La Yihad permanente

20 / 01 / 2015 Luis Reyes
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Protectorado británico de Somalia, 1899. Convocada por el Mulá Loco estalla la Yihad que duraría hasta 1920. Fue la última hasta la intervención soviética en Afganistán en 1980.

El viajero se negaba a pagar las tasas aduaneras. Venía de hacer el hach a La Meca, la peregrinación ritual que prescribe el Corán y que da a quien la cumple la condición de hachi, una especie de santidad. Tras navegar por el Mar Rojo desembarcó en Berbera, principal puerto de Somaliland, el Protectorado de la Somalia Británica, pero no quería pagar en la aduana. El oficial inglés no entendía nada. ¿Cómo podía pretender nadie eludir las tasas? Mandó detenerlo, pero el intérprete le detuvo: “Señor, es un mulá loco”.

Así, con este apodo de circunstancias, el Mulá Loco (mulá es predicador), que él adoptó como nombre de guerra, pasaría a la Historia Mohamed Abdulá Hassan, el hombre que hasta 1920 capitaneó la última Yihad antes de la aparición de Bin Laden en Afganistán en los 80.

La anécdota puede estar elaborada a posteriori, pues entre los flemáticos ingleses había una tendencia a llamar “mulá loco” a este tipo de fanáticos capaces de desafiar a la primera potencia del mundo desde una miserable aldea. De hecho, en 1897, un año antes de que comenzase la rebeldía del Mulá Loco de Somalia, otro congénere había convocado a la Yihad en el valle del río Swat, en la recóndita frontera del noroeste de la India.

Saidulah Khan, un faquir milagrero, puso en llamas el país de los pastunes, el grupo étnico del que en nuestros días surgieron los talibanes, a los que un experto en la guerra colonial de la época como era el general sir Andrew Skeen, con la tópica ponderación británica, calificaba de “probablemente los mejores combatientes individuales de Asia”. Saidulah Khan se hacía llamar Mulá Mastum, un término de la mística sufí que viene del persa “mast”, y que significa Embriagado de Dios. Esa expresión fue simplificada por los ingleses como el otro Mulá Loco.

El caso es que este loco sabía manejar a las masas –“aquí todo hombre es guerrero, un político y un teólogo”, decía Churchill, que recibió su bautismo de fuego en la frontera del Noroeste- y su Yihad fue mucho más intensa que la del somalí, aunque muy corta. Los británicos habían plantado mojones para fijar la frontera indo-afgana, fruto del Acuerdo Durand, que partía en dos el país de los pastunes, como sigue actualmente, y enrabietó a toda esa etnia. Mulá Mastum esperó el momento apropiado, una chispa para encender la Yihad, que serían ciertas noticias del mundo exterior.

Una fue la invasión inglesa del Sudán para aplastar al régimen islamista del Mahdi. Se trataba de un ataque directo de los infieles contra el islam. La otra, una insignificante guerra entre Grecia y Turquía en la que esta perdió Creta, pero Mulá Mastum la tergiversó. Era una gran victoria de los otomanos, que aliados con Alemania, Francia y Rusia habían aplastado a Inglaterra y conquistado el Canal de Suez. No llegarían por tanto refuerzos de Inglaterra.

El Paso de Malakand.

Mulá Mastum levantó en armas quizá a 100.000 guerreros, el doble de la capacidad de movilización del pueblo pastún, lo que hace pensar que vinieron otros creyentes a unirse a su Yihad. Atacó ferozmente la guarnición inglesa del Paso de Malakand, la puerta más septentrional de la India, por donde llegara Alejandro Magno. El estratégico punto estaba guardado por una brigada, 2.000 hombres, una fuerza considerable, y resistió hasta recibir refuerzos. Los británicos tuvieron unos cientos de bajas, los pastunes, millares, y cuando su sed de sangre quedó calmada, se retiraron a sus montañas y terminó la Yihad.

Pero esta, como la del Mulá Loco de Somalia, son solamente dos muestras de esas guerras santas islámicas que conmovieron el norte de África, Oriente Medio y Asia Central durante el siglo XIX y principios del XX, para volver a finales del mismo, a partir de la intervención rusa en Afganistán de 1980… y hasta ahora.

La más importante fue sin duda la del Mahdi en Sudán, a la que nos hemos referido como la que provocó a su vez la del Mulá Mastum, y fue modelo de la del Mulá Loco somalí. El Mahdi levantó el Sudán, entonces una provincia egipcia, contra el Gobierno modernizante del Jedive Ismael, soberano de Egipto, que había encomendado terminar con la trata de negros practicada por los sudaneses al general Gordon, soldado de fortuna inglés de fuertes convicciones cristianas (ver Historias de la Historia, “Sudán, un genocidio que dura siglos”, en el número 1.155 de Tiempo). No podemos tratar aquí este importante conflicto que duró desde 1881 hasta 1899, cuando una potente expedición británico-egipcia acabó con los restos del Estado derviche del Mahdi.

Pero volvamos a nuestra pequeña Yihad en Somalia. Allí nació en 1856 Mohamed Abdulá Hassan, hijo del jeque de un pequeño clan ganadero. Era el mayor de 30 hermanos y, como correspondía a su tradición familiar, recibió educación tanto marcial como religiosa; a los 11 años dominaba el caballo y sabía el Corán de memoria. Si la belicosidad era común entre los somalíes –recuérdese lo que les pasó a los paracaidistas estadounidenses en Mogadiscio– el celo religioso de Hassan era extraordinario. Se dice que estudió con 72 maestros de Somalia y Arabia, y en La Meca ingresó en un secta carismática llamada la Salihiya, hacía poco fundada por el gran místico sudanés Mohamed Salih.

Durante años su preocupación fue la reforma religiosa de Somalia en un sentido fundamentalista, condenando costumbres tan arraigadas como la danza o el consumo de qat, la imprescindible droga local. De vez en cuando sostenía hostilidades con los cristianos etíopes, tradicionales rivales de los somalíes, aunque no había conflictos con los ingleses; su presencia en el Protectorado era muy superficial, solo les interesaba Berbera como mercado de carne para alimentar a Adén, la estratégica base naval en la ruta de la India. Pero un día pasó junto al orfanato de una misión, vio un grupo de niños y les preguntó de qué clan eran. “Somos del clan de los misioneros”, respondieron. Esto le provocó una especie de visión: “Los cristianos han destruido nuestra religión y hecho de nuestros hijos sus hijos”.

Una cuestión de honor.

Sin embargo la chispa que encendió la guerra entre el Mulá Loco y los ingleses fue una cuestión personal, un asunto de honor. En 1899 unos soldados británicos le vendieron un fusil, y para justificar su pérdida dijeron que lo había robado. El vicecónsul británico le escribió una carta poco respetuosa, acusándolo de ladrón y exigiendo la devolución del arma. Y el Mulá Loco declaró la guerra santa contra los británicos, la Yihad, y fundó un “Estado derviche” al estilo del que había creado el Mahdi en Sudán.

Al principio los ingleses reaccionaron débilmente, pues todas sus tropas disponibles estaban en Sudáfrica, en la Guerra de los Boers. Entre 1901 y 1904 lanzaron cuatro campañas contra el Mulá Loco, y solo en la última pudieron reunir una fuerza numerosa que, apoyada por  etíopes e italianos, destruyó en varias batallas al Ejército derviche, causándole miles de muertos. Sin embargo resultaba imposible capturar al Mulá Loco, que dominaba la guerra de guerrillas, e incluso envió espías a Aden para que le informaran sobre una nueva arma inglesa, los aviones. Durante más de 15 años siguieron las hostilidades, con más o menos intensidad y resultados varios.

Por fin, en 1920, los ingleses lograron deshacer el Estado derviche en una ofensiva apoyada, precisamente, por la aviación. Pero el Mulá Loco, una vez más, se libró y escapó con los restos de su ejército de Somaliland. Desde el vecino Ogaden comenzó a reconstruir sus fuerzas para volver a la Yihad, cuando una fiebre gripal terminó con su vida, siendo ese el final de la insurgencia, aunque los ingleses nunca pretendieron controlar el interior de Somaliland. La gripe venció a la Yihad.

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