Episodios extraordinarios de la Historia de España
Mario Garcés se desenvuelve con prodigioso tacto de orfebre sobre el barro de la Historia de España.
El 17 de diciembre de 1490 la Inquisición inició un proceso que terminó el 16 de noviembre del año siguiente por la supuesta desaparición de un niño en la Puerta del Perdón de Toledo. Todos los acusados fueron ejecutados, dos judíos y seis conversos...
“Et porque oyemos decir que en algunos lugares los judíos ficieron et facen el día del Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, o faciendo imágenes de cera et crucificándolas cuando los niños non pueden haber, mandamos que, si fama fuere daquí adelante que algún lugar de nuestro señorío tal cosa sea fecha, si se pudiere averiguar, que todos aquellos que se acercaren en aquel fecho, que sean presos et recabdados et aduchos ante el rey; et depués que el sopiera la verdad, débelos matar muy haviltadamente, quantos quier que sean”. Alfonso X el Sabio, Partidas, VII, XXIV, ley 2
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primer día. gota a gota
–Nada he de decir. Ningún crimen he cometido. ¡Ay, Dios mío, muerto estoy! Que no hay mayor muerte que este tormento. ¡A la Virgen me encomiendo! Cierto y seguro que crimen no he cometido. ¡Dios y la Virgen se apiaden de mí! Morir en el tormento de decir mentira. Por no sufrir. No hay pecado en la mentira.
Los tres inquisidores guardan silencio mientras el verdugo retiene al reo Lope Franco contra la pared, aprestándose a atarlo fuertemente de pies, manos, cuello y frente. Sobre la cabeza del judío, un caño que derrama una gota con un intervalo sincrónico. El verdugo perfila la posición de la tubería de modo que quede situada en el centro mismo de la cima del cráneo. El sayón piensa que este método de tortura es lento pero seguro, y que apenas exige mayor aplicación por su parte que la de comprobar que no se interrumpe la salida rítmica del agua. Para ello, dosifica la corriente del líquido y ajusta la estructura para que la gota vaya horadando implacablemente la cabeza. Recuerda que la última vez que utilizó esta técnica el reo confesó a los tres días, preso de un estado irreversible de locura, de modo que solo queda predecir el tiempo en que el judío hablará. Entre tanto, toca pacientemente esperar.
–¡Mi Dios! No tengo cosa alguna que decir. Que vuelvan a leer mi testimonio. Que no falto a la verdad. ¡Virgen María! Que yo no estaba en Toledo el día de la procesión de la Asunción. Y que no conozco a ningún niño que se llamase Juan. Que mi testimonio refrenden mi esposa y mis hijas. Que la verdad les digo. Así quiero que Dios sepa lo que ocurrió. Que nunca he matado niños ni torturado cristianos. ¡Lean mi testimonio! Que sé lo que digo.
El verdugo cada ocho horas comprueba el estado de los nudos. Es inevitable que el torturador tense la ligadura de manera regular, lo que, en proximidad, le permite verificar el debilitamiento gradual del torturado. Como es habitual en supuestos precedentes, comienza a padecer síntomas de hipotermia y fiebre, así son los efectos propios del miedo y de la desnutrición. Las sogas de esparto que anudan al acusado a la pared provocan llagas, y al dolor físico de las heridas se va sumando la angustia del agua trepanando el cerebro. El torturador piensa que Lope Franco no aguantará muchas horas este suplicio. Tiene estatura media y complexión enteca, de lo que infiere una escasa resistencia al calvario.
–Dios sabe que digo la verdad! ¡Por amor a la Virgen, que no tengo culpa! Que no estuve en Toledo ese día. Que bien lo saben mi esposa y mis hijas. ¡Que me quiten de aquí! Que no puedo resistir el dolor de mi espalda. Y hablo en pleno uso de mi juicio. Que todo ha sido escrito y leído. ¡Vayan leyendo! La verdad es. ¡Ay, Señor!
Los tres inquisidores ordenan salir al verdugo, que aprovecha ese tiempo para dar cuenta de una frugal pitanza, pasmado como esta de que el reo se muestre más resiliente de lo que pensaba. Medita el verdugo que se está haciendo viejo y que, a pesar de su experiencia, ya no posee la capacidad que tenía antes para predecir el tiempo de resistencia de los reos. Ya se lo dice su mujer, ha llegado el tiempo de descansar, que el tormento exige mucha dedicación y necesita pasar más tiempo con su familia.
Cuarto día. La toca
–¡Ven a mí, Dios! Que no puedo reconocer sino la verdad. Que no hay crimen que mi juicio reconozca. ¡Madre de Dios! Que desconozco qué han declarado los demás. Que a quien llaman Moshe Abanamías no lo conozco. Que nunca he estado en Zamora ni he tenido tratos con judíos de esas tierras. Que, pese a lo que diga ese hombre, yo no he recibido orden ni mandato del gran rabinazgo de Francia. ¡Todo lo que digo es verdad!
Los tres inquisidores permanecen sentados en sus sillas contemplando el quehacer del torturador. Tras tres días de suplicio con el caño de agua, el ordinario del Santo Oficio ha dado instrucciones al verdugo para que imponga una nueva tortura, habida cuenta de la ineficacia del método anterior. Lope Franco se está revelando como un reo contumaz, que no es frecuente que venza esa aflicción un hombre corriente y de constitución enclenque. El verdugo abre la boca del acusado, que permanece atado a una tabla de madera en posición vertical, e introduce una toca de lino hasta la tráquea. Comienzan las primeras arcadas.
–¡Dios mío de mi alma! ¡Ay, Virgen María! ¡Ay, Señor! Que no recuerdo haber pecado. Que mis manos no han palpado sangre de niño. Que no deseo la muerte de Vuestras Señorías. Lean de nuevo el testimonio de los demás. Que ese tal Juan Franco vino en gran arrepentimiento. Y declaró que yo había participado. ¡Pero cómo reconocer crimen que no recuerdo! ¡Que el tormento me ilumine! Que dicen que el tal Juan Franco murió haciendo el signo de la cruz. ¡Dios mío! Es su cruz y yo la llevo también. ¡Madre de Dios! ¡Estese quieto!
El verdugo deja caer una jarra de agua sobre la toca hasta empaparla por completo y con la pericia maquinal de otras ocasiones, desliza el tejido nuevamente sobre la pared superior de la boca, debajo queda la lengua, hasta alcanzar la faringe. Lope Franco expele un aullido sobrenatural y la fijación del cuerpo a la madera evita la contracción del abdomen. El torturador desliza nuevamente el tejido fuera de la boca, para dejar que el reo hable.
–¡Virgen Santísima! ¡Madre de Dios! Tengan piedad. Que mi ofuscado juicio no ha visto la luz. Que otros hombres la vieron antes. Y murieron en la Fe de Cristo. Y dicen Vuestras Señorías que Alonso y García Franco murieron quemados. Que no confesaron delito. ¡Pero que Dios los perdone! ¡No, no siga! Que todo es verdad. Que no acierto a distinguir el bien del mal. Que mío es el pecado pero no hay milagro que lo reconozca. Que tengo el sentido aturdido. ¡Venga el Señor y me haga ver la luz!
El verdugo repasa con sus manos las hebras de lino valenciano que el agua ha humedecido. Su mujer no tiene pañuelos de esa calidad y va siendo hora de hacerle un regalo como Dios manda. El pañuelo ha de ser blanco, no como el paño que sumerge en la cavidad del acusado, que de una textura inicial nívea ha dado paso a una paleta de colores rosáceos y cárdenos. Nunca ha entendido el verdugo la causa por la que se utilizan tejidos de calidad para estos suplicios, ya que bastaría cualquier otro trapo para ahogar al reo.
–¡Sí, Señores, que toda la verdad diré! ¡Que me muero! ¡No se acerque! ¡Quite! ¡Ay! ¡Ay! Que si otra cosa dije, erré. Que el tormento me dio luz. ¡Válgame Virgen Santísima! Que tu hijo enseña los minutos del camino. ¡Ay, Jesús! ¡Que Jesucristo nació de Santa María Virgen! ¡Y que Jesucristo sea conmigo! Que vuelvo a ver la luz. Que no me confunda el dolor. Que la verdad dije. Y que no me arrepiento. Lea mi testimonio que es testimonio de verdad. Que yo no maté niño. Que no estuve en Toledo. ¡La Virgen me valga! ¡No es posible, Señores, que quieran que diga lo que no puedo decir! ¡Ay! ¡Ay!
No hay tiempo para más. El recluso pierde el conocimiento ensartado en la madera, ladeando la cabeza hacia la derecha, mientras un hilo de espumarajo desciende por debajo de su barbilla. En la entrepierna luce una humedad cálida, con un tufo agrio que anuncia una descomposición prematura del cuerpo. El verdugo lamenta que el acusado no haya reconocido crimen antes del desvanecimiento, porque ahora toca reanimarlo y proseguir el castigo. Los tres inquisidores abandonan la cámara de tormento, dejando solos al torturador y al reo. Por un momento, el verdugo siente cansancio, porque piensa que al fin y al cabo la resistencia no conduce a nada, puesto que la muerte es el único destino posible. Le produce gran tedio ese monólogo tan estéril del judío sobre la verdad y la mentira, toda vez que a nada conduce tal digresión. Piensa que se ha convertido en un hombre pragmático.
Quinto día. El péndulo
–¡Señores, todo es verdad! Todo lo que leen. Eso es cierto, que no hay mejor juicio que el primero. ¡Váyaseme leyendo otra vez! Que no hay misterio en la verdad. ¡No se acerque!
Que ignoro qué han declarado otros reos. ¡Cómo voy a pecar contra su Divina Majestad! Seguro es que no conozco La Guardia. Ni niño sacrificado. ¡Ay, Dios! ¡Váyase! Que no conozco a Benito García. Que es verdad que no sé quién es. ¿Y dice él que La Guardia es como Palestina? ¿Que allí se conduce a los niños el día de Viernes Santo? ¿Qué allí son crucificados como Jesucristo lo fue en el Gólgota? ¡Madre de Dios! ¡Virgen Santísima! ¡Apiádate de mí, que no reconozco pecado! ¡Apártese!
El sayón coloca los brazos de Lope Franco hacia atrás, a la altura del costillar inferior de la espalda. Aherroja las muñecas con soga de atocha de Aragón, de textura firme y calidad superior, que el verdugo es hombre cualificado en la elección de espartos. El cabo exterior de la soga se amarra a la rueda que pende transversal en el techo de la cámara de tormento. Y se estira la cuerda hacia arriba, con el cuerpo acordelado y suspendido sobre los brazos, de modo que en un instante los hombros se dislocan y los omoplatos dejan de ofrecer palio a la columna vertebral, que titila como un junco. Al final, y como siempre, los omoplatos quedan convertidos en un arco arbotante o en un pináculo. Al verdugo la espalda contorsionada siempre le evoca imágenes de iglesia, que a pío no hay quien le gane.
-¡Ay! ¡Ay, Señor! ¡Dios mío! ¡Que la Virgen me valga! ¡Que no tengo nada que decir! ¡Madre de Dios! ¡Por las plagas de Cristo, que me quiten de aquí! Que así no estuve en La Guardia. Que no vi a Judas. Ya le dije que no conozco a Benito García. ¡Que venga mi esposa y que dé testimonio! ¡Que no sé si es mentira cuanto han dicho! Que no los conozco. ¡Por el Santísimo Sacramento del Altar! Que es su conciencia y no la mía. ¡Ay! ¡Dios mío! Mis brazos. Mi espalda. ¡Por la Santísima Trinidad, que no hay mentira en lo leído! Que ni la muerte me descomponga el juicio. Ni el dolor. ¡Ay, Virgen Santísima, madre de Dios!
El verdugo, indiferente a las miradas contritas de los tres inquisidores, levanta con solvencia una pesa de granito que atraílla a la pierna derecha del recluso. Mediante este procedimiento, una vez descoyuntados los brazos del reo, el dolor acaba dilatándose por las extremidades inferiores, pero prefiere aplicar el lastre parcialmente sobre una sola de las piernas, ya que piensa que la descompensación origina mayor padecimiento que cuando el martirio se practica de modo homogéneo en ambas partes del cuerpo. La pesa está impregnada de un tacto oleaginoso y le resbala de las manos. Piensa que cuando termine este trabajo deberá afanarse en limpiarla, que no queden restos líquidos de otros convictos, que cada uno padezca el sufrimiento como si fuera la primera vez.
–¡Señor de mi alma! ¡Que no sé qué decirme! Mi pierna. ¡Ay, Jesús! ¿Es posible, señores, que quieran decir lo que tengo que decir? Que si así fuese, mi juicio entrego. ¡Santa María Virgen! Si así es, reconozco que cuanto hasta aquí se ha escrito es embuste. Que no hay sino mendacidad en mis palabras. Que así tomara de la mano a ese niño. En la Puerta del Perdón del Toledo. ¿Se llamaba Juan? Que no quiero faltar a la verdad. ¿Juan o Christobal? recelo de mi desmemoria que solo la luz de sus Señorías disipa. Que tenía tres años. ¿Que Moshe Abenamías declaró siete años? Que gran verdad, siete eran. Que acabar con Vuestra Señorías queríamos. ¡Ay! ¡Quite la piedra de mi pierna! Así, que no responde mi cuerpo, no así mi alma. Que la sangre de niño, por Dios, combinada con hostia consagrada es fuente de muerte. Así queríamos matar a Vuestras Señorías. Que matamos a Christobal en La Guardia, en la linde de un campo de trigo. Trabado con clavos sobre la cruz, y engrillado el vientre sobre el eje de la madera, murió. Que es tradición judía en Viernes Santo. Y que mientras moría. ¿Moshe Abenamías? ¿Sí? Le perforó el costado derecho con un puñal. A la escala, los conversos. recuérdeme sus nombres. Alonso Franco, García Franco, Juan Franco, Juan ocaña y Benito García. Que descendieron el cuerpo y lo enterraron. ¡Díganme dónde! ¿En un cornejal? ¿En Santa María de Pera? ¿Sí? ¿De Pera? Que Dios abra en mérito sus almas, si la culpa acabaron reconociendo. ¡La Virgen es conmigo! ¡A Dios mi señor contemplo! En gracia mi espíritu encomiendo, de verdad de penitencia corregido.



