La patria, la nueva fe
Del patriotismo sentimental o visceral al patriotismo constitucional. Entre esos dos polos vacilamos todos.
El Dioses útiles de José Álvarez Junco (2016) abre con una cita de Edward Gibbon en la que se alude a la religión como “verdadera para el pueblo, falsa para los filósofos y útil para el político”. Creo que no puede resultar más sugerente en un libro sobre la construcción socio-histórica de la nación. Y es que si algo caracteriza a la religión en su vertiente pública es la generación de una moral vinculante que permite ubicarse en la comunidad de creyentes. Algo muy útil para el creyente y también para el político.
Habermas plantea que, en la modernidad, la nación releva a la fe en su función ontológica y teleológica. El pensador parte del éxito histórico del Estado-nación a la hora de sustituir las pertenencias premodernas por nuevos lazos de solidaridad sustentadores de la comunidad. Contrapone dos grandes modelos para lograrlo: la comunidad naturalista (asociada al nacionalismo) y la nación de ciudadanos (vinculada al ideal republicano).
La fuerza integradora de la primera gravita sobre la homogeneidad en términos prepolíticos, mientras que la segunda busca establecer una comunidad de derechos y deberes sobre la base de un universalismo sensible a la pluralidad, la deliberación pública y el patriotismo constitucional.
En nuestro tiempo político, caracterizado por la expresión de todo tipo de malestares, una estrategia nacionalista no puede confiar exclusivamente en los elementos estáticos definitorios de la comunidad naturalista. Lo vemos en Cataluña. Para el nacionalista, el buen patriota hoy, además de reunir las condiciones pre-políticas (idiomáticas y culturales), es también el buen demócrata que comparte que los Estados democráticos pueden ser atomizados desde la razón decisionista.
Así es como desde el decisionismo se invoca al pueblo-bloque que aguarda a constituirse en mitad más uno para desbordar por fin la razón normativista del Estado, una razón que siempre será presentada como artificial y contingente frente a la verdad del pueblo manifestándose ante el Tribunal de Justicia.
A medida que el maltratado y maleable concepto de “pueblo” come terreno al de “ciudadanía” (felizmente amplio en su alcance pero concreto en su contenido de derechos y obligaciones bajo la forma de la democracia liberal), más se achica el espacio de la deliberación democrática: un espacio con unas reglas exigentes más allá de lo meramente cuantitativo. Un espacio en el que la unilateralidad y la amenaza no son una opción.
A medida que se invocan preferencias como si fueran derechos colectivos susceptibles de ponderación, mayor riesgo corren los auténticos derechos reconocidos en la Constitución y en el Estatut, y más faltan a su juramento o promesa las autoridades investidas como tales para garantizar su plena vigencia en Cataluña.
Albert Camus, quien en 1957 declaró sentirse parte de una patria europea, decía amar tanto a su país que era incapaz de ser nacionalista. El patriota reconoce su vínculo sentimental con la tierra y la aprecia de un modo crítico que le permite reírse, con Plutarco, de quien considera más llena y hermosa la luna ateniense que la corintia.
Para el nacionalista, su nación ya es perfecta o muy poco le falta (a lo sumo un referéndum). Puede que lo único que le sobre a su nación sea la molesta presencia “del otro”: del que quiere no ser patriota de este o de aquel otro modo (en perjuicio de la utilidad del político de turno).
Una nación de patriotas (constitucionales) puede ser una nación de ciudadanos libres e iguales. Una nación de nacionalistas es una cosa insufrible. El nacionalista no solo piensa que su luna es más bonita: también se cree con más derechos, y eso ya es mucho más peligroso para todos.


