Mariana de Austria, sobrina, nuera, esposa

20 / 11 / 2009 0:00 Luis Reyes
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NAVALCARNERO-MADRID, 7 DE OCTUBRE DE 1649. Felipe IV se casa con la prometida de su hijo (muerto a los 17 años). La extrema consanguinidad será el fin de los Austria en España.

Isabel de Borbón, la esposa de Felipe IV durante tres décadas, muere en 1644 dejándole desolado. Pese a que los habían casado cuando él tenía 10 años, en un típico matrimonio de Estado conocido por “el intercambio de las princesas”, y a que Felipe IV había practicado frenéticamente el sexo fuera del matrimonio –se dice que tuvo 50 bastardos-, el rey amaba a Isabel de corazón. El dolor de la viudedad se acentúa dos años después cuando pierde a su heredero, el príncipe Baltasar Carlos. El “intercambio de las princesas” había pretendido que Felipe IV se casara con una Borbón, para no caer en uniones consanguíneas con princesas Habsburgo como su padre y su abuelo. El resultado de la entrada de sangre nueva en la dinastía española es Baltasar Carlos, un varón fuerte y hermoso que supera la peligrosa infancia, cuando los niños morían como moscas. Sin embargo fallece a los 17 años, seguramente por una infección venérea producida por su iniciación al sexo en un burdel de Zaragoza.

A la depresión personal de Felipe IV se suma un grave problema de Estado: no existe heredero, pues el rey está viudo y solamente sobrevive una hija del matrimonio, la infanta María Teresa. No se considera adecuada a una mujer para regir la monarquía más poderosa del mundo, el único recurso es que el rey se case de nuevo y engendre un varón. Felipe IV tiene poco más de 40 años, las puertas de la vejez en la época, aunque ya nos hemos referido a su capacidad sexual. Se precisa una esposa muy joven que prometa ser prolífica, para multiplicar las posibilidades de sucesión. Y no hay princesas más prolíficas que las de la Casa de Habsburgo, de modo que prevalece el afán de lograr una prole numerosa sobre el miedo a la consanguinidad, se prefiere la cantidad a la calidad de los vástagos... Las consecuencias serán dramáticas para la historia de España.

Malos frutos

No vale la pena molestarse en buscar candidata, ya hay una elegida: la que iba a ser su nuera, Mariana de Austria. Curiosamente, se repite la situación del siglo anterior, cuando Felipe II decidiera casarse con Isabel de Valois, la prometida de su hijo el príncipe Carlos. Al menos ahora, el primer novio está muerto y no vagará por palacio atormentado por la pérdida de tan atractiva mujer. Mariana no tiene la belleza de Isabel de Valois, aunque sí es igualmente joven. Escandalosamente joven para un hombre de 42 años, pues tiene 14 cuando se establece el compromiso matrimonial. Prudentemente, la boda se aplaza un par de años, hasta 1649, para evitar que ella muera en el primer parto por demasiado niña. Desde el punto de vista de la eugenesia, sin embargo, la unión conyugal es un disparate. La endogamia de los Austria ha comenzado tres generaciones antes, con Felipe II, que se casa por cuarta vez con Ana de Austria, doble sobrina suya, pues es hija de su hermana y de su primo hermano.

De esa unión salen unos niños debiluchos que mueren de pequeños; sólo sobrevive Felipe III, que se casa con su prima Margarita de Austria. Ahora Felipe IV reincide, casándose con una doble sobrina, pues es hija de su hermana María y de su primo el emperador Fernando III. La boda se celebra en Navalcarnero el 7 de octubre de 1649, aunque la nueva reina no entra en Madrid hasta noviembre, siendo recibida con tales fiestas que Felipe IV le escribe a su confidente, la monja de Malagón (en el mundo condesa de Paredes de Nava): “No se ha visto igual día en Madrid ni aun fuera de él”.

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Sin embargo, estos felices augurios chocarán pronto con la realidad: la debilidad del producto de tanta endogamia. Mariana cumple engendrando seis criaturas en los diez años siguientes, pero sólo superan la primera infancia una niña, Margarita, la más famosa de las infantas españolas por protagonizar las Meninas, y Carlos, un niño tan endeble que no es capaz de andar hasta los ocho años. La degeneración familiar le hará incapaz de procrear en sus dos matrimonios y le convertirá en el último de los Austria españoles. Su muerte sin heredero provocará la Guerra de Sucesión con sus terribles consecuencias: 14 años de guerra civil y europea, la pérdida de Italia, los Países Bajos y Gibraltar.

Tocas de viuda

Felipe IV muere cuando este único hijo tan problemático tiene tres años, y Mariana se convierte en viuda y regente de España con poco más de 20 años. Según la costumbre de las damas de la Casa de Austria, viste para el resto de sus días las tocas de viudedad, que hoy confundimos con el hábito de monja. Pero no se retira a un convento, sino que se dedica a reinar. Desgraciadamente no tiene dotes ni carácter para ello, y se deja dominar primero por su confesor, el padre Nithard, al que hace valido. Este jesuita austriaco, que había sido su preceptor desde niña, es hombre virtuoso, pero resulta totalmente incapaz para gobernar la inmensa monarquía hispánica. Peor aún es su siguiente favorito, Fernando Valenzuela, “el duende de palacio”, un oportunista sin escrúpulos, que de chismoso de la reina llega a gobernante, gran corrupto y, según el rumor popular, amante de Mariana. En las calles de Madrid aparecen pasquines en los que Valenzuela señala los emblemas de los cargos públicos, honores y dignidades, y dice: “Esto se vende”. La reina señala su propio corazón y dice: “Esto se da”.

Don Juan José de Austria, el bastardo favorito de Felipe IV, con grandes dotes políticas, mandará a Nithard al destierro, a Valenzuela a prisión, y a la reina a reclusión en Toledo. La temprana muerte de don Juan José en 1679 permite la vuelta de Mariana a la Corte, pero ya no tiene poder. Vive casi 20 años más, y como es muy devota y piadosa, la gente va olvidando su escándalo con Valenzuela y, caprichos del vulgo, dándole fama de santa. Muere el 16 de mayo de 1696 “cuando las tinieblas cubrían por completo la luz de la luna”, es decir, durante un eclipse lunar, lo que desata las fantasías. Cuando los médicos le cortan la ropa interior para amortajarla, ven a la muerta enrojecer de casto rubor, lo que les hace caer de rodillas, según informa al emperador de Austria su embajador, el conde Harrach, en una carta en la que también cuenta que tres años después abren su féretro: “Estaba todo el cuerpo sin descomponerse (...) el rey en persona me instó a que lo mirase y tocase todo para que pudiese dar cuenta detallada a V. M. (...) Se estudian ahora todos los milagros que sucedieron a la muerte de Su Majestad”.

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