La maldición de que te llamen maldito

17 / 07 / 2009 0:00 Dani Rocha
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Antonio Vega deja canciones y emociones a partes iguales reunidas en sus discos y conciertos, así como un vacío complicado en la composición en España.

Nacho García Vega contaba en los camerinos del centro cultural Conde Duque, una hora antes del concierto que su primo, Antonio Vega, iba a ofrecer, que éste estaba tremendamente ilusionado con la vuelta de Nacha Pop. “Está como un niño, se ha comprado no sé cuántas guitarras nuevas”. Antonio Vega, el músico madrileño, compositor del himno generacional La chica de ayer, volvía a los orígenes. Ídolo de la Movida, a pesar de que algunos compañeros de generación se referían a ellos como los babosos (el tiempo ha puesto en su sitio a cada uno), llevó y llevará la maldición de ser considerado un artista maldito. De él se cuentan mil historias, como la de su huida a Galicia para desengancharse. El motivo real era el trabajo de su pareja por aquel entonces, Margarita del Río, jefa comercial de Adolfo Domínguez. También se prodigan las narraciones de sus plantones a públicos expectantes. De hecho así se fue, dejando un concierto en Almería pendiente. Simplemente no pudo.

Ni triste ni solitario

Esa misma sensibilidad que se vio alterada por un homenaje bienintencionado pero mal bautizado. Ese chico triste y solitario, se llamó el disco con el que artistas desde Rosendo hasta Los Secretos le decían que lo admiraban, pero él se negaba a verse en ese espejo: “Lo de triste no es fiel a mi persona”, contaba un día en un hotel perdido en la costa cántabra. Había ido para ser el regalo sorpresa en un cumpleaños. “Mis días transcurren entre bromas, tengo gran sentido del humor (...) no soy triste, siempre me he repuesto de cualquier problema a base de fe en mí mismo y voluntad hacia el futuro”. Tampoco era solitario, siempre estuvo arropado: familia, amigos, seguidores, Marga... Amante de la naturaleza, de coger el coche y no decir a dónde iba porque no lo sabía, le gustaba perderse, aficionado a la marquetería (era consciente del problema que eso suponía para quien viviera con él), tranquilo en general. Su melancolía era una de las piedras de toque de cualquier opinión sobre él, era el color más fácil para pintarlo. Él no lo negaba, pero lo matizaba, le cambiaba el nombre, cambiándole así la esencia. Prefería llamarlo sensibilidad. Nunca fue un superventas. Nacha Pop sólo vendió de verdad al deshacerse. El haber pertenecido a esa banda, su trabajo posterior, sumado a su vida revuelta, su adicción a la heroína, cierto nubarrón que parecía acompañarle y su capacidad para marcar a la gente con frases, acordes o su voz, lo convirtieron en artista de culto hace muchos años. Esa leyenda y su talento le granjeaban admiradores, seguidores devotos no sólo entre el gran público, sino también entre el resto de artistas. Algunos recuerdan el silencio que se hizo en el aniversario de Los 40 Principales cuando, visiblemente desmejorado, entró en la sala en la que las nuevas estrellas (El Canto del Loco, La Oreja de Van Gogh...) tenían montada su fiesta. Entro él, su leyenda, el mito y el aura que desprendía. Allí se hizo el silencio del respeto ante quien todos consideraban maestro. Muchos artistas le pidieron colaboraciones, y casi todos se llevaron un sí por respuesta, desde Javier Álvarez, Elefantes, Ketama, Amaral (unión de escaso éxito musical), hasta alguien en teoría tan poco afín como El Arrebato. Todos le llamaban desde la admiración. Y él lo sabía. Lo hacía por cariño y porque tampoco venía mal, como él decía, “un pellizco”.

No me iré mañana

Desde El sitio de mi recreo hasta 3.000 noches con Marga, Vega cosechó una obra en solitario que acercaba al temblor. En 3.000 noches con Marga, desgarrador título, recordaba los ocho años que compartió con quien pareció ser su balón de oxígeno, la citada Marga del Río, coautora de algunos títulos. Tras ese tiempo ella falleció y no pocos pensaron que Antonio Vega querría seguir una senda similar. El disco nació en Orense, refugio de la pareja (“es muy fácil echar raíces en esas tierras”), y antes de publicarlo Antonio atajó rumores que otra vez le rodeaban, apelando a sus ganas de vivir, aunque fuera esa vida dura que le tocaba. Años antes había titulado un disco No me iré mañana. Se reafirmaba.

“Yo partí hace mucho tiempo ya”

Sin embargo, también había dejado escrita su partida en una de sus canciones más completas y con mayor capacidad de llegada, Océano de sol. En la misma canción en la que reivindicaba su deseo de romper el tiempo, vivir con una dimensión menos y, evocando a un admirado Einstein, ser “el fruto de la relatividad”. Ahora Antonio ha pasado a ese lugar sin tiempo, a ese océano donde disolverse, dejando a sus espaldas una obra que a cada uno le llega en su momento, y cuando llega es para quedarse. A salvo de los rumores malditos que se seguirán propagando en esta otra orilla del océano, donde, sobre todo, se le seguirá oyendo.

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