La última coronación

13 / 02 / 2012 12:34 Luis Reyes
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Londres, 6 de febrero de 1952 · Tras la muerte de Jorge VI, sube al trono su hija Isabel II, cuya coronación sería el último fasto del Imperio británico.

El rey había acudido a despedir a su hija al aeropuerto el 31 de enero, en contra del consejo de todos. A los 56 años, Jorge VI tenía destrozada la salud, y recientemente le habían detectado un cáncer de pulmón provocado por su manera de fumar compulsiva, con la que intentaba superar la angustia que le producía reinar. Por estas razones la princesa Isabel le había sustituido en un viaje de Estado a Australia y Nueva Zelanda.

Isabel no llegó a su destino. Antes de una semana, cuando hacía etapa en la colonia británica de Kenia, le dijeron que volviera urgentemente. Aquella mañana, 6 de febrero, habían encontrado muerto en su cama a Jorge VI. Así comenzó el reinado de Isabel II, el segundo más largo de la historia de Gran Bretaña tras el de la reina Victoria, aunque todo indica que superará los 64 años que reinó Victoria.

Isabel llegaba al trono de un inmenso imperio, el mayor del mundo, como indican las circunstancias de ese viaje a las antípodas. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial era un imperio malherido y sin posibilidad de curación.

La guerra había sido feroz para Gran Bretaña. Sus ciudades e industrias habían quedado llenas de ruinas, su población duramente castigada, pero sobre todo perdió su estatus de primera potencia mundial, desplazada por Estados Unidos. La posguerra fue muy amarga, en vez de sacar cabeza, la economía británica cayó en un pozo en 1947, y la población volvió a pasar las penurias de la etapa bélica, hambre, frío y racionamiento. Cuando Isabel se casó a finales de ese año, necesitó que muchas novias británicas sacrificaran sus vestidos y le regalasen sus cupones de racionamiento para poder adquirir la seda de un vestido con el glamour necesario para una princesa. Hubo no pocas críticas a ese despilfarro real, aunque la boda fue auténticamente austera.

Pero poco a poco, con la ayuda americana, la situación fue arreglándose en los primeros años 50, coincidiendo con el inicio del nuevo reinado. En 1953 terminó por fin el racionamiento y la monarquía pudo plantearse lo que serían los últimos fastos imperiales: la coronación de Isabel II.

El acto debía servir para manifestar al mundo que el Reino Unido era todavía un imperio, que su monarquía era la de mayor abolengo y que Inglaterra era un país moderno y desarrollado. Para mostrar lo primero se trajeron tropas de todos los rincones del imperio, hasta de las islas Fidji, que desfilarían en un mosaico de razas y uniformes extravagantes, y se invitó a formar parte del cortejo real a la legión de príncipes y soberanos de pequeños Estados que reconocían al monarca británico como su emperador.

Ceremonial medieval.

El ceremonial se remontaba a la Edad Media. Se sacó de su capilla la silla de San Eduardo, un trono de madera donde han sido coronados todos los reyes ingleses desde el siglo XIII, que tenía bajo el asiento la Piedra del Destino, un símbolo aún más antiguo –la leyenda pretende que perteneció a Jacob, el patriarca bíblico- sobre el que se coronaba a los reyes escoceses. Y toda la nobleza británica desempolvó los mantos de armiño con los que tenían que acudir al fasto y sacó brillo a las coronas de duque, marqués o conde que debían colocarse en la cabeza justo después de que la reina fuese coronada.

Pero en contraste con esas rancias tradiciones, la BBC planteó televisar por primera vez, y en directo, todo lo que sucediera en la abadía de Westminster. Los puristas, encabezados por el primer ministro, Winston Churchill, pusieron el grito en el cielo, les parecía casi un sacrilegio sacar a la calle, al escrutinio de las masas -20 millones lo verían en el Reino Unido, un récord en la época- un acto sacramental que hasta entonces solo habían podido contemplar la nobleza, la Iglesia y los poderes del Estado. Además, ¿qué pasaría si algo salía mal?

Fue la propia Isabel II quien tomó la decisión de televisar su coronación. Para evitar tropiezos ante las cámaras, todos los participantes de la ceremonia, incluida la reina, se sometieron a ensayos, algo que hoy parece normal pero que entonces resultaba insólito. También por primera vez la reina, que iba a estar horas bajo los focos, recurrió a una maquilladora profesional, a la que se exigió que mantuviese los detalles del make-up como un secreto de Estado.

Retretes de terciopelo.

Los problemas logísticos eran enormes, la abadía de Westminster tiene capacidad para 2.000 personas, pero tenían que entrar 8.000. La BBC debía cubrir bien la ceremonia sin estorbar. La cámara principal, que haría las tomas de la reina de frente, se colocó en alto, en el coro, donde apenas había sitio para la orquesta. Peter Dimmock, el realizador, buscó un cámara enano, de 1,50 de altura, que cupiese en un cubículo bajo el suelo, horadado para sacar por allí la cámara. Encima, tenía que llevar frac, para no desentonar con los músicos si se le veía.

Dada la cantidad de asistentes se exigió a sus señorías que llegasen a las 6 de la mañana, aunque la ceremonia empezaba a las 11. Eso obligó a otra novedad, la instalación de cabinas sanitarias en el patio de la abadía. Un periodista recuerda que cuando fue al servicio, no ponía “caballeros” ni “hombres”, sino “Lores”, y la tabla del váter estaba forrada de terciopelo azul. Uno de los inconvenientes de la democratización era que el pueblo supiese cómo hacían sus necesidades los nobles...

Si la nobleza madrugó, el pueblo no durmió. Miles de personas se fueron a pasar la noche en las aceras para coger sitio. Se había fijado la fecha del 1 de junio porque es el mes de mejor tiempo en Gran Bretaña, pero los elementos no estaban dispuestos a colaborar: la temperatura cayó a 4 grados, el junio más frío que se recordaba, y además llovería y granizaría persistentemente durante todo el día. Pero hacía poco que los londinenses habían aguantado sin arrugarse los bombardeos de la Luftwaffe, de forma que no se iban a dejar asustar por los elementos. En todo caso no tuvieron mucho tiempo para descansar, a las 4 de la mañana pasó la policía haciendo que la gente se pusiera en pie, porque había que hacer sitio a la inmensa masa que empezaba a llegar.

El pueblo británico estaba dispuesto a disfrutar de un momento de esplendor como en el pasado. Quería olvidar los dolores de la guerra y las penurias de la posguerra, y se le ofreció un magnífico espejismo de la antigua grandeza. Las carrozas, los caballos, los lacayos con libreas que pesaban 40 kilos por el oro de sus bordados, los rajás de la India cargados de joyas exóticas, los soldados blancos, negros, amarillos y cobrizos llevaban al tiempo de la reina Victoria. El vestido de Isabel II ya no había tenido que ajustarse a la cartilla de racionamiento, estaba cubierto por 10.000 perlas y sobre la reina refulgían algunos de los diamantes más grandes del mundo.

Y este espectáculo no quedaría reservado para los londinenses, la televisión lo llevaría a todo el país, y en cada población los vecindarios se unieron como cuando se esperaba la invasión alemana, para apelotonarse en casa de quien tenía televisor y celebrar luego lo que llamaron “banquetes de coronación”.

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