Hitler a la cárcel

15 / 04 / 2011 0:00 Luis Reyes
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MÚNICH, 1 DE ABRIL DE 1924 • Adolf Hitler es condenado a cinco años de prisión por alta traición, tras el fracasado putsch de Múnich.

A Mussolini le había salido bien la marcha sobre Roma, las fuerzas vivas le habían puesto el poder en las manos. Hitler tenía al Duce por maestro, de modo que proyectó su propia marcha, primero sobre Múnich, donde la derecha tenía mucha fuerza, y luego sobre Berlín.

Al anochecer del 8 de noviembre de 1923, una coalición ultranacionalista, encabezada el general Ludendorff, el genio del Estado Mayor alemán durante la Gran Guerra, y el propio Hitler, desde hacía poco jefe del pequeño Partido Nacional-socialista, puso en marcha el golpe de la cervecería. Había una reunión política del partido en el poder en Baviera, el Partido Popular (precursor de la democracia cristiana) en la cervecería Bürgerbräukeller, y Hitler se presentó con 600 SA armados que bloquearon las salidas.

El Führer enarboló su pistola, pegó un tiro al aire, saltó sobre una silla y proclamó a gritos: “¡La revolución nacional ha comenzado!”. A continuación declaró constituido allí mismo un “gobierno provisional”.

La suerte de los golpistas es que en la cervecería estaban el gobernador de Múnich, Gustav von Kahr, y las principales autoridades, que fueron hechos prisioneros. Durante la noche y la madrugada varios cuarteles y comisarías de policía fueron ocupados por los alzados, incluido el Ministerio de Defensa bávaro, tomado por el jefe de las SA (al que luego Hitler asesinaría), el capitán Röhm.

Pero hubo un error. El general Ludendorff, que era un caballero a la antigua, puso en libertad “bajo palabra” al gobernador y sus hombres de confianza. Eso suponía que no podían hacer la guerra contra quien los liberaba, pero en vez de ello Von Kahr movilizó a la policía y le dio enérgicas órdenes.

Al día siguiente, cuando Hitler y Ludendorff encabezaban una manifestación que se dirigía a unirse con Röhm en el Ministerio de Defensa, al llegar a la plaza del Odeón la policía disparó sobre ellos. Catorce nazis murieron y muchos fueron heridos, incluidos Hitler y Goering. En la plaza del Odeón se acabaron los sueños de Hitler de tomar el poder con una Marcha sobre Berlín.

El proceso.

Los golpistas escaparon como ratas. Goering y Rudolf Hess consiguieron llegar a Austria, Hitler se escondió en casa de su amigo Putzi Hanfstaengl. Durante dos días que pasó en el ático estuvo dando vueltas a la idea de suicidarse, pero le falló el impulso. ¿Cómo habría cambiado la historia mundial si hubiese tenido el valor de apretar el gatillo? Al tercero, la policía le descubrió y fue detenido.

Hitler, junto a otros cabecillas del pustch de Múnich, fue procesado por alta traición, pero la firmeza que había mostrado Von Kahr para disolver el golpe se convirtió en blandura del aparato judicial del Estado. Hitler fue condenado solamente a cinco años de prisión, y resultó el peor parado. Ludendorff fue absuelto, Röhm, declarado culpable, fue sin embargo puesto en libertad.

Lo que siguió fue una auténtica vergüenza para el Estado de Derecho, un indicio de que la democracia de la República de Weimar no podría resistir ante la ofensiva de los antidemócratas. Hitler solo cumpliría nueve meses de los cinco años de cárcel, nueve meses que resultaron ser una especie de beca estatal para que pudiera escribir Mein Kampf.

En la prisión de Landsberg el Führer gozaba el trato de un huésped distinguido, podía recibir a quien quisiera –el general Ludendorff era uno de los habituales- sin que sus visitas fueran sometidas a ningún control; el día de su 35 cumpleaños, por ejemplo, tuvo una fiesta con 40 invitados, según revelan unos documentos recientemente aparecidos y subastados el año pasado por 27.000 euros. Entre ellos hay un informe del director de la prisión en la que evalúa a su detenido en términos encomiásticos: Hitler es “sensible, modesto y agradable con todos, especialmente con los funcionarios que le tienen a su cargo”.

Otros documentos que dan idea del carácter de cárcel dorada que gozó Hitler son copias de sus cartas, en las que, por ejemplo, se dirige a un concesionario de automóviles de Múnich diciéndole que quiere comprarse uno, y planteando las dudas entre el último modelo de Benz 11/40 o el anterior Benz 16/50, que le parece menos potente pero más fiable. Ésas eran las preocupaciones de Adolf Hitler durante su cautiverio.

Pero no conviene frivolizar, el periodo de reflexión que le permitió la cárcel tuvo trascendentales consecuencias políticas. Una fue que Hitler abandonó los proyectos insurreccionales. El fracaso del putsch de Múnich y la intuición de las simpatías que despertaban sus planteamientos ultranacionalistas le hizo plantearse otro proyecto. Transformaría al Partido Nacionalsocialista de grupúsculo armado a partido de masas, se daría tiempo para ir creciendo poco a poco, aprovechándose de las facilidades que un régimen democrático como la República de Weimar daba a los que quisieran hacer trampas con el sistema. Solo era cuestión de paciencia, tenía tanta fe en sí mismo que pensaba que un día el sistema electoral le permitiría llegar al Gobierno, y cuando lo hiciese rompería todas las reglas del juego y se haría con el poder absoluto, como efectivamente sucedió.

Otra consecuencia política de la estancia en Landsberg es que le permitió redactar el Evangelio nazi, su gran obra intelectual, Mein Kampf, Mi Lucha. Para hacerle la cárcel más agradable se dio incluso la circunstancia de que Rudolf Hess, que en principio había escapado, fue detenido y enviado a Landsberg; de esta manera Hitler tuvo a un secretario a quien poder dictar su libro.

Casi podríamos decir que le vino mal que le liberasen tras solo nueve meses de encarcelamiento, porque no había terminado el primer volumen de su obra, y se tuvo que retirar a terminarla a Berchstesgarden, un lugar que le agradaba mucho, pero donde tenía que mantenerse por su cuenta, en vez de por cuenta del Estado.

Cuando a finales de 1924 supo que le iban a poner en libertad, avisó a su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, el hombre en cuyo estudio había conocido a Eva Braun, que lo retrató ante la fortaleza de Landsberg, con impermeable, calzón corto y medias al estilo bávaro.

Proyectos megalómanos.

“Voy a empezar otra vez desde el comienzo. Pero lo primero que quiero es tener una oficina”, le confió a Hoffmann, que le habló de un local con 13 habitaciones. “Eso es precisamente lo que necesito: 13 habitaciones. Alquilaré 12”, rectificó Hitler, que era supersticioso. Necesitaba en efecto un local grande para sus proyectos megalómanos.

Curiosamente, el corresponsal del New York Times envió una crónica titulada Hitler, domesticado por la prisión en la que decía que parecía más cabizbajo y juicioso que cuando dio el golpe. “Su comportamiento en la prisión convenció a las autoridades de que, al igual que su organización, ya no había que temer nada de él. Se piensa que se retirará a la vida privada y volverá a Austria, su país natal”.

¡Vaya visión que tenía el periodista!

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