Millonaria, judía y colaboracionista

24 / 03 / 2015 Luis Reyes
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Francia bajo la Ocupación, 1940-1944 · Gertrude Stein colabora con el régimen de Vichy, que la protege a ella y a su colección pese a ser judía.

Alice Toklas estaba maltratando a la mujer de Cézanne. No era una escena de celos lésbicos por el amor de Gertrude Stein, es que Alice intentaba arrancar el marco del retrato de la esposa del pintor. El marchante Kahnweiler, horrorizado, lo hizo con delicadeza.

Era septiembre de 1939, y Gertrude Stein y su inseparable Alice habían vuelto a París desde su veraneo en los Alpes a recoger unas cosas, en vista del panorama de guerra. Querían dinero, ropa de invierno y sus documentos más importantes, los pasaportes –que no encontraron, por cierto– y el certificado de pedigrí de su perro, Basket. Parecía como si Gertrude adivinase la larga ocupación alemana, y que los nazis, siempre preocupados por la pureza racial, asignarían cartillas de racionamiento a los animales con pedigrí. Esa preocupación principal por el perro, cuando se avecinaba la masacre de millones de hombres, da una idea de la actitud de Gertrude Stein ante la mayor tragedia de la Historia. Aunque su frivolidad de millonaria caprichosa por encima del bien y del mal, la establecería ella misma en su libro Las guerras que he visto, al decir que lo peor de la Segunda Guerra Mundial había sido “el aburrimiento”.

Para ser comprensivos con Gertrude Stein hay que ver lo que había sido su vida. Hija pequeña de una riquísima familia judía americana, mimada por padres y hermanos mayores, desde la cuna vivió en un ambiente cosmopolita, en su casa se hablaba alemán y a los 3 años la llevaron a vivir a Viena. A los 25, se fue a Europa con su brillante hermano Leo, y ya nunca regresaría a América.

En 1903 Gertrude Stein se estableció en París, en un dúplex de la rue de Fleurus, junto al Luxemburgo, es decir, en pleno París intelectual pero de lujo, donde abrió un salón célebre durante décadas. Patrona de la generación maldita –un nombre inventado por ella– allí encontraron refugio y bebidas gratis Hemingway, Scott Fitzgerald y Ezra Pound, Picasso, Matisse y Braque, Apollinaire, Max Jacob y Picabia, por citar unos cuantos.

Ella misma formaba parte de la vanguardia como escritora, creó su propio estilo, el litismo, que era llevar el cubismo a la literatura, y su verso Rose is a rose is a rose is a rose, se convirtió en una de las sentencias más citadas del siglo XX, desde Aldous Huxley a Umberto Eco, de Charles Chaplin a Margareth Thatcher. Pero su mayor notoriedad le vino como mecenas artístico, formando una de las mejores colecciones de vanguardistas. Su retrato por Picasso se convirtió en el más célebre del pintor español, quizás por la boutade de Picasso que, cuando Gertrude dijo que no se parecía, respondió: “Ya se parecerá”.

Libre para amar.

El excitante ambiente de aquel París explicaría por sí solo el exilio de por vida elegido por Gertrude Stein, pero además la joven millonaria americana encontró allí plena libertad para sus pasiones. En París Gertrude podía disfrutar de su lesbianismo sin los prejuicios que reinaban en Norteamérica. Gertrude vivió una relación conyugal con Alice Toklas, amante, secretaria, criada para todo y albacea literario, que duró hasta la muerte.

En el verano de 1939 las dos mujeres pasaban sus vacaciones como siempre en Bilignan, en los Alpes. Allí les sorprendió el estallido de la guerra, y allí decidieron quedarse. Por mucho que Kahnweiler se lo rogó, Gertrude Stein abandonó su colección en París protegida simplemente por unas alfombras. No sacó ni siquiera los pequeños picassos, que eran fáciles de transportar; le importaban más los abrigos de pieles, y solo se llevó a Bilignan dos retratos, el de la mujer de Cézanne y el suyo propio, por Picasso. Gertrude Stein no era una fetichista del arte, le había resultado demasiado fácil reunir su imponente colección para sentirse íntimamente ligada a ella. En 1943 vendería sin pena el cézanne, porque necesitaba efectivo, dada la prolongación de la guerra.

La embajada americana y los amigos le instaron a que saliese de Francia al producirse la invasión alemana en 1940. Aparte de los peligros y privaciones de la guerra, tanto Gertrude como Alice eran judías. Gertrude no hizo caso, como si la guerra no fuese con ella, como si fuese un espectáculo que podía –y quería– ver desde la barrera. “No me gusta pescar en aguas revueltas, pero me gusta ver las aguas revueltas, los peces y los pescadores”, explicaría en Las guerras que he visto. Estaba demasiado acostumbrada a hacer su santa voluntad, respaldada por su inmensa fortuna, y no se imaginaba que nadie se atreviera a molestarla.

Eso sin embargo tendría un precio, que pagó con la misma indiferencia que se gastó sus primeros 80.000 dólares en cuadros. Aunque no fue un precio de dinero, sino de dignidad. En resumen, Gertrude Stein se convirtió en colaboracionista, una extravagancia, colaboracionista judía.

El protector de Gertrude y de su colección fue su mejor amigo y enamorado intelectual, Bernard Faÿ (ver recuadro), un notorio antisemita al que no le importaba que ella fuese judía porque “lo había superado”. De hecho, Gertrude Stein pensaba que los judíos eran los promotores de la revolución comunista, y los detestaba, de la misma forma que odiaba a Roosevelt y su política social del New Deal, o alababa públicamente a Franco, provocando el enfado de Picasso, que por lo demás comía en su mano.

Admiradora de Pétain.

Gertrude Stein admiraba a Hitler, como en 1934 quedó recogido en el New York Times Magazine: “Hitler merece ganar el premio de la paz, porque está eliminando todos los elementos de confrontación y de conflicto de Alemania. Al quitar de en medio a los judíos y a los elementos de la izquierda democrática, está quitando a todo lo que conduce a esa situación”.

Como Bilignan había quedado en la Francia que gobernaba Vichy, Faÿ pidió directamente a Pétain –que le había nombrado director de la Biblioteca Nacional de Francia– protección para Gertrude Stein. Delante de Faÿ el mariscal dictó una carta a las autoridades ordenando que Gertrude no fuese molestada y que no le faltara de nada durante la guerra. Ni siquiera serían incluidas ella ni Alice en el censo judío que se realizó en 1941, prólogo de la deportación de 80.000 judíos de Francia.

En contrapartida Gertrude Stein tradujo al inglés unos escritos antisemitas del mariscal Pétain, con la intención de publicarlos en Estados Unidos. En el prólogo, Gertrude presentaba a Pétain como un nuevo Washington: “El primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el corazón de sus compatriotas”. Hay que decir que no se trataba de mero oportunismo, la ultraconservadora Gertrude Stein reverenciaba sinceramente al mariscal y cuando accedió al poder y firmó el armisticio con Alemania comentó: “Pétain ha logrado un milagro”.

El personaje de Gertrude Stein es demasiado complejo para tildarla de mera colaboracionista o de fascista. A la vez que era mimada por las autoridades, Gertrude mantenía cordiales relaciones con “los chicos” de la Resistencia. En 1943 Gertrude organizó una representación teatral infantil en Château de Béon, el castillo de su íntima amiga la baronesa May D’Aiguy. Actuaban dos hijos del jefe de la Resistencia de Grenoble, Raymond Godet, que acudió a la función y le ofreció a Gertrude la ayuda del maquis para sacarla de Francia si se encontrase en peligro. No la necesitó.

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