Y Roma se hizo cristiana

22 / 02 / 2008 0:00 Luis Reyes
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Una visión y un sueño antes de una batalla trajeron la conversión al cristianismo del Imperio Romano. La mayor revolución cultural de la Historia.

Ninguna visión ha influido tanto en la Historia, ningún sueño hecho realidad ha cambiado más la vida de la humanidad. La conversión al Cristianismo del Imperio Romano confi guró definitivamente la cultura occidental, dominante hasta hoy en el mundo sobre sus tres pies, la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana.

Todo se decidió en vísperas de la batalla que en octubre del año 312 enfrentaría en el puente Milvio, a las afueras de Roma, a dos candidatos a emperador, Constantino y Magencio. “En las horas meridianas del sol, cuando ya el día comienza a declinar, dijo (Constantino) que vio con sus propios ojos en pleno cielo, superpuesto al sol, un trofeo en forma de cruz, hecho de luz, al que estaba unida la inscripción: Con esto vence. El pasmo por la visión le sobrecogió a él y a todo el ejército, que fue espectador del portento”. Así recoge Eusebio de Cesárea el testimonio del propio Constantino, pues ese obispo con buena pluma escribió la biografía autorizada del emperador, por el sistema, tan en uso editorial ahora, de que el protagonista hablara y el profesional escribiera. Pero “el pasmo” no había terminado, porque esa noche Constantino “en sueños vio a Cristo, hijo de Dios, con el signo que apareció en el cielo, y le ordenó que fabricara una imitación del signo y se sirviera de él como escudo en la batalla”.

Victoria

Constantino llamó a algún cristiano, ya numerosísimos en el orbe romano, para que le explicase quién era el que se le había aparecido en sueños. Cuando el cristiano le explicó que era “Dios hijo unigénito del único y sólo Dios, y que la señal aparecida era sím bolo de la inmortalidad”, el pretendiente a emperador no lo dudó. Hizo que los soldados pusieran el signo de Cristo en los escudos, avanzó contra Magencio, le derrotó en el puente Milvio y entró en Roma como emperador. La victoria de Constantino puso fin a una etapa de guerra civil, favorecida por la complejidad de la soberanía en el Imperio Romano, que a principios del siglo IV tenía dos emperadores, de Occidente y de Oriente, y dos adjuntos a ellos llamados césares. De hecho Constantino lograría reunifi car el Imperio venciendo al emperador de Oriente, lo que le valió el título de ‘el Grande’ y supuso el traslado de la capital de Roma a Bizancio, rebautizada Constantinopla. Pero estos cambios políticos no son nada comparados con la revolución cultural y social que supuso el reinado de Constantino. En su primer año publicó el Edicto de Milán (313), que establecía la símlibertad del culto cristiano, lo que suponía en la práctica liquidar al paganismo como religión ofi cial. Además, entregó a las comunidades cristianas numerosas propiedades y les otorgó privilegios que sentaron las bases del poderío material de la Iglesia. El mismo Constantino se convirtió al cristianismo, y a partir de él ya sería necesaria esta religión para ocupar el trono imperial, con la breve excepción de Juliano el Apóstata. La conversión de Constantino al cristianismo tardó no obstante algunos años en producirse, y tuvo una explicación miserable según Zósimo, un historiador pagano nada contento con la nueva religión.

Crimen

“Una vez que todo el poder había quedado en manos de Constantino, ya no ocultó la maldad que le era natural”, afirma Zósimo, que añade que “su hijo Crispo cayó bajo las sospechas de relaciones culpables con su madrastra Fausta (segunda esposa de Constantino) y le hizo perecer”. Tras asesinar a su propio hijo, Constantino fue aún más cruel con su infi el esposa. La echó a un baño de agua hirviendo. Tras tan horrendos crímenes vinieron los remordimientos, estimulados por los reproches de la madre de Constantino, la que sería Santa Helena. Alguien le habló entonces de la confesión o, como dice Zósimo, “que la doctrina de los cristianos concedía el perdón inmediato de toda falta”. Era lo que necesitaba para dormir tranquilo, de modo que adoptó la religión de Cristo. Eso sucedió en el año 326, al menos en esa fecha mató a su hijo y esposa, catorce años después de su visión de la cruz. Sin embargo, ni siquiera entonces se bautizó. Algunos autores dicen que quería hacerlo en el río Jordán, donde el propio Jesucristo había recibido el bautismo de manos de San Juan Bautista, y que no encontró ocasión de desplazarse a Palestina. Otros piensan que fue un astuto cálculo: según la doctrina cristiana, la confesión libra del infierno, pero no del purgatorio. El bautismo, en cambio, quita todo rastro de pecado, y no es necesario ir al purgatorio antes de entrar en el cielo. El caso es que Constantino se bautizó cuando ya estaba enfermo de muerte, en mayo de 337, un cuarto de siglo después de que Jesús se le apareciera en sueños y cambiara la Historia del mundo.

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