La Cleopatra del Vaticano

28 / 09 / 2007 0:00 Luis Reyes
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A lo largo de la Historia, mujeres listas y enérgicas han necesitado seducir a hombres poderosos para poder gobernar. Cleopatra tuvo que ser amante de César y de Marco Antonio para reinar en Egipto. Ha tenido buenas alumnas.

Una mujer joven y bella, ambiciosa pero pobre, tenía un camino seguro en el siglo XVII: casarse con un hombre de edad avanzada y buena posición.

Olimpia Maidalchini lo haría dos veces, aunque en principio iba para monja. Su familia, sin recursos económicos, la había destinado al convento en contra de su voluntad. Pero desde adolescente, Olimpia supo cómo aprovecharse de la atracción que provocaba en los hombres: acusó al confesor del convento de hacerle proposiciones indecentes.

Contemplando a la muchacha, el pecado del confesor era comprensible... aunque era mentira. Hubo un proceso y el cura salió absuelto, pero eso no importaba, el escándalo organizado impidió que Olimpia entrara de novicia. En vez de eso, se casó con un hombre rico y viejo de su pueblo, Viterbo, que tuvo la discreción de morirse enseguida.

Con su determinación, Olimpia había logrado cambiar el panorama de su vida. Ahora era una viuda joven y rica. El próximo paso sería conseguir un apellido ilustre. Desde su nueva posición socioeconómica podía echar las redes en Roma.

Apellido

Pronto cayó un pez; viejo, naturalmente. Pamphilio Pamphilj era 30 años mayor que Olimpia, y el único mérito suyo del que tenemos noticia era ese sonoro nombre. Pertenecía a una noble familia de Umbría instalada en Roma y, sobre todo, tenía un hermano cardenal, determinado y astuto. Pamphilio tuvo también la deferencia de morirse pronto, aunque le dejó a su mujer un hijo, una relación familiar y una situación social.

Ahora ya era Donna Olimpia, y con este título oficial, y el extraoficial de papisa, pasaría a la Historia. Si hubiera sido posible, seguro que Donna Olimpia se habría casado con su cuñado Giambattista Pamphilj, porque éste, como al parecer todos los hombres, estaba dispuesto a rendírsele. Pero ella no le permitió colgar los hábitos para casarse. Y es que Giambattista llevaba una prometedora carrera en la Curia. Había sido nuncio –embajador– en Nápoles y luego en Madrid, lo que le había permitido trabar buenas relaciones españolas.

Por entonces reinaba en Roma un Papa profrancés, Urbano VIII Barberini, y Felipe IV estaba deseando poner en la silla de San Pedro a uno proespañol. Tras la muerte de Urbano VIII en 1644, en el cónclave para elegir sucesor, los candidatos de España y Francia estaban empatados a votos y, como suelen resolverse esos empates en el Vaticano, se eligió a un cardenal anciano para que durase poco y no hiciera cambios.

Así, Giambattista Pamphilj, a los 72 años, se convirtió en Inocencio X. La mayoría ignoraba dos cosas: la primera, que Pamphilj era el tapado del rey de España. La segunda, que este Papa no venía sólo, que con él iba a gobernar el patrimonio de San Pedro una papisa, Donna Olimpia.

Una de las primeras medidas de Inocencio X fue nombrar cardenal nepote al hijo de Donna Olimpia, su sobrino Camillo Pamphilj. A nadie le extrañó. Nombrar a un joven sobrino (nepote, en italiano) cardenal nepote, persona de confianza para el Gobierno de la Iglesia, casi un primer ministro, era algo que habían hecho todos los papas anteriores.

Tampoco se escandalizó nadie porque el Papa tuviera una amante. Era algo tan normal y asumido que desde hacía siglos los sumos pontífices reconocían a sus hijos bastardos y les daban altos cargos en la Iglesia.

Lo que conmovió a Roma es que esa mujer que venía con el anciano Papa se pusiera a gobernar de inmediato, y con puño de hierro, los asuntos de la Iglesia. Hasta ese momento existía una palabra para designar el tipo de régimen político que regía el Vaticano, “nepotismo”, puesto que el gobierno estaba en manos de los nepotes. Pero a mitad del siglo XVII los tratadistas inventaron un nuevo término: cuñadismo.

Corrupción

Donna Olimpia demostró pronto una insaciable voracidad de riquezas. Cualquiera que quisiera algo de la Iglesia tenía que pagarle un cohecho. Y no tenía ningún escrúpulo en sus extorsiones. Estableció incluso un sistema de protección para las numerosas y afamadas prostitutas romanas, que le debían cotizar religiosamente, valga la palabra puesto que estamos en Roma. Donna Olimpia se convirtió de hecho en la mayor proxeneta de la Historia.

Mientras tanto, Inocencio X, que mostraba una gran energía en la política exterior enfrentándose valientemente con Francia como se esperaba de un Papa proespañol, toleraba la escandalosa situación interna, y como haciendo sarcasmo bendecía la creación del Instituto de Viudas en Duelo, dedicado a propagar la devoción de la Purísima. Todo el poder de Francia, que ya era la primera potencia del mundo, no le amedrentaba, pero era incapaz de reprender a su papisa, que por cierto se dirigía a él sin guardar las formas, llamándole “Gianbattista”.

Llenar las arcas

El punto culminante de la corrupción de la papisa fue el Año Santo de 1650. Se esperaba una extraordinaria afluencia de cristianos de toda Europa y Donna Olimpia creó un organismo de asistencia a los peregrinos que llenó sus arcas con las limosnas y los gastos de los visitantes.

La verdad es que toda Roma se lucraba con estas peregrinaciones masivas, especialmente las prostitutas –acudían muchos refuerzos de fuera– y con ellas su protectora. Donna Olimpia vendía entre otras cosas permisos para que las prostitutas acudieran a las grandes solemnidades en carroza, cosa estrictamente prohibida por la ley.

Como es de suponer, la extraña pareja que ocupaba el trono de San Pedro dio lugar a muchas habladurías. El pueblo romano, de siempre sarcástico, acostumbraba a colocar papeles con críticas ingeniosas en una estatua antigua llamada Pasquino –de ahí viene la palabra pasquín–. Con Donna Olimpia, el Pasquino estuvo muy solicitado.

Olim pia, nunc impia decía un panfleto de los cultos, pues estaba en latín. La traducción del juego de palabras significaba: “En otro tiempo piadosa, ahora impía”. Jugando con lo de pía, el ingenio popular desarrolló un apodo para Donna Olimpia: Pimpaccia.

Otro pasquino más vulgar aprovechaba un proverbio machista: “Doña es daño, Olimpia Maidalchini es Doña, daño y ruina”. Porque la verdad es que la gente le tenía auténtico miedo a doña Olimpia, y ese temor se mantuvo hasta más allá de su muerte.

Fantasma

Entre las supersticiones romanas que han llegado a nuestros días, está la de que el fantasma de doña Olimpia sale aullante de noche a las calles de Roma, que recorre montada en una carroza de fuego, para atravesar el puente Sisto hacia un palacio del Trastevere... Y hasta el siglo XX existió una calle, desaparecida en una reforma, llamada Tiradiaboli. Se decía que ahí es donde siempre esperaba el diablo la carroza de fuego de Donna Olimpia para precipitarla al infierno...

Cuando murió Marco Antonio, Cleopatra se suicidó. Pero cuando murió Inocencio X en 1655, lo que hizo Donna Olimpia fue arramblar con todos los objetos de valor de la habitación pontificia y salir corriendo de Roma. El cadáver del Papa quedó abandonado durante 24 horas y los ratones empezaron a roerlo. Tuvieron que ser los criados quienes le proporcionaran un modesto entierro.

Cuando Donna Olimpia murió años después, dejó una herencia de dos millones de escudos de oro, una fortuna inconcebible para la época.

“Troppo vero”

Velázquez, en su segunda visita a Roma, hizo el que se considera mejor retrato de la historia del arte, el de Inocencio X. Cuando el Papa se contempló, dijo: “Troppo vero”, demasiado auténtico. La pintura desnudaba su alma sin tapujos.

Velázquez también pintó su “pendant”, como se denomina a la pareja en los retratos matrimoniales. El retrato de Donna Olimpia se perdió, una lástima, pues seguro que sería tan turbador y revelador como el del Papa, cuya mirada escalofriante sigue al espectador a donde vaya.

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