Quevedo y la conjura de Venecia
VENECIA, 14_24 DE MAYO DE 1618. Los canales se llenan de cadáveres, supuestos implicados en un golpe de Estado contra la Serenísima del duque de Osuna y su agente, Quevedo.
Era cojo y tan cegato que tenía que usar gafas, algo rarísimo entonces, pero poseía quizá la inteligencia más brillante de su tiempo, y el coraje esperable en un caballero español del Siglo de Oro. Francisco de Quevedo no se alistó en el ejército, pero sí hizo la guerra. Su cojera le impedía empuñar una pica en un tercio de infantería, como tenían a gala los hidalgos españoles, pero arriesgó su vida en la solitaria misión del espía. Aunque no estaba, como 007, al servicio de Su Majestad, sino al del virrey de Nápoles, el duque de Osuna. Si extraordinaria era la personalidad del agente secreto Quevedo, su jefe era tal para cual. Miedo del Mundo, le llamaban a don Pedro Téllez Girón, tercer duque de Osuna.
Siendo Grande de España, había empezado su carrera militar como soldado raso de infantería en las guerras de Flandes, donde ganó el Toisón de Oro, y la culminó poseyendo una escuadra propia con la que asolaba las costas turcas y berberiscas... y algunas otras, como se verá. Quevedo, un fino intelectual, entró al servicio de Miedo del Mundo como secretario en Sicilia, aunque su relación tenía un punto de camaradería, una amistad de tiempos de estudiante. Poseía un espíritu irremediablemente intrigante, y lo puso al servicio de su señor. Con sus contactos en la corte maniobró y repartió sobornos para lograr que Osuna, al que habían mandado a Sicilia en una especie de destierro, ascendiese a virrey de Nápoles. Italia era algo más que una tierra de bellezas, arte y recuerdos de la Antigüedad, la península bullía de conflictos entre los pequeños Estados, España, que poseía la mitad de Italia, y Francia, que intentaba todo para desplazarla.
El virrey de Nápoles hubo de auxiliar al gobernador español de Milán en la llamada Guerra de Monferrato, contra Saboya apoyada por Francia y Venecia, y allá fue Quevedo en labores de espionaje. En Niza estuvieron a punto de capturarle los saboyanos y escapó con suerte. Luego vinieron las misiones secretas en Venecia, donde Quevedo se arriesgó a terminar ahogado en el Gran Canal, según estilaba hacer con los enemigos de la República la seguridad veneciana, mientras ejercía de enlace con el marqués de Bedmar, embajador español. Al duque de Osuna se le ocurrió un plan que, a la vez que apoyaba los intereses de su señor el Rey de España, favorecía la ambición de victorias y riquezas propias de un Grande de España: dedicarse a correr el corso contra los intereses venecianos, es decir, robar sus barcos cargados de ricas mercancías, saquear sus prósperas ciudades.
La España de Felipe III no estaba en guerra con Venecia, ni quería estarlo. La Serenísima República era un pequeño Estado italiano, pero una gran potencia marítima y económica, con multitud de enclaves en el Adriático y el Mediterráneo Oriental. Sin embargo no convenía dejar sin represalia el apoyo que Venecia había prestado a Saboya en su guerra contra España, de modo que Felipe III le concedió a Osuna la patente de corso, aunque secreta para no perjudicar abiertamente las relaciones diplomáticas. Con su escuadra privada y tropas pagadas de su bolsillo, enarbolando su propia bandera y no la española, Miedo del Mundo aterrorizó a los venecianos como antes lo había hecho con turcos y berberiscos. No es de extrañar que él, y su famoso agente secreto Quevedo, se convirtiesen en blanco de los odios venecianos y objetivo de sus intrigas.
Maniobra de propaganda
Diez días antes de la Ascensión, fiesta mayor de Venecia en la que se celebraban las bodas del Dux con el mar, el Consejo de los Diez montó un macabro espectáculo de cuerpos ajusticiados, colgados por los pies en la piazzetta de San Marcos. Luego, a lo largo de ese día y los siguientes, fueron apareciendo muchos cadáveres en los canales.
Casi todos ellos eran de mercenarios franceses contratados por Venecia, por lo que el embajador inglés envió a Londres un informe que decía: “Toda la ciudad está en este momento bajo el horror y la confusión tras el descubrimiento de una insidiosa y temible conspiración de los franceses contra este Estado; bajo la cual no menos de treinta han sufrido terrible castigo, entre hombres estrangulados en prisión, ahogados en el silencio de la noche, o colgados a la vista pública; y todavía el fondo es invisible”. Pese a las apariencias, era absurdo que Francia, aliada de Venecia, montase una conjura contra la Serenísima. Sin embargo el embajador inglés acertaba en una cosa: “El fondo es invisible”. Ha seguido siéndolo durante cuatro siglos. Los asesinatos de Estado, que alcanzaron incluso a otros franceses embarcados en naves venecianas, fueron justificados por el Gobierno de la República acusando a España de urdir un golpe de Estado, pues todos los franceses asesinados habían sido antes mercenarios al servicio del... duque de Osuna.
Las turbas asaltaron la Embajada de España, y el marqués de Bedmar, al no recibir protección del Gobierno, hubo de marcharse a toda prisa de la ciudad lacustre. Mayor apuro tuvo para escapar nuestro agente secreto, Quevedo. Necesitó disfrazarse de mendigo, y se salvó gracias a su gran cultura, pues entre otras lenguas dominaba el dialecto véneto y logró engañar a todos. Sin embargo no consiguió salvarse de la hoguera. Un mes después de la supuesta conjura, Quevedo y el duque de Osuna fueron quemados en la plaza pública, aunque como no pudieron capturar a ninguno de los dos, los venecianos se conformaron con quemar sus retratos. Vista con el distanciamiento de la Historia, la conjura de Venecia, si no fue una invención del Gobierno veneciano, fue en todo caso una poderosa arma de propaganda contra España, a lo que contribuiría un fraile saboyano y, por tanto, enemigo de España, el abate de Saint- Rèal, quien publicó La conjura de los españoles contra la República de Venecia en 1618. Más que Historia era como una novela de Alejandro Dumas, en la que daba la versión más fantástica.
Bodas del mar
El golpe iba a perpetrarse en la ceremonia de las bodas del Dux con el mar, cuando el jefe del Estado arrojaba a las aguas un anillo de oro. Las principales autoridades salían a la laguna en el bucentauro, una fabulosa góndola de 168 remeros, en cuyo piso superior, de oro, marfil y terciopelo rojo, se sentaban 90 altos dignatarios de la Serenísima.
Los hombres de Osuna asaltarían el bucentauro, secuestrarían a sus pasajeros y, bajo la protección de la escuadra del virrey, se llevarían su presa a Nápoles. Para darle una vuelta más de tuerca, se pretendía que el propósito de Miedo del Mundo era tener un medio de presión irresistible sobre Venecia, para que la Serenísima le apoyase en sus planes. ¡Nada menos que proclamarse Rey de Nápoles independiente de España!



