Las casas de los poetas muertos
Descubrimos la eterna rivalidad entre Cervantes y Lope de Vega; el atractivo que Jovellanos ejercía sobre las mujeres; la querencia de Rosalía de Castro por su tierra y cómo, a través de sus poemas, logró abrir las puertas a la lengua gallega. Descubrimos también la extraordinaria energía de resolución de Emilia Pardo Bazán...
Las casas de los poetas muertos / Ángeles Caso / B / 208 páginas / Precio: 18€ / Publicación: 17/09/2013
EL ESPACIO QUE HABITARON
Este libro es el resultado de un viaje convencional. Un viaje en varias etapas que me llevó a buscar las huellas de algunos de los escritores del pasado a los que más admiro en varias ciudades y pueblos de España: Gijón, La Coruña, Padrón, Alcalá de Henares, Segovia, Fuente Vaqueros, Valderrubio y Granada, además de un paseo por Madrid (y que conste que a veces desplazarse en Madrid es tan largo y pesado como trasladarse a un sitio que se encuentre a cuatrocientos kilómetros de distancia).
En todos estos lugares he podido conocer los espacios físicos que habitaron esos escritores. Sus propias casas, que hoy en día se pueden visitar convertidas en museos donde se conservan recuerdos de sus vidas y testimonios de sus obras: la Casa de Cervantes en Alcalá de Henares, la de Lope de Vega en Madrid, la de Jovellanos en Gijón, la de Rosalía de Castro en Padrón, la de Emilia Pardo Bazán en La Coruña, la de Antonio Machado en Segovia y las de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros, Valderrubio y Granada.
Pero el libro es también la consecuencia de un viaje en el tiempo: visitando esos espacios y rememorando las biografías de sus habitantes, he podido recorrer una parte de la historia de España, desde 1547, año en el que nace Cervantes, hasta 1939, cuando muere Machado. He contemplado los objetos de sus vidas cotidianas, sus camas, sus cocinas, sus escritorios, sus libros, sus vajillas y hasta sus orinales. He recordado sus costumbres, las cosas que comían, sus diversiones en las largas tardes de frío, sus maneras de viajar y sus horarios, marcados de cerca por la luz del sol. Pequeños detalles que van componiendo día a día la existencia de todos los mortales y que cambian con el tiempo y los avances tecnológicos. Lentos, al menos si los contemplamos desde el frenético desarrollo material de las últimas décadas. Es curioso pensar, por ejemplo, que todos ellos se alumbraron con velas, candiles o lámparas de gas, aunque Emilia Pardo Bazán, Machado y Lorca llegaron a conocer la electricidad. Que todos ellos tuvieron que utilizar sistemas de transporte lentos, sucios y pesados, desplazándose por caminos y carreteras que ahora consideraríamos inhumanos. Que todavía en las casas de los García Lorca, en plenos años treinta del siglo pasado, se cocinaba en grandes hogares de apariencia medieval, iguales a los que había trescientos años antes en las viviendas de Cervantes o Lope de Vega. Y que ninguno de ellos gozó de lo que ahora entendemos por “comodidades”: buenos sistemas de calefacción, ascensores, cuartos de baño, electrodomésticos, muebles confortables y mullidos... Aun así, vivieron cada uno de sus días con naturalidad, viajaron –algunos, como Cervantes, frenéticamente– y disfrutaron todo lo que pudieron de las ventajas que les conferían sus tiempos respectivos.
Pero, además de todos esos datos de la pequeña historia, no me ha quedado más remedio que verme envuelta junto con ellos en los grandes acontecimientos: he rememorado vaivenes políticos, crisis, intensas batallas en busca de un mundo mejor, persecuciones, encarcelamientos, guerras... He podido comprobar, una vez más, el profundo peso en nuestro país a lo largo de los siglos del pensamiento más reaccionario, y la inquina con la que el poder y la Iglesia persiguieron a los heterodoxos, a quienes trataban de cambiar las cosas y de construir una sociedad más justa y más libre: el envenenamiento de Jovellanos y su larga prisión, los feroces ataques misóginos contra Emilia Pardo Bazán, la penosa huida de Machado y el asesinato de Lorca son tan solo recuerdos especialmente visibles –por la importancia de sus víctimas– de una realidad tristísima que asoló durante siglos nuestro país y costó muchas vidas y muchísimo sufrimiento. Las atrocidades incesantes de nuestra historia.
Convulsos, melancólicos, a veces incluso atormentados... Ninguno de ellos tuvo una existencia fácil o serena. Y, sin embargo, resistieron todos los ataques, superaron una y otra vez su propia inseguridad y se comprometieron incesantemente con el ser humano, cosa que, al fin y al cabo, es lo que hacen todos los escritores que perduran en el tiempo. Todos se extinguieron en sí mismos, como si su sangre genial estuviese destinada a desaparecer: Jovellanos, Machado y Lorca no tuvieron hijos. Cervantes y Lope de Vega dejaron solo hijas que no pudieron transmitir su apellido. Y ninguno de los hijos e hijas de Rosalía de Castro y de Emilia Pardo Bazán tuvo descendencia.
Nos queda, por fortuna, su obra. El resultado feliz, frente a tanta desdicha, de su esfuerzo, su talento, su imaginación y su sabiduría. Y estos espacios en los que habitaron y donde sus fantasmas, quizá, rondan en las noches, presentes para siempre en nuestras vidas de lectores. Este libro es una manera de darles las gracias por haber existido. Por haber escrito, haciéndonos a nosotros, al cabo del tiempo, más ricos y mejores.
MIGUEL DE CERVANTES O LA LUCHA POR LA VIDA
Casa Natal de Cervantes en Alcalá de Henares
Adiós, dije a la humilde choza mía; adiós, Madrid, adiós tu Prado y fuentes, que manan néctar, llueven ambrosía.
Cervantes
LOPE DE VEGA O LA FAMA
Casa Museo Lope de Vega en Madrid
Y tengo, como sabéis, pobre casa, igual cama y mesa, y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos.
Lope de Vega
En aquel entonces, solían llamarlo el barrio de las Musas. Ahora es el barrio de las Letras. Es un rectángulo irregular, en el corazón de Madrid, entre el paseo del Prado, la calle Atocha, la de Carretas y la Carrera de San Jerónimo. Madrid antiguo. Pura historia. Algunas de sus calles llevan los nombres de varios de los escritores que vivieron por aquí: Moratín, Ventura de la Vega o Echegaray, además de los de sus dos vecinos más ilustres, Cervantes y Lope de Vega, que tuvieron sus casas el uno junto al otro.
Es agradable pasear por él durante el día. Y también de noche, si te gustan los bares de copas, la música que va y viene a ráfagas cuando se abren las puertas de los locales, las multitudes animadas del fin de semana. Pero hasta que empieza la vida nocturna, es un barrio tranquilo. Hay calles peatonales –todo un raro privilegio en medio del ruidoso y caótico Madrid– y muchas tabernas, restaurantes, hoteles, galerías de arte y tiendas de muebles y objetos de diseño. Y una sorpresa para los amantes de la poesía: en medio de las losas del suelo, hay grabados versos de algunos de nuestros grandes poetas: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados, / de la carrera de la edad cansados / por quien caduca ya su valentía”, se lamenta Quevedo en grandes letras doradas, retratando en tan pocas palabras toda una época. No me atrevo a pisarlas –sería tanto como poner el pie sobre el propio Quevedo–, así que doy un ridículo saltito que me deposita al otro lado. Alzo la vista: los edificios decimonónicos –viviendas de clase media con sus típicos balconcillos de hierro forjado– parecen asomarse silenciosos, como si lo hicieran a una especie de isla que termina abruptamente en el bullicio del tráfico de las calles que la circundan. Un lugar aislado, con esa sorprendente mezcla de vida-de-barrio-de-toda-la-vida y modernidad que se da en algunas zonas de esta ciudad.
Me lo imagino hace cuatrocientos años. En las primeras décadas del siglo XVII, cuando Cervantes y Lope –y también Góngora y Quevedo– vivieron por aquí. Nada que ver con lo de ahora, por supuesto: callejuelas polvorientas o enlodadas bajo la lluvia, casuchas de adobe, algún feo palacio de ladrillo hecho deprisa y corriendo, huertos de los que se escapan las gallinas, las campanas de los numerosos conventos resonando en medio del griterío y, por encima de todo, aquella famosa pestilencia de Madrid, el olor a inmundicias de una ciudad en cuyas viviendas no había letrinas, de tal manera que todas las porquerías de sus habitantes acababan en las calles al grito de “agua va”.
Y luego, claro está, el gentío: un marqués al que sus criados llevaban en silla de manos a pasear al concurrido Prado, seguido por una cohorte de escuderos y lacayos. Un tropel de “gentes de capa negra” –funcionarios de la Administración central– afanándose de un sitio a otro. Las prostitutas con sus vestidos chillones y escotados transitando las calles, descaradas y alegres, en busca de clientes. Los frailes pidiendo limosna y, tras ellos, los curas con sus largos manteos levantando polvo, mientras se dirigían a algún palacio donde una dama piadosa les ofrecería un rico chocolate con bizcochos. Los criados yendo a comprar velas a la cerería. La moderna carroza de una duquesa atorada en la esquina de la calle, añadiendo las mulas sus boñigas a los excrementos humanos recién arrojados desde la casa de al lado. Las lavanderas con sus grandes cestos sobre la cabeza camino del Manzanares, flotando al aire sayas y camisas. Un grupo de mendigos echando una ruidosa partida de cartas en el suelo, a las puertas del convento de las Trinitarias, que enseguida se abrirían para darles “la sopa boba”. Los licenciados en busca de empleo callejeando y requebrando a las criaditas jóvenes.
Y los actores y las actrices y los “autores de comedia” –directores de las compañías– y los escritores de piezas dramáticas. Este era el barrio de los teatros. O mejor: de los corrales de comedias. En el Madrid de aquellos tiempos aún no había ningún teatro propiamente dicho, a pesar de que ese fuera el entretenimiento favorito de la población. Tan solo dos corrales recién inaugurados, espacios improvisados entre dos filas de casas. El Corral de la Cruz se levantaba en la calle que ahora lleva ese nombre. Y muy cerca, el del Príncipe, del que todavía es heredero –cuatro siglos después– el Teatro Español.
Las representaciones –que tenían lugar cada tarde– no gozaban todavía del aura de sacralidad que poseen ahora. Allí no se exigía ni silencio, ni compostura, ni nada parecido. Todo lo contrario: aquello era una especie de carnaval perpetuo, un guirigay en el que todos gritaban, comían, bebían, se llamaban a voces, se peleaban y hasta podían llegar a matarse. José Pellicer, cronista mayor de Castilla, contó en sus Avisos históricos, una especie de periódico de la época: “Ayer, D. Pablo de Espinosa, por diferencias sobre un banco en la comedia, mató a un caballero llamado D. Diego Abarca, y el matador quedó tan mal herido que está desahuciado”. La verdad es que eran tiempos de violencia: la bronca, la pelea, el cruce de espadas y el asesinato formaban parte de la vida cotidiana de una manera que ahora no somos capaces de imaginar, por mucho que nos quejemos de la cantidad de delitos que inundan nuestras calles.
La mayor parte de las gentes del teatro vivía cerca de los corrales, en aquel barrio agitado y lleno de ingenio. Todo el mundo se pasaba un rato cada mañana por el mentidero de la calle del León, uno de esos espacios al aire libre que había en diversos lugares de Madrid y en los que se transmitían noticias y rumores y se hacían y deshacían prestigios. Allí se encontrarían en más de una ocasión Cervantes y Lope de Vega, vecinos ambos de la zona al menos desde 1607, cuando don Miguel regresó a la ciudad después de una estancia de tres años en Valladolid. Ambos eran en aquel momento famosísimos, dos auténticas glorias de las letras españolas. Lope era el autor de obras dramáticas más prolífico y más reconocido, hasta el punto de que la frase “es de Lope” se había convertido en un dicho popular para referirse a algo de muy buena calidad. Y Cervantes había alcanzado un éxito impresionante dos años atrás con la primera parte del Quijote. Sí, dos verdaderas glorias. Sin embargo, aquellos dos hombres unidos por el amor a las letras y por el genio eran enemigos encarnizados: ninguno le perdonaba al otro sus triunfos, así que se ponían verdes de palabra y de obra, dedicándose menciones en sus textos y haciendo públicos crueles escritos que se lanzaban a la cara como escupitajos: si el cura del Quijote criticaba en la primera parte las “comedias al uso [...], espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia”, unos años después se publicaba una segunda parte “pirata” –la que firmó el supuesto licenciado Alonso Fernández de Avellaneda– que con toda probabilidad surgió del círculo de Lope para atacar a Cervantes. Aquella era una enemistad literaria que a veces podía llegar muy lejos y ser realmente dañina. Valga como ejemplo este soneto con el que Lope –o alguien muy cercano a él– respondió a otro previo de don Miguel, o de alguien muy cercano a él. Es difícil afirmar la autoría a ciencia cierta porque, como es lógico, esas cuartillas circulaban por los mentideros de manera anónima:
Yo, que no sé de la-, de li-, ni lé-,
no sé si eres, Cervantes, co- ni cú-,
sólo digo que es Lope Apolo, y tú
frisón de su carroza y puerco en pie.
Para que no escribieses, orden fue
del Cielo que mancases en Corfú.
Hablaste, buey, pero dijiste mu;
¡oh, mala quijotada que te dé!
Honra a Lope, potrilla, o ¡guay de ti!,
que es sol, y si se enoja, lloverá.
Y ese tu Don Quijote baladí,
de culo en culo por el mundo va,
vendiendo especias y azafrán romí
y, al fin, en muladares parará.
Claro que la rivalidad no era solo entre Lope de Vega y Cervantes. Todos los grandes escritores de la época –y eran muchos en aquellos tiempos esplendorosos para las letras del Siglo de Oro– andaban metidos en peleas los unos con los otros y hacían circular poemas satíricos sobre los enemigos, en una especie de perpetua lid. Góngora, por ejemplo, se burló así de la manía de Lope de asegurar que era noble, ridículo empeño que le llevó a poner al frente de la edición de El peregrino en su patria el escudo con diecinueve torres de Bernardo del Carpio, del que se decía descendiente:
Por tu vida, Lope, que me borres
las diez y nueve torres de tu escudo,
porque, aunque todas son de viento, dudo
que tengas viento para tantas torres
Como era de esperar, Lope se lo devolvió llamándole “verdugo de las palabras” y burlándose de su estilo poético:
Inés, tus bellos, ya me matan, ojos
y al alma, roban pensamientos, mía
desde aquel triste, que te vieron, día
con tus crueles, por tu causa, enojos.
En realidad, lo que aquellos hombres de talento inmenso dirimían a base de ataques no era solo la fama –concepto muy importante en la época– sino también, y quizá sobre todo, el dinero. Concretamente, el apoyo de los grandes nobles de la corte, a los que se veían obligados a dedicar sus obras y a halagar a cambio de un puñado de doblones, algún regalo, ciertas prebendas o, simplemente, protección. Suena miserable, pero por aquel entonces la vida literaria era así: aún no había nacido lo que ahora conocemos como el mercado editorial. Los libreros –que eran quienes se ocupaban de editar los libros– pagaban a los autores muy poco y, como no existía el concepto de derechos de autor, se quedaban con la propiedad de sus textos, que podían cambiar y corregir a su antojo. Era además imposible que se vendiesen muchos ejemplares, porque la inmensa mayoría de la población era analfabeta y las obras de éxito popular se conocían sobre todo, como ocurrió con Don Quijote, a través de lecturas en voz alta. Para colmo de males, la piratería de libros era una actividad tan común como ocurre ahora con las descargas ilegales de música o cine en Internet.
A los escritores no les quedaba otro remedio que buscarse la vida. Y, lamentablemente, buscarse la vida implicaba –en aquella sociedad absolutamente jerarquizada– hacer la pelota a los grandes, dedicarles sus obras, componerles loas, servirles de secretarios y correveidiles y hasta escribirles sus textos amorosos, a la manera de Cyrano de Bergerac (que fue, por cierto, un personaje real). Lope de Vega, por ejemplo, se ocupaba de la correspondencia con sus amantes de su gran protector, el duque de Sessa. Y era capaz de humillarse tanto ante él que, en una ocasión, al enterarse de que uno de sus caballos estaba enfermo, le escribió lo siguiente: “Le juro como montañés que si mi sangre fuera necesaria a un caballo de vuestra excelencia no dudaría en sacármela toda”.
Las dedicatorias de los libros a los nobles y los grandes eclesiásticos solían ser un cúmulo de loas y exageraciones que ahora nos hacen sonrojar. Incluso Cervantes, que en ese sentido fue bastante moderado, escribió cosas como estas en su dedicatoria de La Galatea al “Ilustrísimo Señor Ascanio Colona, abad de Santa Sofía”: “Juntando a esto el efecto de reverencia que hacían en mi ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal de Aquaviva, siendo yo su camarero en Roma, las cuales, ahora no solo las veo cumplidas, sino todo el mundo que goza de la virtud, cristiandad, magnificencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día señales de la clara y generosa estirpe do desciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la misma virtud y más encumbradas hazañas, como nos lo certifican mil verdaderas historias, llenas de los famosos hechos del tronco y ramas de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmuradores que ninguna cosa perdonan”.
Pobre Cervantes. Confieso que me da pena verlo caer en esos excesos, a él que supo tanto de la dignidad humana. Y además, ni siquiera le sirvieron para mucho: para sobrevivir a duras penas, después de toda una vida de lucha y aventuras, sin llegar a gozar nunca de ningún lujo. En esos primeros años del siglo XVII, cuando compartió el barrio de las Musas con Lope de Vega, este vivía en una buena vivienda de su propiedad, mientras que Cervantes tenía que conformarse con casas de alquiler. Mejor dicho, casuchas: los precios de Madrid eran ya por entonces, igual que ahora, demasiado caros para él, y tampoco había mucho donde elegir.
Lo cierto es que el aspecto de la ciudad solía asombrar a los visitantes extranjeros por su pobreza, desorden y suciedad. Salvo algún palacio construido en piedra y algún caserón de ladrillo –como el de Lope–, la mayor parte de las viviendas eran edificaciones de adobe y madera, con aspecto más rural que urbano, pegadas las unas a las otras sin ningún criterio urbanístico. La creciente población de la corte justificaba además una subdivisión incesante del espacio, de tal manera que aquellas casas solían consistir en un par de habitaciones pequeñas y mal ventiladas que servían al mismo tiempo para usos diversos.
En una casa de esas características vivió Cervantes sus dos últimos años, entre 1614 y 1616, en compañía de su mujer, Catalina, y de una criada. Sabemos que era la planta baja de una vivienda de dos pisos, situada en la esquina de la calle del León con la calle de los Francos, a dos pasos del mentidero de los comediantes y a otros dos de la casa de su rival Lope. Supongo que habría muchas mañanas en que ambos coincidirían inevitablemente. Mientras recorro la corta distancia que los separaba al uno del otro, me pregunto si al menos se saludarían o fingirían no verse, como enemigos realmente irreconciliables, más allá de los ingeniosos juegos literarios. Esa última casa de Cervantes ya no existe. Ni tampoco, probablemente, casi ninguna de las muchas que habitó a lo largo de su vida de vagabundeo incesante. La única que está identificada –y no con pruebas definitivas– es su casa natal. Durante más de un siglo después de su muerte fueron varias las ciudades españolas que aseguraban ser la cuna de don Miguel. Pero a mediados del XVIII se encontró su acta de bautismo –del día 9 de octubre de 1547– en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares. Las numerosas investigaciones que se han hecho después permiten asegurar que ese fue en efecto su lugar de nacimiento. Y las pesquisas de uno de sus grandes biógrafos, Luis Astrana Marín, sirvieron para localizar en 1941 la vivienda en la que podría haber venido al mundo, situada detrás del hospital de la Misericordia, en plena judería de esa ciudad que, en aquel entonces, era una de las más agitadas de España, con sus cohortes de jóvenes estudiantes universitarios. Puede que fuera realmente así: este era en efecto el domicilio de su abuelo, Juan de Cervantes, abogado de vida acomodada, y es bastante probable que don Miguel naciera allí. Pero la casa que ahora se visita es en realidad prácticamente nueva. Cuando fue identificada, aún existía el edificio original. Para convertirlo en museo –y con la excusa de que desde el siglo XVI había sufrido muchos cambios–, la Dirección General de Bellas Artes decidió en los años cincuenta tirarlo casi entero y, sin aplicar ningún criterio científico, construir una imitación de lo que podría haber sido una buena vivienda de su tiempo. Alguna reordenación posterior ha permitido aplicar conceptos arquitectónicos y museográficos más modernos y adecuados. Pero, incluso así, lo que ahora se puede visitar es más una especie de museo antropológico que una casa real.
En realidad, no hay nada aquí que haya sido de Cervantes. Las habitaciones reproducen lo que podrían haber sido aposentos de la época, pero todos los muebles y objetos –interesantes y algunos realmente excepcionales– han sido adquiridos en anticuarios o fabricados ex profeso según modelos de la época. Al final, después de recorrer uno a uno todos esos espacios, salgo de allí con la impresión de saber un poco más sobre la vida cotidiana de los españoles del Siglo de Oro.
He visto muchos de sus utensilios, sus ricos escritorios de taracea y sus sillones fraileros, ese tipo de sillón que nos parece característico de Felipe II y que era un diseño importado de Italia y bastante nuevo por aquel entonces en la Península. He contemplado con cierta ternura, como de hermana mayor y cosmopolita, las cunas de sus niños y las ruecas donde las dueñas hilaban, sus almireces y sus cántaros, los braseros con los que calentaban las salas y las palmatorias y candiles que les servían para alumbrarse, y que imagino semejantes a aquellos bajo los cuales Cervantes escribiría muchas noches, dejándose los ojos...



