Reina por nueve días
Torre de Londres, 12 de febrero de 1554 · El verdugo corta la cabeza de lady Jane Grey, que había reinado en Inglaterra durante solo nueve días.
Fue la penúltima de una lista única e insólita, la de las cuatro reinas decapitadas en Inglaterra en un breve periodo, entre 1536 y 1587. A diferencia de sus predecesoras en el tajo, Ana Bolena y Catalina Howard, Juana Grey, o lady Jane Grey, como la llaman los medios británicos, no fue consorte ni víctima del Barba Azul Enrique VIII, sino reina titular, aunque solamente por nueve días, el más breve reinado de la historia de Inglaterra.
Su vida parece inventada por un calenturiento autor de culebrones, tiene todos los elementos del melodrama y la tragedia. La protagonista, adornada de excelsas virtudes, deliciosamente bella, inteligente, con una educación exquisita y sangre real en sus venas, pero que nunca había esperado -ni deseado- reinar y se encuentra de pronto aupada al trono; los tutores, presas de perversa ambición, que mueven los hilos como en un teatro de marionetas; el romántico matrimonio con otro adolescente que la acompañará al cadalso; las intrigas de una corte que Enrique VIII había convertido en un cuento de terror; el clímax final de la cruel historia, ella con los ojos vendados buscando a tientas el tajo...
Lady Jane descendía de reyes y era sobrina de Enrique VIII. Cuando nació, en 1537, se había puesto de moda educar a las niñas para algo más que esposas y madres: la pusieron en manos de un preceptor erudito e intolerante, Roger Ascham, que desde muy pequeña le enseñó a hablar griego, latín y hebreo y le imbuyó la fe protestante. A Jane le gustaban los libros y el estudio, a los 8 años leía a Platón, pero sus padres convirtieron su educación en un suplicio, pues le exigían que lo hiciera todo “tan perfectamente como Dios hizo el mundo”, en propias palabras de la niña, y la castigaban con crueldad al menor fallo.
Instrumento de ambiciones.
Para ella fue una liberación que a los 9 años la enviasen como menina a la casa de la reina Catalina Parr, la última esposa de Enrique VIII. Cuando este murió en enero de 1547, su viuda se volvió a casar enseguida con lord Thomas Seymour, aunque Catalina murió al año siguiente. Entonces Jane, que tenía 10 años, se quedó bajo la tutela de lord Seymour.
Los Seymour eran una familia poderosa. La hermana de Thomas, la reina Juana Seymour, fue la tercera y más amada esposa de Enrique VIII, madre de su heredero varón, Eduardo VI. Su hermano mayor Edward, duque de Somerset, se convirtió en el hombre más poderoso del reino, regente cuando subió al trono el rey-niño, Eduardo VI. Comparado con estos ascensos, Thomas solo tuvo las migajas, pero eran muy alimenticias: un título de barón, la jefatura de la flota del Canal y un puesto en el Consejo Privado (el gobierno de la época).
Thomas era ambicioso y sin escrúpulos. Utilizó su posición para enriquecerse, y no se limitó a las simples corruptelas de los políticos venales, sino que mantuvo negocios de piratería. Pero no le bastaban las riquezas, quería poder, y decidió aprovecharse de lady Jane Grey.
Su posición de tutor le daba poder sobre ella, así que decidió convertirla en reina de Inglaterra. Seymour se las ingenió también para tener gran ascendiente sobre el rey-niño, que al fin y al cabo era su sobrino, y planeó el matrimonio de Eduardo VI y lady Jane Grey. Pero Seymour era hombre acostumbrado a jugar con dos barajas, y paralelamente montó un plan para llegar él mismo al trono, casándose con la segunda hija de Enrique VIII, Isabel, la futura Reina virgen. En ese punto fue su propio hermano, el regente Edward Seymour, quien decidió pararle los pies, pues temía que el benjamín le arrebatara el poder. Le acusó de traición y lo ejecutó sin juicio.
Había muerto el mentor de lady Jane Grey, pero sus planes le sobrevivieron. Poco después el regente Edward Sey-mour siguió la suerte de su hermano: derribado del poder por otros nobles, fue acusado de traición y ejecutado. El nuevo hombre fuerte de Inglaterra era John Dudley, duque de Northumberland, dispuesto a aprovecharse de la niña como instrumento de su propia ambición.
El rey Eduardo VI, que solo tenía 15 años, cayó enfermo de tuberculosis en enero de 1533, y el nuevo regente Northumberland se apresuró a casar a lady Jane con uno de sus 12 hijos, lord Guilford Dudley. Era un matrimonio de conveniencia, solo se buscaba la sangre real de lady Jane, pero el novio, “un caballero apuesto, virtuoso y bueno”, según las crónicas de la época, tenía casi la misma edad que la novia (él 17, ella 16) y el mismo tipo de educación humanista, por lo que pronto congeniarían y se enamorarían.
Pese a ello, la vida de lady Jane volvió a ser un tormento, pues fue a vivir con sus suegros, a los que detestaba, seguramente porque se daba cuenta de cómo querían utilizarla. Al poco tiempo tuvo una crisis nerviosa y cayó en lo que seguramente era depresión.
La suerte de lady Jane no le importaba nada a su suegro, mientras siguiera viva. Desde que Eduardo VI se pusiera enfermo, había preparado un testamento en el que el rey-niño nombraba heredera a su prima lady Jane, pasando por encima del derecho legítimo de sus hermanas, las otras hijas de Enrique VIII, las princesas María e Isabel. De esa forma, el propio hijo de Northumberland, lord Gilford Dudley, se convertiría en rey.
Cuando el rey-niño estaba ya en su lecho de muerte, a finales de junio, Northumberland le hizo firmar ese testamento, que fue refrendado por el Consejo Privado y un elevado número de nobles y obispos, aunque no por el Parlamento. Eduardo VI murió el 6 de julio de 1533 y lady Jane fue proclamada reina de Inglaterra el 10 de julio. Solamente un día antes tuvo noticia de la intriga que había montado su suegro, cuando le comunicaron que era la nueva reina. No quería serlo, y solamente la insistencia de su propio padre, ansioso también por medrar a costa de la adolescente, venció sus escrúpulos.
Hacia el cadalso.
El maquiavélico plan de Northumberland había triunfado, pero fue flor de un día, enseguida empezaron a torcerse las cosas. Para empezar, lady Jane, mostrando un inesperado coraje, se negó a nombrar rey consorte a su marido. Y lo que era aún peor, la hija mayor de Enrique VIII, María Tudor, que tenía muchos partidarios, levantó un ejército en East Anglia. Northumberland tuvo que salir de Londres al frente de sus tropas para enfrentarse con las de María Tudor, pero en su ausencia el Consejo Privado, que había apoyado la candidatura de lady Jane, se volvió atrás.
A los nueve días de ser proclamada reina, lady Jane fue depuesta y el Consejo Privado le escribió a María Tudor reconociéndola como única soberana. Lady Jane, que había sido instalada por Northumberland en la Torre de Londres para tenerla bien protegida, vio cómo su fortaleza se convertía en prisión. María Tudor entró triunfante en Londres y todos los implicados en la intriga de Northumberland fueron juzgados por traición. Lady Jane fue condenada a “ser quemada viva o decapitada en la Torre de Londres según la voluntad de la reina”, pero María Tudor suspendió su ejecución y la de su marido, aunque no la de su suegro. Pero no eran tiempos favorables a la clemencia: a principios de 1554 se produjo una rebelión protestante contra María Tudor, que era católica, y se decidió que lady Jane era una amenaza dinástica y más valía eliminarla.
El 12 de febrero lady Jane y su marido fueron ejecutados por separado, él en la plaza pública, ella en privado, por deferencia a su sangre real. Lord Gilford había querido pasar la última noche con su esposa, pero lady Jane rehusó, porque pensó que sería aún más doloroso volver a estar juntos las últimas horas.
Lady Jane compareció llena de entereza ante el verdugo, con quien mantuvo una escalofriante conversación: “Le ruego que me despache rápidamente, pero no me corte la cabeza hasta que esté reclinada”. Ella misma se vendó los ojos, pero entonces se desorientó y no encontraba el tajo. “¡Dónde está!”, gritó perdiendo por un momento la calma. Un caballero la cogió gentilmente de la mano y la llevó hasta el instrumento del tormento, donde fue rápidamente decapitada, como había pedido.



