La segunda boda de Alfonso XII
MADRID, 29 DE NOVIEMBRE DE 1879. Alfonso XII se casa con María Cristina, una princesa poco atractiva, pero que desempeñó un gran papel histórico al quedarse viuda.
Lástima que, gustándome más la madre, tenga que casarme con la hija”. La infanta doña Eulalia, hermana de Alfonso XII, contaba que el rey le había escrito esa confidencia desde Francia, cuando fue a conocer a la que iba a ser su esposa, María Cristina de Habsburgo, a la que encontró menos atractiva que su futura suegra.
Pero la razón de Estado era la única que regía las bodas reales hasta hace poquísimo tiempo. La primera obligación dinástica de un rey era asegurar la descendencia apropiada, es decir, dentro de la estirpe regia. El segundo motivo de un matrimonio real era establecer pactos entre distintas coronas, asegurarse aliadas o limar diferencias con las enemigas.
Alfonso XII, sin embargo, parecía que iba a escapar a esta dura ley porque era un príncipe elegido por la fortuna. Su madre, Isabel II, había sido destronada en 1868, y Alfonso la había acompañado al exilio. Eso podía haber sido el fin para la dinastía borbónica en España y haber convertido al joven príncipe en un patético pretendiente, pero fue su suerte porque seis años después, cuando él sólo tenía 17, el pronunciamiento militar del general Martínez Campos le puso la corona en bandeja. De no haber sido expulsada del trono Isabel II, Alfonso no habría llegado nunca a reinar, pues la madre vivió mucho más que el hijo.
La segunda carambola afortunada de Alfonso XII es que en esa edad juvenil tuvo un flechazo romántico, y la muchacha de sus amores resultó apropiada para la boda, pues María de las Mercedes de Orléans era hija del duque de Mont-pensier, hijo del rey de Francia, y de la infanta Luisa Fernanda, hermana de Isabel II.
En enero de 1878 se celebró la primera boda –excepcionalmente boda de amor y no de conveniencia- de Alfonso XII; el novio tenía 20 años y María Mercedes 17, y parecían tener por delante un feliz destino, pero la buena suerte de Alfonso se había gastado ya. Apenas cinco meses después del casamiento, Mercedes murió de tifus, dejando a Alfonso destrozado, al pueblo cantándole romances y al trono sin sucesión.
No había tiempo para lamentaciones. En aquella época la salud era frágil y había que aprovechar toda la juventud de los reyes para que se reprodujeran. Y como dos veces seguidas nadie hace pleno en la ruleta, el segundo matrimonio de Alfonso XII iba a ser todo lo contrario que el primero, sin una pizca de romanticismo, con una mujer a la que no solamente no amaba, sino a la que encontraba fea.
Una archiduquesa.
La elegida por la razón de Estado fue María Cristina de Habsburgo-Lorena, una archiduquesa de Austria, es decir, una princesa de la sangre imperial de los Habsburgo o Austria. Era un pedigrí
inobjetable en cuanto a realeza, y además las princesas de la Casa de Austria –que había reinado también en España hasta la muerte de Carlos IV en 1700- tenían fama de prolíficas. En cambio no se puede decir que fuesen guapos los Austrias, hombres o mujeres. Tenían la marca genética de un prognatismo pronunciado que les deformaba la cara, belfo de caballo (labio inferior saliente) y el cabello pelirrojo.
Había otra razón para la elección: María Cristina era abadesa de las Damas Canonesas de Praga (véase recuadro), una virgen virtuosa y recatada, aunque pobre. Cánovas del Castillo, el estadista que había logrado la restauración de la monarquía borbónica, sabía cómo habían perjudicado a la institución los escándalos sexuales de las reinas españolas del siglo XIX. María Luisa de Parma, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias o la propia Isabel II habían contribuido a traer la revolución con ellos.
Nada así sería posible con la abadesa de las Damas Canonesas, su virtud era proverbial. El pueblo español, tan amigo de las maledicencias, no pondría jamás en duda la honorabilidad de la nueva reina, aunque en cambio le iba a sacar un mote que tenía bastante de despectivo: doña Virtudes.
El propio Alfonso XII experimentó una sensación despectiva cuando conoció a su prometida en Arcachon. El duque de Sexto, su acompañante y procurador de aventuras sexuales, intentó dorarle la píldora cuando la vieron, pero el rey le cortó con ese gracejo castizo, virtud o vicio de los Borbones: “No te esfuerces, Pepe, a mí tampoco me parece muy guapa. La que está bomba es mi suegra”. Luego le escribió a su hermana Eulalia lo reseñado al principio.
Alfonso XII fue a la boda, celebrada en Madrid con todos los fastos de la vieja corte española, con el mismo espíritu de servicio con que había ido a la guerra contra los carlistas cuatro años antes. Nueve meses después, María Cristina daría a luz su primer hijo, una niña que durante mucho tiempo sería princesa de Asturias.
Alfonso era un monarca responsable que sabía las obligaciones que conllevaba aquel trono, al que había subido por carambola. Y se beneficiaba del hecho de que las mismas cosas que en una reina se consideraban un grave error político, en un rey no tenían importancia. Es decir, que Alfonso XII había consolado su viudedad, y consolaría su nuevo matrimonio sin atractivo, con otra cónyuge no declarada, la cantante Elena Sanz, con la que tendría tres hijos, y con muchísimas aventuras pasajeras.
Las infidelidades del rey hicieron aún más adusta y encerrada en sus prácticas de beata a María Cristina. Cuando enviudó y se convirtió en reina regente, mientras crecía el hijo póstumo Alfonso XIII, convirtió palacio casi en un convento; frente a los fastos cortesanos del pasado, ella se encerraba a coser y rezar el rosario rodeada de sus damas de honor, que parecían escogidas no sólo por su nobilísima cuna, sino por su poco atractivo físico.
Una de las pocas funciones de corte que le agradaban a María Cristina era presidir la procesión del Jueves Santo, cuando se sacaba el Santísimo Sacramento de la capilla real para desfilar por los alrededores de palacio. La reina iba acompañada de las infantas y de todas sus damas de honor y en cierta ocasión se oyó una voz que no pudo reprimir el comentario: “¡Qué feas son las damas de la reina!”. La condesa de Puñoenrostro, que sería fea pero no le faltaba salero, se volvió al gracioso y le contestó: “¡Y bien que lo sentimos!”, pero a partir de ese año María Cristina suspendió la procesión.
Doña Virtudes.
Se hicieron muchos chistes sobre doña Virtudes, pero lo cierto es que observó una prudencia absoluta sobre el trono de reina regente y trajo a la monarquía española el gran invento de la inglesa: no meterse en política, dejar que fuesen los partidos quienes gobernaran. Al quedarse viuda, conscientes de lo inestable de la situación, los jefes de los dos grandes partidos, el conservador Cánovas y el liberal Sagasta firmaron el pacto del Pardo y establecieron un turno en el poder. Sus 17 años de regencia se convirtieron así en el periodo más tranquilo internamente del terrible siglo XIX español.
Se dice que la regente siguió a rajatabla el último consejo de su esposo que, en el lecho de muerte, no pudo aguantarse las ganas de escandalizar sus castos oídos y le dijo: “Cristina, guarda el coño y ya sabes: de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”.



