La colección privada del mecenas discreto
El empresario hispano-mexicano Plácido Arango atesora alrededor de 300 obras de primer nivel tras su última donación al Museo del Prado. Tiempo publica algunos de esos lienzos.
Las donaciones de obras de arte son una rareza, sobre todo en tiempos de crisis. Y hacerlo en vida, sin esperar a la apertura del testamento y para desdicha de más de un heredero, aún más si cabe. De ahí el eco que ha provocado el empresario de origen mexicano Plácido Arango en el mundillo del arte con su decisión de entregar 25 lienzos de su colección privada al Museo del Prado, del que es patrón honorario y cuyo patronato presidió entre 2007 y 2012. La única condición que puso fue poder disfrutar de las obras mientras él viviera, mediante un usufructo vitalicio.
Arango ya había donado en 1991 al Prado la primera edición de 1799 del libro en el que se recopilaron los 80 grabados de la serie Caprichos de Francisco de Goya, pero los cuadros donados ahora superan a lo grande aquel gesto, ya que la mayoría de estas obras colgarán en el futuro de las paredes de la pinacoteca al cubrir varias generaciones de la pintura española desde el siglo XVI al XIX, así como artistas europeos que trabajaron en España en ese tiempo.
Casi todas las obras donadas ahora por Arango fueron adquiridas en su momento en el extranjero, lo que convierte su regreso a España en un “extraordinario enriquecimiento” del patrimonio histórico-artístico nacional, en palabras del Prado. La donación incluye piezas de Pedro de Campaña (en realidad, se trata del flamenco afincado en Sevilla Pieter van Kempeneer), Luis Morales, Luis Tristán, Francisco de Zurbarán, Eugenio Cajés, Alejandro Loarte, Herrera el Mozo, Mateo Cerezo, Antonio del Castillo, Valdés Leal, Corrado Giaquinto y cuatro litografías de Goya, entre otras.
Cuatro de los artistas presentes en esta última donación –Campaña, Felipe Pablo de San Leocadio, Francisco López Caro y Francisco Barrera– permanecían inéditos en el Prado. De todos ellos hay que destacar la incorporación de dos “exquisitas” pinturas del primero de ellos: Camino del Calvario y Descendimiento, por su “decisiva contribución” al desarrollo de la pintura española del Renacimiento. También destacan los tres lienzos de Francisco de Zurbarán (Inmaculada Concepción, Inmaculada niña y el “hamletiano” San Francisco en oración) que permiten al Prado zanjar una deuda pendiente con el pintor extremeño. La entrega, por último, de Toros de Burdeos, de Goya, culmina la magnífica colección de obra impresa que hay en el Prado sobre el genio aragonés.
Las 25 obras donadas al Prado constituyen menos del 10% de los cuadros que atesora Arango. De hecho, su colección particular es una de las más prestigiosas que hay en España, difícil de cuantificar económicamente. Lo poco que se sabe de ella es que se encuentra repartida entre su casa de Valdemorillo, donde vive ya largas temporadas en lo más parecido a un retiro espiritual, y un edificio de la capital.
Este empresario comenzó comprando cuadros de pintores figurativos mexicanos para decorar su casa y ha ido ampliando su colección con lienzos de El Greco, Zurbarán, Ribera, Murillo, Miró, Gris, Dalí, Tàpies, Chillida o Barceló. Desde el Renacimiento a la pintura española más vanguardista del siglo XX. En 2006, el empresario expuso al público una pequeña parte de su colección. Fue en Oviedo, concretamente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad, a la que se siente profundamente unido por lazos familiares y donde estuvo de presidente de la Fundación Príncipe de Asturias de 1987 a 1996. Aquella exposición se tituló Una mirada singular. Pintura española de los siglos XVI al XIX y contó con el préstamo temporal de 25 obras de su colección.
Para dicho evento llevó cuadros de El Greco, Ribera, Zurbarán, Juan Van der Hamen, Thomas Yepes, Luis Tristán, Antonio de Pereda, Luis Meléndez, Goya, Jenaro P. Villaamil, Eugenio L. Velázquez, Mariano Fortuny, Darío de Regoyos, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Joaquín Mir y José G. Solana. Un gran elenco de pintores con los que se inauguró la ampliación del citado museo. Una de sus obras más queridas que estuvo en Oviedo fue la de San Simeón con el Niño Jesús, de José de Ribera. En 1997 hubo una exposición en la Real Academia de San Fernando de Madrid con 67 cuadros, entre ellos este, con un denominador común: habían salido de España hacía varios siglos, muchos de ellos por la furia invasora de las tropas napoleónicas, para luego regresar del exilio en los últimos 30 años. El comisario de aquella muestra y gran amigo de Arango, Alfonso Pérez Sánchez, incluyó esta “obra de madurez y enfermedad” de Ribera dentro del ramillete de “magníficos” ejemplos de lienzos recuperados “que podrían presidir el Prado”.
Otro de los cuadros preferidos de Arango es La Virgen del sombrero (1570), de Luis de Morales, llamado el Divino por su minuciosa técnica en los detalles de la iconografía religiosa. La tabla, de 70,5 por 50 centímetros, destaca por el fino tocado que lleva la figura en la cabeza y pudo ser contemplada por última vez en 2009 en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Y junto al Santo Domingo en oración, de El Greco (ver página anterior), Arango cuenta también en su colección privada con otras obras de relumbrón como Otoño vascongado, de Darío de Regoyos; Mediodía en la playa de Valencia, de Joaquín Sorolla; Alquézar, de Ignacio Zuloaga; o Mujer ante el espejo, de José Gutiérrez Solana. Un buen ejemplo, este último, de la pintura figurativa española del primer tercio del siglo XX.
La discreción y sencillez de Arango han sido sus señas de identidad desde que fundó la cadena de restaurantes Vips en 1969. En su vida de coleccionista de arte no influyeron ni sus padres ni la educación que recibió de joven. Lo suyo fue autodidactismo, sin caer en lo pretencioso de la pasión. “Me parece excesivo”, afirmaba en 2006 sobre esto último en una de sus escasas entrevistas, concretamente en La Nueva España, “porque es un don que está más en la naturaleza de los artistas y su entorno. Prefiero considerarla una afición seria que se despierta con la observación”.
Arango se ha caracterizado por ser un coleccionista generoso, una persona que no ha dudado en prestar obras para exposiciones temporales –la retrospectiva de bodegones españoles que hubo en el Prado en 2010 dio fe de ello–, a diferencia de otros coleccionistas que prefieren esconder sus tesoros de puertas adentro, para deleite personal. “Es la única forma de que el público pueda acceder a obras que no deben permanecer cautivas. Función mayor son las donaciones. El coleccionismo es un modo peculiar de codicia que, afortunadamente, termina muchas veces en el desprendimiento”, declaró durante su exposición en Oviedo.
Nunca ha pedido nada por sus préstamos o sus donaciones, más que discreción y anonimato. En el anuncio que hizo el Prado la pasada semana no quiso estar presente ante los medios de comunicación y ha pedido expresamente que en el futuro no se ponga su nombre a una sala del museo. La elegancia y serenidad le viene de sus raíces mexicanas, pues nació en Tampico hace 84 años. Hijo de emigrantes asturianos que pasaron antes por Cuba que por México, en 1965 decidió regresar a España para empezar desde la nada en el mundo de la restauración.
Su célebre cadena de restaurantes fue creciendo con el paso de los años. Después de Vips llegaron las exitosas aventuras empresariales de Ginos, The Wok, Friday’s y Starbucks Coffee. En la actualidad, el grupo cuenta además con cuatro restaurantes de alta gama (Iroco, Lucca, Tattaglia y Rugantino, todos ellos ubicados en Madrid) y desde 2008, con una fábrica propia de sándwiches, ensaladas y productos para llevar de alta calidad (BSF).
A medida que su imperio gastronómico echaba raíces en España y Portugal, él fue enamorándose del Prado. En 1986 fue designado vocal del Patronato del museo tras sus gestiones para que el jefe de restauración del Metropolitan Museum de Nueva York, John Brealey, se tomase un año sabático para venir a España y liderar la delicada limpieza de Las Meninas, la obra cumbre de Velázquez. Luego vino su apoyo con dinero para que el Estado comprase el Retrato de la marquesa de Santa Cruz, de Goya y que había salido de forma ilegal de España a principios de los años ochenta del siglo XX.
Este famoso retrato que Franco estuvo a punto de regalar a Hitler en su encuentro de Hendaya en 1940, se quedó en la aduana y posteriormente pasó a la colección Valdés de Bilbao. En 1983 la pintura fue llevada desde Mallorca al extranjero por mar. Pasó de forma clandestina a Suiza y fue adquirida por un noble inglés, lord Wimborne, quien decidió subastarla en Londres en 1986. Al anunciarse la venta, el Gobierno español interpuso una demanda, alegando que la obra había sido exportada ilegalmente.
El litigio concluyó con la suspensión de la subasta y la recuperación del cuadro, que se mandó al Prado tras su azaroso periplo, aunque se tuvo que indemnizar a Wimborne con el precio estimado (6 millones de dólares), ya que se entendió que el afectado desconocía el origen dudoso de la obra, pues la compró a un intermediario. Para cubrir dicha cifra, el Ejecutivo de Felipe González decidió pedir dinero a diversas empresas españolas y personalidades vinculadas al arte. Entre estas últimas estuvo Plácido Arango, el mecenas discreto.


