La odisea del Guernica
Se cumplen 30 años de la llegada a España de la obra cumbre de Picasso, símbolo borroso de las atrocidades del siglo XX. Su historia, con sus cicatrices, es nuestra historia.
Año 1981. La hoja del calendario dibuja el 10 de septiembre. Es jueves. En el aeropuerto de Barajas los pasajeros y las prisas se cruzan con carritos, maletas y más uniformes verdes que de costumbre. Fuera, en las pistas, el pasajero aterriza en el más absoluto secreto. Sus 777 centímetros de largo y 349 de ancho viajan en la bodega de carga del Lope de Vega. Son exactamente las 8.27 de la mañana cuando las ruedas del gigantesco Boeing 747 de Iberia se posan sobre el asfalto. Nadie, ni periodistas, ni siquiera el personal de seguridad del aeropuerto, sabe de su llegada. Delicadeza y más silencio. Alegría contenida: el pasajero ha sobrevivido a un viaje de miles de kilómetros y más de 44 años.
Así, rodeado de precauciones, hermetismo y sigilo, volvió el Guernica a España. El gran símbolo de las víctimas de la Guerra Civil, icono de la impronta imborrable de aniquilación que dejaron los conflictos bélicos y los totalitarismos del siglo XX, metáfora colectiva de la paz y el antibelicismo mundial y del exilio, estaba finalmente de vuelta. Había pasado casi medio siglo desde aquellos apresurados días de la primavera de 1937 en los que Pablo Picasso lo concibió por encargo para el pabellón de la República en la Exposición Internacional de París; desde los posteriores viajes por Noruega y Londres y la gira por Estados Unidos con final en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), donde se quedó tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Hasta aquel sigiloso 10 de septiembre de 1981, en plena Transición, cuando Javier Tusell, historiador y director general de Bellas Artes, uno de los máximos responsables de la misión, comprobó que todo había salido bien y cerró la puerta de su casa. Una vez allí, cogió el teléfono y el secreto se hizo verbo: el Guernica estaba en el Museo del Prado -deseo expreso del que el propio Picasso dejó constancia antes de morir-, en el edificio anexo del Casón del Buen Retiro (en la imagen, arriba), donde permanecería 11 años, hasta 1992, cuando el Ministerio de Cultura decidió trasladarlo al Museo Reina Sofía, hoy convertido en el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), su hogar desde entonces.
El encargo.
Desde el comienzo de la Guerra Civil, una de las obsesiones del Gobierno de la II República fue acaparar la ayuda de los artistas españoles de mayor renombre. Una estrategia de propaganda que, en el caso de Picasso, se puso en marcha a través de un amigo personal del pintor, José Bergamín, en los albores del segundo año de conflicto. Era 1937 y en las negociaciones con el gran genio artístico del siglo XX intervinieron Max Aub, que en esos momentos era agregado cultural de España en París, el embajador Luis Araquistáin y José Gaos, comisario del pabellón español de la Exposición Internacional de París. Finalmente, el Gobierno pagó a Picasso una cantidad desorbitada para la época: 150.000 francos franceses, cuya factura resultaría clave en la posterior negociación de 1981, ya que probaba que el cuadro era propiedad del Estado español.
Pero Picasso (Málaga, 25 de octubre de 1881-Francia, 8 de abril de 1973) no encontraba la inspiración. Las semanas en blanco pasaron a ser meses. Así hasta el 23 de abril de 1937, cuando la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, en la denominada operación Rügen, arrasaron la población vasca de Guernica en uno de los bombardeos icónicos del pasado siglo. Picasso, al contemplar las imágenes y leer el relato de los acontecimientos en el diario Le Soir, queda traumatizado. Ha encontrado el tema: pintará contra la guerra, contra todas las guerras.
“Icono del siglo XX”.
El director del MNCARS, Manuel Borja-Villel, se formó en Nueva York y desde que aterrizó en Madrid para guiar el timón del museo madrileño -al que llegó desde el MACBA de Barcelona- no dudó en situar el Guernica de Picasso en el epicentro del museo. “Nuestra colección -explica Villel- pivota sobre el Guernica, eso no se puede discutir”. Según él, el mural de Picasso “es el gran icono del siglo XX”, y “tener un icono es fundamental para cualquier gran museo”. Dicho de otro modo: “El Prado tiene Las Meninas, el Louvre la Gioconda y nosotros el Guernica. Así funciona”. Un dato: en 2010 el MNCARS recibió unos 2,3 millones de visitantes, de los que cerca de un millón pertenecían por derecho propio a la joya picassiana.
“En el museo vamos a reordenar toda la zona donde está el Guernica, que contiene obras de los años 30, de la República y la Guerra Civil, y estamos preparando una gran exposición para 2012, que es, además, el 75 aniversario de aquella Gran Exposición de París en 1937 para la que se pintó el cuadro”. Y es que “los años 30 -subraya el director del MNCARS- son claves en la historia del arte, porque es entonces cuando las vanguardias se comprometen. Se encuentran con una situación política muy complicada y toman posiciones. Picasso, por ejemplo, pasa por la Primera Guerra Mundial casi sin enterarse, no le afecta; pero en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial, o sea, los años 30, sí se compromete, y cómo. Lo mismo les pasa a Miró, a Julio González y a muchos más”.
El MNCARS también prepara un seminario y un ciclo de cine de los años 30, porque, para Villel, “las grandes obras de arte son como fantasmas que perviven a través de los tiempos y que se reflejan en otras artes”. También habrá visitas guiadas por escritores, cineastas de prestigio y una lección magistral a cargo del historiador británico Timothy Clark.
Aquel 10 de septiembre de 1981, según Francisco Calvo Serraller, ensayista, crítico de arte y catedrático de Arte Contemporáneo de la Universidad Complutense de Madrid, ha quedado en la memoria reciente de España como la prueba “de que la transición política se había llevado a cabo”. De hecho, tal y como subraya Borja-Villel, “hay quien dice que la transición democrática en España termina cuando le quitan al cuadro la protección de vidrio que le pusieron cuando llegó de Estados Unidos”.
Calvo Serraller, que fue director del Prado durante 100 días entre 1993 y 1994, tenía algo más de 30 años cuando el cuadro llegó a España, y recuerda que la decisión de colocar el cuadro en el Casón fue “discutible”, aunque se llevó a cabo “por razones de seguridad”. Y es que el cuadro, tras los viajes, la guerras, las negociaciones y los atentados sufridos -como el de 1974, cuando el iraní Tony Shafrazi, artista y activista contra la Guerra de Vietnam, pintó las palabras “Kill lies all” con spray rojo sobre el cuadro-, es una mercancía más que delicada.
El Guernica, por tanto, es un mapa de cicatrices y metáforas sobre la víctimas inocentes encerrado en un gran llanto que ha trascendido los límites geográficos y culturales. Es, sin duda, una obra total y global, y su importancia, según Calvo Serraller, trasciende la Guerra Civil española: “Picasso borró todos los elementos anecdóticos que lo pudiesen vincular a un episodio de la Guerra Civil, y no aparece nada que uno pueda vincular a un episodio. Hoy los japoneses lo admiran porque creen que representa Hiroshima y Nagashaki”. Es la gran creación antibelicista de la era contemporánea: “Lo que el Guernica tiene de maravilloso -matiza Serraller- es que sitúa las víctimas de la guerra en aquellos que no intervienen en ella.
Inamovible.
El Guernica no se mueve. Ya lo ha hecho en demasiadas ocasiones y eso, unido a los atentados sufridos, ha hecho que la simple idea de trasladarlo se haya convertido en utopía. Buena muestra de ello son las negativas que el Ministerio de Cultura y el propio patronato del MNCARS han dado por respuesta ante las recientes peticiones del Guggenheim y del Museo del Prado, que hace un año reclamó el cuadro mientras reavivaba, de manos de su director, Miguel Zugaza, la eterna polémica acerca de dónde debería descansar la obra. Una polémica que el patronato del MNCARS zanjó con un comunicado que resume perfectamente el estado de la cuestión: “Su delicadísimo estado de conservación y su gran formato impiden todo tipo de traslado fuera del Museo, razón por la cual esta obra nunca ha sido prestada a institución alguna. Y esa situación no ha cambiado”.
Su maltrecho estado de salud es el archivo rugoso de nuestra memoria. Recapitulemos: Picasso lo pinta en París, se expone en el verano de 1937 y después viaja a Noruega, Londres y recorre las dos costas de Estados Unidos -en mayo de 1939 el cuadro y los 62 bocetos ponen rumbo a Nueva York y se muestran junto a 344 obras de Picasso en la galería Valentine de Nueva York, y de ahí a Chicago, Nueva Orleans, Pittsburgh, Minneapolis, Saint Louis, Cleveland, Boston, San Francisco y Cincinnati-. Finalmente, el cuadro acaba en el MOMA, en la Gran Manzana, donde se queda tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Luego, más exposiciones y más viajes, como los realizados por Europa entre 1955 y 1956. Y después, España, el Casón del Buen Retiro y el antiguo Reina Sofía, de donde no se moverá. Más que un viaje, una odisea.



