Literatura femenina, éxito o mito
Las escritoras copan los premios literarios más prestigiosos. Quizá por eso seguimos distinguiendo entre literatura de hombres y de mujeres. ¿Tiene sentido eso hoy?
A Clara Sánchez le dan el premio Planeta, Ángeles González Sinde queda finalista y el primer titular en las pantallas arma la de San Quintín: La mirada femenina copa los premios. Claro, son dos mujeres así que “mirada femenina”, cosas de chicas. A las pocas horas, numerosas escritoras (y no escritoras) protestan: y cuando ganan dos hombres ¿se dice “mirada masculina”? ¿Hay o no hay una literatura femenina? Que sigamos hablando de esto en el siglo XXI ¿es prueba de que sí hay escritura de chicas o de que seguimos anclados en mecanismos mentales machistas y sexistas?
Veamos los datos. Desde el año 1856 en que se instauró el Premio Nacional de la Crítica, tan solo dos mujeres habían sido distinguidas con el galardón: Ana María Matute en 1959 y Elena Quiroga en 1961. La escritora Clara Usón es la tercera en la lista al haber sido reconocida por su última novela, La hija del Este (Seix Barral). De los 109 ganadores del premio Nobel de literatura, 97 fueron hombres y solo 12 fueron mujeres. Con el reconocimiento otorgado este año a la escritora canadiense Alice Munro, ya son cuatro las escritoras galardonadas en las últimas diez ediciones, un porcentaje que roza la paridad. Y, para terminar, en los más de 60 años de historia del premio Planeta, solo en dos ocasiones habían resultado ganadora y finalista dos mujeres, en la edición de 1999 y en la de 2001. Este año (Sánchez y González-Sinde) se ha roto el equilibrio oficioso que parecía haberse instaurado en la última década, en la que siempre había un representante de cada sexo en el podio. Pero los datos, según en qué contexto se expongan, pueden ofrecer impresiones erróneas, parciales o... descaradamente malintencionadas.
Basándonos en esos datos y en una cierta observación de la realidad literaria, podemos empezar a hablar de un cambio en la percepción de la literatura escrita por mujeres. Los reconocimientos, la indudable calidad, la creciente visibilidad mediática y las ventas de muchos de esos libros escritos por mujeres hablan por sí solos. Hemos pasado del desprestigio a la normalización, y no deberíamos estar hablando de literatura femenina, ni de mujeres, ni siquiera de género, sino de literatura a secas, sin apellidos ni connotaciones. Sin embargo, dado que algunas de las autoras que destacan en el panorama literario actual centran sus novelas en aspectos que pueden calificarse como propios del universo femenino, ¿es eso suficiente para que sigamos hablando y escribiendo sobre literatura femenina?
No resulta sencillo abordar la cuestión sin caer en maniqueísmos, generalizaciones o simplicidades. Cualquier dato, palabra o expresión puede –es más, suele– malinterpretarse. Algunas escritoras se muestran opuestas a la terminología; otras dan una nueva interpretación de los datos; alguna más, con un sencillo ejemplo, logra ridiculizar las impresiones que tenía el periodista sobre algún fenómeno editorial. Y muchas de ellas están convencidas de que son los propios periodistas (y sus dichosos reportajes sobre si existe o no la literatura femenina) los responsables de que se hagan distinciones que no deberían hacerse, porque al fin y al cabo de lo que estamos hablando es de literatura. Sin apellidos ni connotaciones.
Prejuicio y presunción.
“Se habla de literatura femenina pero no se habla de odontología femenina o de arquitectura femenina –puntualiza Clara Usón (Barcelona, 1961)–; el mero hecho de que nos etiqueten ya denota un prejuicio y una presunción: los libros que escriben las mujeres solo conciernen a otras mujeres”. La escritora Laura Freixas (Barcelona, 1958), una de las mujeres que más fomenta la visibilidad de la literatura escrita por mujeres, es quien pone el ejemplo adecuado. “¿Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite, protagonizada por dos mujeres, es para mujeres, y Ardor guerrero, de Muñoz Molina, cuyos personajes son todos hombres, no es para hombres...? El prejuicio consiste en que identificamos al varón con la totalidad del ser humano [prejuicio ya inscrito en el lenguaje: véase el doble significado del término hombre], y en consecuencia creemos que ellos nos representan a todas y todos, mientras que consideramos que las mujeres solo se representan a sí mismas y solo pueden interesar a otras mujeres”. Una manera sencilla de refutar el reportaje. Pero hay más.
La propia Laura Freixas, compiladora de libros fundamentales como Madres e hijas o Cuentos de amigas, y presidenta de la Asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura, añade nuevos datos: “Unos cuantos premios no equivalen, ni mucho menos, a la igualdad. Por poner algunos ejemplos: el tanto por ciento de mujeres en la Real Academia Española es inferior al 20%; en las de Bellas Artes y Jurisprudencia, inferior al 4 %. El Premio Nacional de Narrativa se concedió por última vez a una mujer [Carme Riera, quien leyó su discurso de ingreso en la RAE la pasada semana] en 1995; todos estos años ha recaído sistemáticamente en hombres. El de la Crítica se ha dado a una mujer [Clara Usón] después de más de 50 años de que lo recibieran hombres, y nada nos garantiza que no vaya a ser flor de un día... Lo que hay que hacer son estudios sistemáticos, como hacemos en Clásicas y Modernas, para evitar que unos pocos datos sacados de contexto den la impresión errónea de que la igualdad ya está lograda”.
Rosa Regàs (Barcelona, 1933), por su parte, también ha recibido este mismo año un premio, el Biblioteca Breve, por su novela Música de cámara (Seix Barral). Escritora de prestigio, editora y exdirectora de la Biblioteca Nacional, podría pensarse que Regàs ha visto cómo se derribaban esas barreras y cómo se valoraban sus méritos sin distinción de género. “Por lo que yo sé y veo, no ha cambiado la percepción que la mayoría de hombres, que siempre nos consideraron inferiores, tiene de la literatura escrita por mujeres, aunque nunca lo reconocerían”. Y añade: “La mayoría de los hombres sigue sin leer libros escritos por mujeres”. Usón corrobora esta idea. “La relegación de la mujer en España es endémica, hay más juezas que jueces, pero en los altos tribunales predominan los varones. Lo mismo reza para el ámbito docente o la medicina. En literatura pasa lo siguiente. A las mujeres se les reconoce la capacidad de escribir novelas comerciales, pero no literatura; la excelencia literaria, en este país, sigue siendo coto vedado de los hombres, que son quienes crean la opinión”. Para conceder una tregua, Usón hace una matización a destacar: “No creo que se trate de una conspiración manipuladora de los varones españoles, escritores, profesores de Literatura y críticos incluidos; simplemente no nos leen, y en cambio sí se leen entre ellos”.
Lectores y lectoras.
Hay un terreno en el que las escritoras pueden dar al periodista una tregua: cuando se habla de literatura explícitamente femenina, escrita por mujeres para mujeres y promocionada abiertamente como lo que es. “Todos recordamos que hubo un tiempo en que se puso de moda lo de las mujeres escritoras –señala Laura Castañón (Asturias, 1961), que acaba de publicar su primera novela, Dejar las cosas en sus días, en el sello Alfaguara–. Algunos de los nombres más significativos del panorama literario actual vienen de ahí. Independientemente de fenómenos como el chik-lit [la novela romántica para mujeres solteras], lo cierto es que los lectores son principalmente lectoras. Y leen del mismo modo a Rosa Montero que a Antonio Muñoz Molina”.
La escritora Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977), que publicó este año en la editorial Libros del Asteroide Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, es la primera en mencionar una reflexión (y un libro en concreto) que planeaba sobre el reportaje. “¿Qué es más grave: Edulcorar y frivolizar el holocausto nazi con libros como El niño del pijama de rayas, o hacer creer a las mujeres que están más liberadas sexualmente si se dejan esclavizar por un hombre, como en 50 sombras de Grey?” Para culminar el argumento añade: “También hay hombres que parecen escribir intencionadamente para hombres. Se me ocurre Philip Roth, por ejemplo, pero eso a nadie le resulta llamativo y eso no le resta ni un ápice de prestigio”.
Para Paloma Bravo, una periodista que dio el salto a la novela conquistando al público de ambos sexos aunque sus protagonistas sean mujeres, lo que sí hay “son muchas editoriales empeñadas en promocionar para ellas libros escritos por mujeres que no hacen diferencia entre lectores. Te lo cuento de otra manera: mi primera novela, La novia de papá, habla de nuevas familias, de tolerancia y de custodia compartida desde un punto de vista casi masculino, pero en un gran sello editorial me dijeron que yo era chica, la protagonista también y que tenían un sello romántico ideal. Todo sin haber leído la novela ni valorado su calidad, su tono y su humor”. Después de triunfar en Broadway con la adaptación de su segunda novela, La piel de Mica, Bravo deja un lugar para la esperanza. “Tal y como está el mundo, ojalá no etiquetáramos y dividiéramos a los lectores; ojalá nos limitásemos a darles libros que les renueven”.
A estas alturas.
La tregua, sin embargo, no dura lo suficiente. Una última escritora remata al periodista con la respuesta que más temía. “No creo que el reconocimiento a las mujeres escritoras sea algo nuevo. Yo me he educado leyendo a Carmen Laforet, a Marguerite Duras o a Clarice Lispector. También a Carmen Martín Gaite y Belén Gopegui si nos quedamos en la literatura española. Lo que es increíble es que a estas alturas haya que estar contestando este tipo de cuestiones”. Touché. Ella es Elvira Navarro (Huelva, 1978), galardonada con el premio Jaén de Novela en 2009 por La ciudad feliz. Publica su próxima novela en enero, en Mondadori y aún no ha terminado de abofetear al periodista: “La calidad de esas autoras es tan evidente que no entiendo qué debate puede haber. Quien da por hecho que las mujeres escriben peor solo evidencia sus lagunas o su incapacidad para la buena literatura”.
Según parece, entonces, son algunos editores, algunos escritores y algunos periodistas los responsables de la jerarquización literaria. Pero ¿existe alguna manera de reaccionar? Freixas defiende que “la actitud voluntarista [para conseguir la igualdad actuemos como si ya fuéramos iguales, como si no hubiera diferencias, no mencionemos ni siquiera el tema] ha demostrado, creo, ser estéril, o incluso contraproducente. Si no hay debate se perpetúan los prejuicios y los estereotipos”. Bravo augura que “en un par de generaciones se dedicarán a trabajar y no a discriminar si delante tienen una mujer”. Regàs se pregunta: si en el siglo XXI las mujeres católicas, por ejemplo, no pueden ser todavía ministras de Dios, ¿por qué habría de defender la religión que en literatura son iguales? Usón explica que en Inglaterra una mujer se ha alzado con el premio Booker por segundo año consecutivo, tras una selección final en la que los varones eran minoría, y se lamenta: “Es inconcebible que algo así pueda suceder en España”. Castañón confía en que “esas diferencias tenderán a desaparecer del todo y dejará de ser noticia que la ganadora de un premio importante sea mujer”. Y Ramis afirma rotundamente que “comparar los libros escritos por hombres y mujeres solo por una cuestión de género hoy en día es absurdo”.
Tan solo Elvira Navarro, la más joven de todas ellas, construye un discurso distinto, algo para lo que no estaba preparado el periodista y que bien daría para hacer otro reportaje con las mismas autoras pero diferentes preguntas: “Creo que falta un debate sobre la responsabilidad de las propias mujeres a la hora de ejercer posiciones de poder. Por ejemplo, sería fácil que en Internet hubiera tantas críticas literarias como críticos (nadie te impide abrir un blog y ejercer la crítica), y sin embargo eso no se da. Si las mujeres ejerciéramos el poder sin boicotearnos a nosotras mismas, se acabarían este tipo de diferenciaciones”.



