La extinción de la Casa de Tudor
INGLATERRA, 1509-1603 • Pese a los esfuerzos de Enrique VIII, incluyendo un cisma y seis matrimonios, su dinastía tenía los días contados.
Para los reyes antiguos asegurar la estirpe mediante un hijo varón era tan importante como la vida, como el alma. Algunos esperaban estimular el favor divino mediante intensas plegarias, votos solemnes, grandes donaciones a la Iglesia. Enrique VIII de Inglaterra, decidió ir más allá, forzar el destino. No le serviría de nada, su dinastía, los Tudor, sólo perviviría otra generación estéril.
El monarca inglés que se separó de Roma y creó su propia Iglesia de Inglaterra (en realidad muy parecida a la católica), un héroe nacional para los ingleses, un Barba Azul asesino de esposas para los demás, mezcló pasiones privadas con los intereses de Estado. Tras casi 20 años de matrimonio con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, el único fruto era una niña, la futura reina María Tudor.
Enrique tenía amantes, eso era normal y admitido; en una época en que todas las bodas reales eran matrimonios de Estado, se suponía que el regio marido –aunque no su esposa- tenía derecho a complacer sus pasiones sexuales si no le satisfacía la cónyuge que le había tocado. Que ardiera de libido por la jovencísima Ana Bolena no era grave, puesto que ella estaba dispuesta a contentar su placer, pero lo malo es que le entró la obsesión de que su amante le iba a dar un hijo varón.
Necesitaba anular su matrimonio con Catalina y casarse con Ana, para que el hijo que le diese fuese un heredero legítimo, un Príncipe de Gales. Todo su conflicto con Roma fue ése, la negativa del Papa a anular el matrimonio, no había un problema religioso que empujara a Enrique VIII hacia la Reforma protestante, al contrario, él era muy católico. Se proclamó –mejor dicho, lo proclamó la Cámara de los Lores- “jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra”, nombró un primado a su hechura, y cuando en la primavera de 1533 Ana quedó embarazada, la nueva Iglesia declaró nulo el matrimonio con Catalina y Enrique VIII se pudo casar con su amante y amada.
Fracaso.
¡Qué burla de la Historia cuando Ana dio a luz una niña! El conflicto interno e internacional de la separación de Roma, la excomunión que había recaído sobre Enrique, no habían valido la pena por tener otra hija, la futura Isabel I, que fue enviada a vivir al campo, para que su presencia no le recordara al rey su fracaso.
Un fracaso persistente, puesto que los repetidos embarazos de Ana Bolena terminaban en abortos. Con el carácter caprichoso, despótico y cruel de Enrique, aquellas frustraciones fueron mal encajadas. De la misma forma que antes se obsesionó con la idea de que Ana le daría un varón, Enrique empezó a sentir que aquel matrimonio estaba maldecido por Dios. El amor que había sentido por Ana se convirtió en resentimiento, y el resentimiento real era fatal. Ana fue acusada de adulterio, incesto y alta traición, y decapitada en la Torre de Londres.
Había comenzado la etapa de Barba Azul, pero el segundo matrimonio fue así resuelto de forma expeditiva y rápida, y Enrique VIII estaba dispuesto para una nueva boda. No fue muy lejos para encontrar novia, al casarse con Ana Bolena ya había roto el tabú según el cual los reyes han de hacerlo con princesas de sangre real, de modo que eligió a su amante del momento, una simple dama de sus anteriores esposas.
Juana Seymour le dio al fin lo que tanto anhelaba, al año de casados cumplió con su papel y tuvo un hijo varón, el futuro Eduardo VI. Parecía que la maldición de Dios se había levantado para que hubiese un Príncipe de Gales, pero enseguida se restableció: la madre murió de posparto, dejando a Enrique VIII sumido en la depresión; él diría siempre que Juana había sido su única auténtica esposa. Y la maldición seguiría funcionando sobre el niño, como veremos.
El cuarto matrimonio de Enrique VIII careció del dramatismo de los tres anteriores, mejor dicho, no tuvo ningún interés para él. Se trató de una boda de Estado por intereses políticos, como la inmensa mayoría de los enlaces regios. El partido protestante presionó para que se casara con una princesa alemana, Ana de Cleves, hija del duque de Cleves, que era uno de los jefes de la Liga Luterana. Como era costumbre le habían mandado un retrato de ella en la que no estaba mal –lo había hecho Holbein, nada menos- pero cuando la novia llegó a Inglaterra resultó ser mucho más fea, con la cara picada de viruelas.
A Enrique le gustó tan poco su cuarta esposa que no fue capaz de consumar el matrimonio en la noche de bodas, pese a su fama de semental. El casamiento duró sólo siete meses y tres días, y fue fácilmente anulado, aunque tras la separación Enrique y Ana de Cleves se hicieron buenos amigos, y la corte se refería a ella como “la querida hermana del Rey”. Esta vez Enrique rompía con la conducta de Barba Azul, aunque volvería a ella inmediatamente.
Para quitarse el mar sabor de boca de la esposa fea, nada mejor que una muy atractiva. Enrique eligió a Catalina Howard, una dama de la reina casi adolescente. Era nieta del duque de Norfolk, la más alta nobleza inglesa que se mantendría católica, pero pobre como una rata y había vivido con una abuela en un ambiente poco aristocrático antes de entrar en la corte. Se dice que tuvo su primera relación sexual a los 12 años, y desde luego era una amante experimentada cuando se metió en la cama del Rey.
Vuelve Barba Azul.
Enrique tenía 50 años, casi el triple que ella, y una cintura de 137 centímetros, de forma que la nueva reina, acostumbrada a los hombres jóvenes y seductores, buscó compensación al martirio en el tálamo real con un amante. El matrimonio duró poco más de un año y terminó como el de Ana Bolena, con Catalina decapitada en la Torre de Londres. La leyenda dice que Catalina, mujer muy preocupada por su atractivo, pasó la noche ensayando la forma más elegante de poner el cuello sobre el tajo.
Pero Barba Azul estaba ya viejo y en su pareja siguiente buscó la tranquilidad que no le había dado Catalina Howard. La elegida fue otra Catalina, de apellido Parr, una noble con sangre de reyes en su árbol genealógico, inteligente, intelectual incluso (escribió una obra teológica), muy rica y que ya había estado dos veces casada con aristócratas. Tenía incluso una relación con otro, que suspendería ante la petición real de relaciones, aunque tras la muerte de Enrique volvería a casarse por cuarta vez con su anterior novio.
Jugó un papel tranquilizador y compasivo en los últimos años de Enrique VIII, logrando que el rey se reconciliara con sus exiliadas hijas, las que tuvo con Catalina de Aragón y Ana Bolena, y que volviera a incluirlas en la línea de sucesión, lo que aseguraría la pervivencia de la dinastía Tudor durante medio siglo más.
El único problema que dio es que era infinitamente más protestante que Enrique y discutía de religión con él. Parr pertenecía a la confesión presbiteriana, forma británica de calvinismo considerada tan enemiga como el catolicismo por la Iglesia de Inglaterra. Cuando las fuerzas vivas del anglicanismo intervinieron, ella recogió velas e, inteligentemente, dijo que sólo había hablado de religión con Enrique para distraerlo del dolor que le causaban las enfermedades.



