La cólera islámica

10 / 10 / 2012 17:24 Luis Reyes
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Malakand, Noroeste de la India, verano de 1897 · Un mulá fanático hace creer a las tribus que los ingleses han perdido el canal de Suez y provoca la guerra santa.

No hay nada nuevo bajo las estrellas, la historia nos muestra precedentes de cualquier acontecimiento. La cólera con que sectores del mundo islámico reaccionan ante las presuntas ofensas de Occidente no es cosa de ahora. Cambian las formas, antes era el boca a boca o la prédica de un mulá lo que encendía la mecha, ahora es la Red. Y cambia la repercusión, hoy se extiende a la velocidad de un e-mail de Indonesia a Marruecos, antes se concentraba en un punto, aunque podía ser un lugar tan apartado del mundo, teóricamente aislado e ignorante de lo que pasaba fuera, como un recóndito valle de la frontera del noroeste de la India.

Un conflicto en el Mediterráneo provocó en 1897 la explosión del valle del Swat en 1897, distrito de la famosa frontera que ningún poder externo ha conseguido dominar, ni los ingleses en el apogeo de su imperio, ni el actual Gobierno de Paquistán, al que teóricamente pertenece. Ahora los norteamericanos, que no quieren arriesgar a su ejército en una zona maldita para cualquier invasor, emplean a destajo en la frontera del noroeste (Áreas Tribales, dice el mapa de Paquistán) sus drones, aviones sin piloto, para atacar la retaguardia talibán.

El río Swat tiene una vieja historia, ya es citado en el Rigveda, un libro religioso indio escrito en sánscrito hace 3.500 años. Alejandro Magno siguió su curso para conquistar la India, porque el Swat se escurre hacia el Sur por el paso de Malakand, una de las puertas del subcontinente indio. El río nace en las sobrecogedoras alturas del Hindukush, y esta toponimia nos da una clave histórica. Hindukush quiere decir “asesino de hindúes”, nada bueno para la India puede venir de allí. Los ingleses, conscientes de ello, mantenían en el paso de Malakand una guarnición. Una más del cinturón sanitario a lo largo de la frontera del Noroeste con el que protegían de las feroces tribus norteñas a la joya de la corona, la India.

Siempre en pie de guerra.

Los conflictos en la frontera del Noroeste estallaban endémicamente. Sus pobladores eran de raza pastún, tribus marciales natas, “los mejores soldados individuales del mundo”, decían los generales ingleses, y de vez en cuando sentían necesidad de medirse con el formidable ejército colonial británico, compuesto por soldados indígenas de castas igualmente guerreras bajo mando de oficiales ingleses pletóricos de ánimo y autoconfianza. Una tribu atacaba un destacamento militar para robar las armas, o simplemente para hacer tiro al blanco, por shikar (“deporte”, en su lengua). Los ingleses respondían con una operación de castigo: quemaban cosechas, destruían casas, mataban el ganado y a unos cuantos guerreros fronterizos, y luego se negociaba una multa y una paz. Hasta la próxima.

Otro factor añadía peligro a las tribus de la frontera, su fanatismo religioso. Seguían un islam fundamentalista que les hacía considerar enemigos a todos los no musulmanes, fuesen cristianos, hindúes o sijs –los castraban y decapitaban si caían prisioneros- y sacrílego todo intento del Imperio británico de introducir cualquier símbolo de modernidad en sus tierras. Aunque solo fueran unos mojones fronterizos.

En 1893, Inglaterra y el emir de Afganistán negociaron la frontera entre Afganistán y la India, la Línea Durand, todavía vigente. La Línea Durand partía en dos la amplia región de etnia pastún y en realidad es una frontera inexistente: ni Kabul manda al norte de ella ni Islamabad al sur. Pero el Imperio británico comenzó a marcarla con mojones de piedra.

Dicen las crónicas que las tribus se sintieron tan amenazadas en su modo de vida islámico que los predicadores recordaban el precedente de Bagdad, la capital del califato, cuando llegaron los mongoles en 1258 (ver recuadro).

El símil era absurdo, los mongoles terminaron con el último gran califato árabe en medio de una matanza, incluido el cruel asesinato del descendiente de Mahoma. No tenía sentido comparar con ello la colocación de unas marcas en las tierras de los pastunes, pero la demagogia no conoce los límites de la sensatez, y un predicador fanático y hábil en el manejo de masas desencadenó una guerra santa con este pretexto.

Saidullah Khan, conocido por Said Akbar o mulá Mastum, era un faquir, un asceta mendicante de reconocida santidad. Su nombre en pastún quería decir “embriagado de Dios”, en alusión a su fe exaltada y capacidad de obrar milagros, aunque estas cualidades también le valieron que los ingleses le apodasen el mulá loco. Su imaginación era realmente capaz de inventar locas ideas, pero las locuras encontraban terreno abonado en la frontera del Noroeste.

El mulá Mastum era uno de los que veían la colocación de mojones ingleses como el fin del mundo, y en 1897 encontró los elementos externos para provocar una rebelión entre los pastunes: un ataque al islam y una victoria musulmana, la buena mezcla de indignación y enardecimiento para convocar a una yihad. El ataque era la invasión angloegipcia de Sudán, que derrocaría al régimen islámico allí impuesto. La victoria, la de Turquía frente a Grecia en la disputa por Creta.

Fabulación geopolítica.

En realidad la victoria turca fue más que pírrica. El ejército otomano derrotó al griego en el campo de batalla, pero las potencias occidentales obligaron al sultán a retirarse de Creta, que terminaría finalmente integrándose en Grecia. Pero esas sutilezas no iban a aguar los planes del mulá Mastum, al contrario, lo que hizo fue deformar y ampliar la victoria turca hasta alcanzar el absurdo. Decía que Turquía se había apoderado del canal de Suez y se había aliado con Rusia, Alemania y Francia para hacer la guerra a Inglaterra.

Los pastunes no sabían mucho de geografía fuera de sus riscos, pero entendieron perfectamente el mensaje. Los ingleses no podrían recibir refuerzos porque habían perdido el canal de Suez, y además el Imperio Británico estaba en las últimas. Era el mejor momento para la yihad. El lugar sería Malakand.

Nada hacía prever la tormenta que estaba a punto de estallar en el tranquilo valle de Swat, en calma desde hacía dos años. El 26 de julio unos oficiales de la guarnición se fueron confiadamente a jugar al polo a un pueblo a 15 kilómetros. Los ingleses habían descubierto el polo en la India y les entusiasmaba, un encuentro con un equipo local era una tentación irresistible. Fue una deportiva competición de ingleses y pastunes, que se lo pasaron bien, pero tras el partido corrió el rumor de que el mulá Mastum había proclamado la yihad y avanzaba sobre Malakand al frente de miles de guerreros. Los oficiales ya se habían ido, pero sus criados, que recogían los trastos del polo, tuvieron que salir huyendo para no ser linchados.

Las noticias llegaron a Malakand, donde había acantonada una brigada de tropas indias, unos 2.000 hombres. El coronel al mando dispuso que al día siguiente saliera en campaña parte del contingente, pero no hubo ocasión de ello. Durante la cena, con muchos oficiales todavía vestidos de polo, comenzó el ataque. De la oscuridad de la noche y de todas direcciones surgían miles de hombres armados con espadas, que con valor suicida buscaban el cuerpo a cuerpo frente al disciplinado fuego de los soldados, con la convicción de disfrutar del paraíso si caían muertos en la yihad. Estuvieron a punto de arrollar a la brigada y su mayor éxito fue apoderarse del polvorín y llevarse la reserva de municiones.

La infernal velada se repitió las noches siguientes, pero los ingleses fueron recibiendo refuerzos y resistieron cada vez con menos problemas. El mulá Mastum resultó herido y sus seguidores se retiraron hacia las colinas. Mientras el mando británico preparaba la consabida expedición de castigo, se recontaron las bajas. Había cuatro oficiales ingleses muertos y 10 heridos, y la tropa había sufrido 150 bajas entre unos y otros. Las pérdidas del enemigo no se podían evaluar porque se llevaban a sus caídos, pero al final de la campaña, en la que participaron quizá 100.000 guerreros, sus bajas se contaban por millares. Así terminó la explosión de cólera islámica del mulá Mastum.

Grupo Zeta Nexica