, se planta en una plaza ante miles de personas y se atreve con el Nessun dorma de Turandot (Puccini), un papel para tenor lírico puro, y logra no solo unos matices de verdadero maestro sino el agudo final perfecto, como si su voz se elevase de lo más profundo de la tierra, es fácil comprender por qué está en la lista de los mejor pagados y por qué muchos lo consideran el mejor tenor del mundo ahora mismo. A eso, sin duda, ayuda su pelo revuelto, su complexión atlética, su bronceado y lo habilísimo que se muestra al posar para los fotógrafos, a los que ofrece poses que alucinarían a Jon Kortajarena. Pero eso, aunque sea cada día más importante, no es suficiente en la ópera. Hay que saber cantar. Y Kaufmann es uno de los más grandes.

Algo parecido le pasa al italiano Vittorio Grigolo, de 38 años. Otro que se cuida y que sabe sacar partido de su físico: este es del modelo “en mi vida he roto un plato” o “no me pegues en la cabeza que estoy estudiando”: el italiano clásico de ojos negros, nariz perfecta y mirada de recién abandonado por su novia.

Pero Grigolo, otro tenor lírico genuino, nacido en Arezzo, sabe muy bien lo que hace: alterna las representaciones y grabaciones de ópera con discos de música más romántica, lo cual hace que cantantes especializados en provocar lágrimas fáciles con una voz más o menos discutible (Andrea Boccelli, por ejemplo) tengan serios motivos para preocuparse, porque este muchacho tiene una voz de oro. Es perfecto en Donizetti, en las grandes óperas de Verdi (la trilogía Rigoletto-Traviata-Trovador, pero también en Falstaff, por ejemplo), en el Werther, en muchas obras de Rossini... Y, nada más verlo, cómo no lo vas a adorar y a proteger, con esa cara que tiene.

El español Celso Albelo (siempre hay uno o varios españoles en la lista de los mejores tenores del mundo) es de Santa Cruz de Tenerife. Se le nota. Canario, como Alfredo Kraus. Y sigue la espartana técnica vocal del gran maestro desaparecido. Su voz es impecable en los papeles de lírico y de ligero, como la de Kraus. Pero Albelo, cuya dulzura al cantar recuerda irremediablemente a la de su predecesor y paisano (que no profesor; estudió con Tom Krause y con el inmenso Manuel Cid en la Escuela Reina Sofía, una de las mejores del mundo), carece, sin embargo, del aspecto permanentemente aristocrático de Kraus. Es un tipo humilde que no va de modelo de pasarela y que se viste más bien casual. Pero cómo canta... y cómo cantará: mantener la disciplina en el repertorio y adaptarla a las características de la propia voz (lo que hizo Kraus toda su vida) es muy difícil, porque las tentaciones son grandes, sobre todo las económicas.

Lo nunca visto. Otro que tampoco es especialmente seductor, al menos en apariencia, es el mexicano Javier Camarena. Pero este es el tenor de los récords. Con él hay espectáculo seguro. Tiene una voz delicada pero a la vez potentísima, y su seguridad en los agudos es seguramente la más firme de todos sus compañeros. Así se vio en el Teatro Real de Madrid, donde hace alrededor de un año logró lo increíble: dos bises (en dos días consecutivos) en el aria más feroz del mundo para un tenor, el Ah mes amis de La fille du régiment, de Donizetti, que contiene la friolera de nueve Do de pecho. Camarena está en la historia: eso no lo había conseguido nadie jamás, y lo curioso es que logró otro tanto en el Met neoyorquino, hace bien poco, con La Cenerentola de Rossini... Quien mide la calidad de un tenor por el aspecto (más bien circense) de los agudos sabe que el mexicano da espectáculo. Siempre.

El polaco Piotr Beczala es el más chapado a la antigua: a sus 48 años, se viste y se comporta como un clásico, pero lo bien que queda en las fotos solo es comparable a la versatilidad de su voz.

Pero falta el rey. El número uno, y ya desde hace unos cuantos años. El peruano Juan Diego Flórez es, ahora mismo, el rey de los tenores, seguido a corta distancia por Kaufmann. Flórez, a sus 42 años, llena los teatros cante lo que cante; su aspecto de perpetuo adolescente algo golfillo es un milagro para los directores de escena que tienen lo mismo que él: sentido del humor, a lo que hay que añadir un talento extraordinario como actor y una voz que hay que incluir entre las más bellas de todos los tiempos para tenor lírico-ligero.

Los tenores ya no son lo que eran. Quizá ahora sean no solo más resultones sino incluso algo mejores que los antiguos dioses, aristocráticos y algo caprichosos. Eso debe decirlo el público.

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