La gran apuesta diplomática del franquismo

28 / 08 / 2009 0:00 Luis Reyes
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GIBRALTAR, 9 DE JUNIO DE 1969. El Gobierno español cierra herméticamente la frontera gibraltareña, en un pulso por la soberanía del Peñón.

La diplomacia de Franco iba a dar su mayor batalla desde los días de la Segunda Guerra Mundial, cuando tuvo que bailar entre la no beligerancia y el envío de la División Azul a Rusia para contentar a ambas partes hasta ver cuál ganaba. Ahora, a finales de los 60, la batalla iba a ser menos agónica, porque el régimen no se jugaba la supervivencia, pero más excitante, porque esperaba un triunfo histórico: ¡Recuperar la unidad de España, como los Reyes Católicos! El objetivo era Gibraltar, “la espina clavada en el corazón de España” desde hacía tres siglos, la colonia y base militar que Inglaterra había obtenido con malas artes durante la Guerra de Sucesión española (véase el nº 1.162 de Tiempo) y que luego había ido ampliando con trampas de trilero.

Durante el siglo XVIII, España había intentado recobrar por todos los medios el Peñón con tres asedios, pero el turbulento siglo XIX español, lleno de conflictos internos desde la invasión napoleónica, había impedido nuevos intentos de recuperar Gibraltar. Con resignación se aceptó el statu quo, que los ingleses fueron cambiando sinuosamente a su favor, extendiéndose cada vez más por el istmo que une el Peñón con la Línea de la Concepción. A principios del siglo XX, con la excusa de una epidemia, los británicos levantaron lo que luego sería la famosa Verja, una barrera fronteriza con puertas de hierro forjado que cerraban por la noche o a su antojo. Londres delimitó así una posesión de facto sobre un territorio español que no estaba, en absoluto, incluido en el Tratado de Utrecht, base jurídica internacional de la presencia inglesa en el Peñón.

En los años 50 Gibraltar era un aliviadero económico para la deprimida España, con 13.000 obreros españoles trabajando en sus astilleros y servicios. Eran gente del Campo de Gibraltar, sobre todo de la Línea, que entraban en la colonia por la mañana y se iban tras la jornada laboral. Los llanitos (habitantes de Gibraltar) y los ingleses pasaban a hacer sus compras a la Línea, mucho más barata, y gozaban de “lo mejor de dos mundos”, como ellos decían.

La provocación

Pero en 1953 la reina de Inglaterra cometió el error diplomático de visitar Gibraltar en una gira por las posesiones de Su Majestad. Era meter el dedo en el ojo que hacía la vista gorda hasta ese momento. El Gobierno español tuvo que reaccionar, no porque fuese un régimen totalitario y nacionalista, sino por política de Estado. Ya en plena democracia, cuando el príncipe Carlos se casó con Lady Di, los Reyes de España -pese a sus excelentes y familiares relaciones con la dinastía inglesano asistirían a la boda porque en su viaje de novios iban a pasar por Gibraltar.

Comenzó así una escalada de restricciones en la Verja. Se suprimieron los pases de visita, luego se restringieron a trabajadores sindicados; hacia 1964 se los retiraron a las Marías, 2.400 mujeres de la Línea que entraban a diario a servir o a hacer estraperlo, y ese verano, de un golpe, se anuló el pase de 4.800 obreros. Pero eso era solamente una parte de la estrategia elaborada por el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella. Castiella, un franquista procedente de la militancia católica, ocupó la cartera de Exteriores durante trece años, en los que intentó librar a España de la condición de apestada internacional. Era misión imposible con un régimen fascistoide, con un Franco compañero de viaje de Hitler y Mussolini, pero Castiella hizo lo posible por lavarle la cara al régimen, impulsar medidas liberalizadoras, hacerle la corte a países árabes e iberoamericanos... Incluso solicitó el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea.

Castiella sabía que una de las rémoras de las que debía librarse para que los nuevos países simpatizaran con España era de los sueños imperiales. Impulsó la independencia de Guinea, la retrocesión de Ifni a Marruecos e incluso la independencia del Sáhara, aunque esto último no pasó de proyecto. Y ya embarcado en planteamientos anticolonialistas, le pareció oportuno –y justo- utilizarlos para recuperar Gibraltar.

El plan Castiella.

El plan del ministro de Exteriores tenía cuatro patas. Al bloqueo económico que ya había comenzado parcialmente se le sumarían todas las dificultades posibles dentro del Derecho Internacional para obstaculizar el funcionamiento de la base militar británica, con restricciones estrictas de espacio aéreo y marítimo. Un tercer punto, de orden político-social, consistía en un plan de desarrollo económico para el Campo de Gibraltar, que paliase los efectos del bloqueo y a la vez ofreciese una buena imagen de la España que quería reincorporar a Gibraltar.

Pero el punto decisivo sería la internacionalización del conflicto, planteán- dolo ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas. El caso era claro, Gibraltar era una “colonia” según la definición oficial británica, y la Asamblea General de la ONU dictó las resoluciones 2.231 y 2.353, instando a Londres y Madrid a iniciar conversaciones para poner fin a la “situación colonial” de Gibraltar. Pero el Foreign Office jugaba con la ventaja del descrédito internacional de Franco. En 1967 organizó un referéndum entre la pequeña población de Gibraltar, que lógicamente prefirió seguir vinculada al Reino Unido que integrarse en la España franquista, y dos años después Inglaterra le otorgó una Constitución que cambiaba el estatuto de colonia por el de Territorio Británico de Ultramar, con amplia autonomía en asuntos internos.

Era una contravención flagrante del Tratado de Utrecht, único título de legitimidad de la presencia británica, pero la maquinaria propagandista anglosajona lo presentó como un triunfo de la democracia ante la amenaza fascista.

La reacción española fue airada: llevar el primer punto del plan Castiella, la presión económica, a sus últimas consecuencias, cerrando totalmente la frontera en junio de 1969. Un acto de fuerza que en realidad era un acto de debilidad. Si el bloqueo económico de Cuba por EEUU no dio resultado en medio siglo, ¿cómo iba a doblegar España a Gran Bretaña con una medida así? Al Foreign Office se lo pusieron fácil, inmediatamente comenzó una campaña comparando el cierre de la Verja con el Muro de Berlín. ¡Como si hubieran sido los españoles los que levantaron la Ver

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