La nueva vida del Señor de las Batallas
Huis Doorn, Holanda, 5 de noviembre de 1922 · El exkáiser Guillermo II se casa en el exilio con Herminia von Reuss.
Había sido el soberano más poderoso del mundo, gobernaba una monarquía autoritaria y mandaba el ejército más formidable. Había sido el Supremo Señor de las Batallas y, como dios de la guerra, resultó el mayor –aunque no el único- responsable del suicidio que cometió Europa en 1914, la Gran Guerra.
Pagó por ello. A Guillermo II se le escapó de control la situación, el ejército pasó de obedecerle a manejarlo, y durante la guerra se implantó prácticamente una dictadura militar. “El Estado Mayor no me cuenta nada y nunca pide mi opinión. Si el pueblo alemán piensa que soy el comandante supremo, está muy equivocado”, le confesaría a su último canciller (primer ministro), el príncipe Max von Baden. Pero había sido él quien diera la orden de invadir Bélgica en 1914, dando comienzo a la I Guerra Mundial, y cuando el ejército, tras su última, potentísima e inútil ofensiva en 1918, se vino abajo, el trono cayó a la misma velocidad que la moral de los combatientes, que se amotinaban, formaban soviets de soldados o proclamaban la revolución en la base naval de Kiel.
La derrota de Alemania parecía que iba a tener los mismos efectos que en Rusia: caída de la monarquía, toma del poder por los comunistas y fusilamiento de la familia imperial. Pero de algo servía la experiencia ajena, Guillermo II no se dejaría pillar por los revolucionarios como el Zar. Cuando el mariscal Hindenburg le señaló que tenía que hacer mutis, cruzó a toda prisa la frontera de Holanda, que le dio asilo por su parentesco con la reina Guillermina. Eso sucedió el 10 de noviembre de 1918, un día antes del armisticio que detuvo la mayor masacre hasta entonces conocida por la Historia.
Su primera residencia en el exilio fue el castillo de Amerongen, donde Guillermo firmaría la abdicación, aunque esa formalidad no le impidió especular siempre con su vuelta al trono. Como esto iba para largo, en 1919 compró Huis Doorn, donde se instaló de forma estable. Los aliados pretendían juzgar al káiser por crímenes de guerra, y el Gobierno holandés se encontró con un huésped incómodo. Para minimizar perjuicios le pusieron condiciones al asilo: no podía hacer política ni declaraciones públicas, y si quería salir de un radio de 25 kilómetros de su casa necesitaba permiso. La soberbia de exemperador le impedía someterse a estas formalidades, de modo que prácticamente renunció a salir de Huis Doorn, convertida en reclusión de lujo (véase recuadro) donde el exkáiser se aburría. Para hacer ejercicio y matar el tiempo talaba árboles hasta reducirlos a astillas, y acabó con las vastas arboledas que rodeaban la mansión. Fue tan salvaje su actividad que le bautizaron el Leñador de Doorn.
El infortunio le persiguió en su retiro. En 1920 se suicidó su hijo menor, y luego murió su esposa, Victoria Augusta. Guillermo II hizo una de sus pocas salidas, acompañando el féretro hasta la frontera de Alemania, donde él no podía entrar. Después se encontró muy solo, teniendo como más íntima compañía a sus perros pachones. Poca gente se acordaba de él,y cuando recibió un regalo de cumpleaños de un joven príncipe alemán se sintió tan agradecido que le invitó a Huis Doorn.
El chico se presentó con su madre, la princesa Herminia von Reuss zu Greiz, que también había enviudado poco antes. No era una gran belleza, aunque tenía un rostro dulce y buen carácter. Y solo 34 años, casi 30 menos que el káiser, que vio en ella el apoyo de su vejez y le pidió matrimonio. Este segundo enlace no interfería los utópicos planes de recuperación del trono de Guillermo, no era morganático porque Herminia era hija del príncipe soberano de Reuss. La boda se celebró enseguida y sería una unión feliz hasta la muerte de Guillermo, en 1941. Después la mala suerte se ensañaría con Herminia, que perdió un hijo en la guerra y terminó prisionera de los soviéticos.
En 1925 el exilado concibió esperanzas, cuando el viejo mariscal Hindenburg, monárquico hasta los tuétanos, se convirtió en presidente de la República de Weimar, pero Hindenburg no hizo nada para restaurar la monarquía. Esta decepción llevó a Guillermo a poner sus ilusiones de restauración en una nueva fuerza de extrema derecha, el Partido Nacionalsocialista de Adolf Hitler. En los años siguientes, tan dramáticos para Alemania y luego para el mundo, Guillermo mantuvo una relación ambigua con los nazis, una especie de noviazgo frustrado con etapas amorosas y otras de riña. Varios miembros de la familia imperial se habían apuntado al nazismo, y su esposa Herminia sería su decidida partidaria dentro de casa. Fue ella quien invitó varias veces a Göring, el número dos del nazismo, a visitar Huis Doorn
Relación con Hitler.
Sin embargo, al llegar Hitler al poder no mostró ningún interés en restaurar el viejo Reich (Imperio alemán), sino que empezó a construir el suyo, el Tercer Reich. Irritado, el ex emperador criticó a los nazis tras la Noche de los cuchillos largos de 1934, cuando Hitler asesinó a sus posibles rivales en el Partido Nacionalsocialista y en la derecha (véase La Noche de los cuchillos largos, en “Historias de la Historia”, Tiempo 1.609), y volvió a hacerlo tras la Noche de los cristales, cuando fueron asaltados todos los negocios judíos de Alemania en 1938.
Estas nubes desaparecieron al comenzar la guerra, pues los aplastantes triunfos alemanes iniciales eran como una revancha personal para Guillermo. Tras la invasión de Polonia el principal ayudante del káiser, el general Von Doome, le escribió a Hitler señalándole que Guillermo no podía hacer declaraciones públicas y felicitarlo, pero que un hijo y ocho nietos del exemperador estaban en el frente.
Al año siguiente Hitler invadió la neutral e indefensa Holanda, y el Gobierno inglés le ofreció a Guillermo que siguiera los pasos de la reina Guillermina y la familia real holandesa y se asilase en Londres, pero el káiser declinó la hospitalidad británica. También rechazó la oferta de Hitler de instalarse en donde quisiera en Alemania, pues estaba decidido a no volver si no era como emperador, ni siquiera muerto. Hitler le asignó entonces una escolta militar, como un residuo de los viejos tiempos de soberano.
La desaparición del Gobierno holandés puso fin a su obligación de guardar silencio. Tras la entrada triunfal de la Wermacht en París –lo que más le hubiera gustado hacer a él en 1914- envió un telegrama personal a Hitler: “Felicidades, ha vencido usted usando mis tropas”. Luego, en una carta a su hermana, celebró el dominio nazi sobre media Europa: “La mano de Dios está creando un nuevo mundo y obrando milagros […]. Nos estamos convirtiendo en los Estados Unidos de Europa bajo un liderazgo alemán, un Continente Europeo unido”. También hizo declaraciones antisemitas.
Al final tuvo la suerte de morirse a tiempo, cuando la victoria germana parecía incontestable, unos días antes de que comenzara la invasión de Rusia, que sería la tumba del ejército alemán. Su última voluntad fue que lo enterrasen en Huis Doorn junto a sus perros; su determinación de no volver a Alemania si no se restauraba la monarquía iba más allá de la muerte. También pidió que no hubiera cruces gamadas en sus exequias.



