Las causas de la neutralidad española

05 / 08 / 2014 Antonio Rodríguez
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Los beligerantes utilizaron España como territorio de espionaje, sabotaje y propaganda. De la barbarie de la contienda surgió el gesto humanitario del rey Alfonso XIII de intentar localizar a prisioneros y desaparecidos de ambos bandos.

España no quiso hacer la guerra, se declaró neutral, pero la contienda se le metió en casa. ¿Qué es lo que ocurrió para que España no entrase en ninguno de los bandos en 1914? A la frágil situación económica y a la debilidad militar, se añadió la indecisión del rey Alfonso XIII, dividido entre una madre austriaca y una esposa inglesa.

El Gobierno progresista de Eduardo Dato se apresuró el 7 de agosto a aprobar un real decreto en el que se oficializaba la neutralidad, después de tres días frenéticos en el que los dos bandos se intercambiaron declaraciones de guerra en cascada. El propio Dato escribió a Antonio Maura, jefe de las filas conservadoras, el 25 de agosto para afianzar la tesis de que la neutralidad era la única vía posible. “De la neutralidad solo nos apartaría una agresión de hecho o una conminación que se nos dirigiese en términos de ultimátum para prestar nuestro concurso activo a algunos beligerantes. Ni lo uno ni lo otro es de temer, en buena hora lo digo”. Maura le respondió al cabo de un par de días, en un momento en el que Francia parecía que iba a capitular ante la embestida de las tropas del káiser alemán. “Sea cual sea su final desenlace, deberá influir hondamente en el porvenir de España que, al presente, poco pesa en la balanza”.

Esta posición oficial no bastó para que España fuese neutral, al igual que les ocurrió a Holanda o Suiza, por poner dos ejemplos. Básicamente porque los países beligerantes, en especial Alemania, se encargaron de que no fuese así. Los submarinos alemanes encontraron refugio en las costas españolas y los temibles U-boat hundieron barcos mercantes españoles sin que estas acciones fuesen percibidas en Madrid como un casus belli. La economía, por el contrario, estuvo a disposición de los aliados, lo que llevó a España a quedar exhausta como Francia o Inglaterra al final de la guerra, aunque una parte del empresariado español lograse pingües beneficios.

Los contendientes utilizaron a España como territorio de espionaje, sabotaje y propaganda. “Una guerra invisible, sin frentes, destinada a favorecer sus intereses y a cuidar su imagen en la opinión pública para preparar las condiciones económicas de la paz”, aseguran Eduardo González Calleja y Paul Aubert, autores de Nidos de espías, un libro sobre  las relaciones entre España y Francia durante la Primera Guerra Mundial.

Con este escenario, los intelectuales tuvieron un importante papel a la hora de decantar a la opinión pública del lado de los aliados o de las potencias centrales. En 1907 se había iniciado en España una especie de Erasmus universitario cuyo viaje iniciático era Alemania, que representaba el saber y el método de la época. Numerosos pensadores españoles, como José Ortega y Gasset, estaban convencidos de que “la verdad era un producto germánico”. En cuanto a Francia, seguía siendo la referencia en materia de modernidad, sobre todo en el ámbito cultural.

Así que había división de pareceres entre los intelectuales, aunque a la mayoría de ellos les pudo la aliadofilia. Hubo incluso algunos catalanes, como Eugenio d’Ors, que fueron más allá y se adhirieron al pacifismo paneuropeo que veía el enfrentamiento franco-alemán como una guerra civil. Por su parte, dos insignes premios Nobel como José de Echegaray y Santiago Ramón y Cajal se declararon neutrales.

La citada neutralidad fue una mezcla de indiferencia y alivio para el común de los españoles, pero la mayoría de la intelectualidad española no vio los beneficios de tal decisión. Manuel Azaña subrayaba en 1917 en el Ateneo de Madrid que no había sido una “neutralidad libre (…), sino forzosa, impuesta por nuestra propia indefensión”.

En el fondo subyacía la pregunta de si a España le interesaba entrar en un  conflicto en el que se pudiera redimir del desastre del 98 y el fin de su imperio de ultramar. El propio Ortega y Gasset hacía una distinción entre la España oficial, que había decretado la neutralidad, y la España vital, que veía una lucha entre la Europa democrática y la de corte autocrático. “Si España no manifiesta de alguna manera su energía vital, ¿cómo podrá entrar por su pie en el tiempo nuevo?”, se preguntaba.

Una excepción en la política.

En los medios políticos, la declaración de neutralidad fue bien acogida. La derecha era germanófila y la izquierda, aliadófila. La excepción más notoria fue la del conde de Romanones, quien redactó un artículo llamado Neutralidades que matan, en el que uno de los representantes del liberalismo se ponía del lado de los aliados. Fue la única voz disonante dentro del régimen de la Restauración que imperaba en aquella época. Hasta el reformista Melquíades Álvarez se alineó con la política gubernamental de Dato en los debates parlamentarios que hubo en agosto de 1914 y febrero de 1917, aunque siempre insistió en la conveniencia de aliarse con Francia e Inglaterra y en advertir de que el aislamiento de España en tales circunstancias solo podía traer graves consecuencias.

Ortega y Gasset no quería que España fuese a la guerra del lado de los aliados, pero le dolía la soledad diplomática de España. Cuando Italia entró en la guerra del lado de la Triple Alianza en mayo de 1915 con fines territoriales, algo que muchos en España deseaban emular tras el fiasco de 1898, el reconocido filósofo volvió a alzar la voz.

“Y hoy cuando llega la hora, ya inminente, de entrar Italia en la guerra absoluta, en la guerra definitiva, vamos a sentir con evidencia aterradora que somos una nación descaminada. Y cuando la base entera del Mediterráneo haya entrado en la liza [algo que sucedió con Portugal en 1917 al ponerse también del lado de los aliados], ¿qué sentiremos los españoles?, ¿cómo interpretaremos la emoción de la soledad que ha de sobrecogernos? La cómoda, grata, dulce neutralidad ¿seguirá pareciéndonos la mejor de las políticas?”, inquiría Ortega y Gasset a mediados de 1915.

La neutralidad española también se sustentó por la precaria situación económica del país. La deuda exterior alcanzaba unos 4.500 millones de pesetas de la época, de los que más de un millar correspondían a deuda pública. El sistema político imperante fue igualmente un freno para que España se decantase por alguno de los bandos. En el fondo, se trataba de una semiautocracia regia con un barniz democrático fruto de la Restauración canovista. Alfonso XIII tenía más limitaciones constitucionales que el káiser Guillermo, pero el régimen parlamentario no se acercaba ni de lejos a lo que tenían Francia o el Reino Unido.

La Oficina Pro-Cautivos.

La barbarie de la Gran Guerra provocó, sin embargo, uno de los gestos humanitarios más importantes en los que se ha involucrado España. Por iniciativa de Alfonso XIII, en 1915 se creó en el Palacio Real un servicio que gestionase y coordinase la búsqueda de prisioneros  de guerra de uno u otro bando. Así nació la Oficina Pro-Cautivos, que hasta 1921 produjo más de medio millón de documentos.

Esta oficina atendió propuestas y peticiones sobre más de 250.000 prisioneros y desaparecidos (de entre las cuales, más de 5.000 correspondieron a repatriaciones de heridos graves), realizó 2.609 informes sobre campos de prisioneros de la época y 25.000 sobre familias en territorios ocupados por la guerra. Además,  se gestionó medio centenar de peticiones de indulto de pena capital (la mayoría acabó en éxito) y se consiguió repatriar a unas 91.000 personas (principalmente tras el cese del conflicto). Por desgracia, más del 70% de los expedientes se tuvieron que cerrar con la expresión “No hallado” ya que muchos soldados habían acabado en el anonimato de una fosa común.

Grupo Zeta Nexica