Stalin inventa el calendario bolchevique
La Rusia soviética quiso racionalizar el tiempo, como había hecho la Revolución Francesa, y mejorar la condición de los trabajadores dándoles más fiestas.
04/01/08
Las frases hechas se dicen sin reparar en su importancia: ‘Año nuevo, vida nueva’, pero hay quien las coge, les da la vuelta y provoca una conmoción: ‘Vida nueva, año nuevo’. Eso es lo que hicieron los jacobinos en la Revolución Francesa y los bolcheviques en la Revolución Soviética: cambiaron la vida de media humanidad y quisieron también cambiar el tiempo por el que se mide la existencia. Al final resultó que era más fácil cambiar la vida de los hombres que su calendario. Tras la toma del poder por los bolcheviques en San Petersburgo, una de las medidas tomadas por el primer gobierno comunista, bajo la presidencia de Lenin, fue el cambio de calendario. Pero no se trataba todavía del tempo revolucionario, sino de adaptarse al muy católico calendario gregoriano, que regía en toda Europa excepto en Rusia.
Desfase
Tradicionalmente, los zares pretendían que su capital, Moscú, fuera ‘la tercera Roma’. Al considerarse cabeza de la iglesia ortodoxa, los zares ignoraron las reformas de la medición del tiempo que promovió el Papa Gregorio el Magno desde ‘la primera Roma’. Por eso, la revolución que llamamos de Octubre, la toma por los soviets del Palacio de Invierno de San Petersburgo, símbolo del poder zarista, en la noche del 24 al 25 de octubre de 1917, tuvo lugar en realidad la noche del 6 al 7 de noviembre, según el cómputo general.
El comunismo tenía carácter internacionalista, y el primer régimen comunista de la Historia no podía mantener un particularismo cronológico como habían hecho los zares. Sin darle más vueltas, el 1 de febrero de 1918 Lenin dictó que el día siguiente no sería 2, sino 13 de febrero, como en el resto de Europa. Sin embargo, la sensata decisión de Lenin sería seguida, después de su muerte, por uno de esos intentos de que la vida nueva tuviera su tiempo nuevo. Dada la radicalidad de la revolución comunista en Rusia, el cambio de almanaque iba a ser también estrambótico, una conmoción sobre todo para los hábitos de trabajo, con semanas de cinco días.
El nuevo calendario bolchevique entró en vigor el 1 de octubre de 1929, cuando el poder estaba ya en manos de Stalin. Cambiaba la fisonomía de los meses de acuerdo con criterios racionales. Es decir, todos los meses serían iguales, de 30 días. Doce meses a 30 días daban 360, ¿qué hacer con los cinco que sobraban? Dejarlos fuera de los meses y de las semanas y celebrarlos como fiestas laborales, puesto que al fin y al cabo el régimen era una dictadura de los trabajadores.
El Día de Lenin era el primero de ellos, se conmemoraba al día siguiente del 30 de enero. Después del 30 de abril, mientras en el resto del mundo los proletarios celebraban el primero de mayo, los bolcheviques introdujeron no uno, sino dos días del Trabajo. Y después del 7 de noviembre, efemérides del asalto al Palacio de Invierno, se interrumpía el cómputo de ese mes con dos días de la Industria. Cuando venía un año bisiesto, se colocaba otro día extra después del 30 de febrero.
Adiós, domingo
Pero la auténtica revolución cronológica era la semana de cinco días. Desaparecía el domingo, no había un día de fi esta semanal. Se organizó a los trabajadores en cinco grupos, asignándole a cada uno un color (amarillo, rosa, rojo, morado y verde), y según el color se libraba en uno de los cinco días de la semana.
Sobre el papel era una idea estupenda, porque suponía que las industrias estuvieran siempre en funcionamiento, y los proletarios tenían fiesta cada cinco días, en vez de cada siete como en la semana tradicional. Pero en la realidad fue un desastre, porque impedía que las familias y los amigos tuvieran un día de asueto común para divertirse en compañía, y todo el mundo estaba disgustado. Además no repercutió positivamente en la productividad. Entre otras cosas porque muchos se las ingeniaban para librar el día que les tocaba por el color y además el domingo, inexistente oficialmente, pero que seguía vivo en las costumbres de la gente.
Stalin decidió recoger velas tras sólo dos años de experimento y rectificar la reforma. A partir del 1 de diciembre de 1931 se reimplantaron los meses tradicionales, aunque no la semana. La semana de siete días con uno de fiesta tenía un tufillo judeocristiano que repugnaba a los bolcheviques; al fin y al cabo la había instituido Dios en el Génesis y la URSS era un país oficialmente ateo. Pero como lo de los cinco días y cinco colores no le gustaba a nadie, Stalin implantó una semana de seis días.
No habría domingos, pero sí un día de fiesta común para todos, que caería en el 6, 12, 18, 24 y 30 de cada mes. Y de propina, los meses que tuvieran 31 días, el último era también festivo.
Tampoco funcionó este sistema. Los trabajadores aceptaban todas las fiestas que les otorgara el partido, pero seguían escaqueándose los domingos. Por eso, en 1940, en vísperas de que la II Guerra Mundial alcanzara a la Unión Soviética, se decidió volver al calendario gregoriano. El tiempo nuevo bolchevique había durado once años, uno menos que la Era Republicana de la Revolución Francesa.



