Por fin rey

23 / 07 / 2013 10:59 Luis Reyes
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Londres, 19 de julio de 1821 · Jorge IV es coronado en Westminster, después de ser príncipe de Gales durante 58 años.

Nunca había presenciado Inglaterra algo tan fastuoso como la coronación de Jorge IV, en la que apareció el fenómeno del turismo, viajeros que acudían a Londres para disfrutar del ambiente y  comprar souvenirs del acontecimiento, entre ellos copias del retrato que había pintado sir Thomas Lawrence. Su costo estuvo fuera de toda medida, casi un millón de libras esterlinas. Todo ese exceso lo justificaría la historia si hubiese marcado el principio de un reinado como el de Victoria, por ejemplo, que fue larguísimo y extremadamente provechoso para Inglaterra. Sin embargo, Jorge IV era ya un hombre de edad cuando subió al trono, tras 58 años como príncipe de Gales, y su reinado sería corto, nueve años.

Afortunadamente, según opinión unánime, porque todos los historiadores coinciden en que fue el peor rey que tuvo Inglaterra. “La más condenada piedra de molino que nunca colgó del cuello de ningún gobierno”, diría de él Wellington, que fue primer ministro bajo su reinado; “Un disoluto, un petimetre borracho, un caprichoso manirroto, un irresponsable jugador, un mal hijo, un mal padre, un mal marido, un mal ciudadano, cobarde y mentiroso”, lo fulmina el Oxford Dictionary of National Biography. Cuando un primer ministro le forzaba a enfrentarse a un asunto de estado, su línea de argumentación era echarse a llorar.

Este desastre de monarca nació en 1762, el mayor de los 15 hijos del rey Jorge III, y fue el primero de una serie de príncipes de Gales de larga duración. Llegar hasta las puertas de la vejez sin un trabajo que hacer, a la espera de un puesto que solo el destino sabe cuándo quedará vacante, y a la vez teniendo a disposición grandes privilegios y bienes materiales no es buena receta para el carácter.

El reinado de Jorge III parecía interminable, permaneció 61 años en el trono, durante los cuales ocurrieron grandes conmociones políticas: la pérdida de las colonias americanas, autoproclamadas Estados Unidos, la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, por no hablar de la Revolución Industrial inglesa.

Además Jorge III tuvo que enfrentarse a sus propios trastornos mentales, provocados por una extraña enfermedad llamada porfiria. Durante años sostuvo un meritorio combate con la locura, sometiéndose a novedosas terapias psiquiátricas, logrando retrasar lo inevitable, la incapacidad para reinar, que al fin se impuso en la última década de su vida.

Escándalos y deudas.

Durante todos esos años de áspero reinado, su heredero se dedicaba a llevar una vida muelle aunque no improductiva, pues produjo una cantidad inconmensurable de deudas y escándalos. El propio príncipe de Gales se definía a sí mismo como “demasiado aficionado al vino y las mujeres”, de lo que darían testimonio varios hijos ilegítimos con diversas amantes. Una de ellas, la actriz Mary Robinson, vendió las cartas de amor de Jorge a un periódico, adelantándose dos siglos al tiempo de los escándalos de Carlos y Lady Di. Pero que alguien de la realeza tuviese bastardos no era raro ni reprobable según los criterios de la época, lo malo fue la crisis constitucional que provocó Jorge al enamorarse a los 21 años de una persona inapropiada y casarse con ella.

Según el Act of Seattlement (ley de asentamiento), por la que se había instaurado a la dinastía Hannover en el trono inglés, el matrimonio de una persona de sangre real con un cónyuge de religión católica la incapacitaba para reinar. Pues precisamente de una católica, Mary Fitzherbert, se tuvo que enamorar Jorge. Ella pertenecía a la pequeña nobleza, era seis años mayor que él y ya se había casado y enviudado dos veces. Aun sin ser católica, todas estas circunstancias la habrían hecho inapropiada para casarse con el futuro soberano. Habría sido un matrimonio morganático. Pero con la condición de papista encima, la señora Fitzherbert se convertía en una bomba política. Hay que tener en cuenta que no habían pasado ni 40 años desde la última guerra civil en Gran Bretaña, cuando la dinastía católica Estuardo intentó recuperar la corona levantando en armas a Escocia e invadiendo Inglaterra.

Pese a las filípicas de su padre, el príncipe de Gales se casó con su enamorada en 1785. La boda se hizo en secreto, exigiendo a la señora Fitzherbert que no la hiciese pública. Sin embargo, era un escándalo demasiado explosivo para ocultarlo. Los rumores llegaron al mismo Parlamento, en forma de una interpelación al Gobierno.

Para evitar la crisis institucional, el primer ministro, el liberal Fox, asumió mentir con todo descaro a los representantes de la nación, contestando que ese rumor era una calumnia. Pero esto molestó a la esposa secreta, que se quejó airadamente ante el príncipe de Gales y le amenazó con la separación. Jorge tuvo incluso que pedir que se matizara el rotundo desmentido de Fox para apaciguar a su mujer, con lo que se creó una situación de hipocresía política, en la que todo el mundo conocía la falta del príncipe de Gales pero disimulaba como si no supiese nada. Esa situación se mantendría más de 25 años, hasta que en 1811 Jorge se separó de su mujer falsamente secreta.

La frase “espléndido como un príncipe” parece inventada para el futuro Jorge IV, pues tiraba el dinero con una alegría que llegaba a la prodigalidad patológica. Aparte de todo tipo de caprichos, lujos y extravagancias, que convertían su palacio de Carlton House en una cueva de las maravillas, era un ludópata que se dejaba diariamente fortunas sobre la mesa de juego. Un caballero vivía holgadamente con unos cientos de libras al año, y él recibía una asignación oficial de 110.000 libras anuales, pero en 1787, perseguido por sus acreedores, tuvo que abandonar su residencia de Carlton House e irse a vivir a la casa de la señora Fitzherbert. El Parlamento y el rey tuvieron que acudir en su auxilio para que saliese de trampas. No sirvió de nada, en diez años formó otra pelota de deudas por la exorbitante cantidad de 600.000 libras.

Locura y regencia.

El rey puso esta vez una dura condición para ayudarle, que se casase como era debido, con una princesa de sangre real que permitiese perpetuar la dinastía. El problema es que ya estaba casado, pero sacrificando la realidad a la razón de Estado se consideró que, al no haber sido autorizada por el rey la boda de Jorge con la señora Fitzherbert, era como si no existiese. El príncipe de Gales tuvo que aceptar la novia que le buscó su padre, una prima alemana, la princesa Carolina de Brunswick, y la nueva boda se celebró en el palacio de Saint James en abril de 1795.

Carolina era corriente, pero Jorge no podía ni verla porque seguía prendado de su otra esposa. Rechinando los dientes Jorge cumplió con su obligación marital solamente tres veces en toda su vida. Por suerte, en una de esas tres Carolina concibió a la que sería llamada hija del milagro. Tras el nacimiento de una niña, Carlota Augusta, a primeros de 1796, Jorge y Carolina se separaron formalmente. Él siguió durante 15 años más con la señora Fitzherbert –a la que finalmente abandonó por un nuevo amor-, mientras que la princesa Carolina pris congée, es decir, se tomó vacaciones de un matrimonio en el que era tan despreciada, y se fue a Italia. Allí Carolina vivió su vida y se resarció de las humillaciones que le había infligido su esposo tomando como amante a su mayordomo italiano.

La locura del rey Jorge III se manifestó por primera vez en 1788. El soberano se convirtió en un vesánico peligroso que atacaba a sus criados y que había que incapacitar. El Parlamento aprobó una ley para que el príncipe de Gales asumiera la regencia. Todos pensaban que era altamente inepto para reinar, pero como heredero no se le podía dejar de lado sin que tuviera graves consecuencias institucionales, de modo que, tapándose la nariz, los parlamentarios le votaron como regente. Antes de que asumiera el cargo el rey se recuperó milagrosamente y se presentó capaz ante el Parlamento. Todos suspiraron de alivio y el príncipe pudo seguir con su vida disoluta. En 1811 Jorge III volvió a caer en la insania, esta vez de forma definitiva, y el príncipe de Gales se convirtió en regente, cargo que desempeñaría hasta la muerte de su padre.

Su propio reinado empezaría con un escándalo más serio que cualquiera de sus caprichos sexuales. Su esposa Carolina había vuelto a Inglaterra para asumir su condición de reina, pero Jorge IV no estaba dispuesto a tenerla como consorte. No le permitió asistir a la coronación, con lo que Londres pudo contemplar atónito a su nueva reina aporreando la puerta de la abadía de Westminster si que nadie le abriese, mientras el público la vitoreaba. Al día siguiente Carolina enfermó y enseguida murió.

Naturalmente, se dijo que la había envenenado Jorge IV.

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