El último guerrero escocés
Castillo de Beaufort, inverness, 9 de julio de 1911 · Nace lord Lovat, vigésimo cuarto jefe del clan Fraser y héroe famoso de la Segunda Guerra Mundial.
Churchill le dijo a Stalin de él: “Lovat es el hombre con maneras más finas que haya rajado una garganta”. La imagen de lord Lovat desembarcando en Normandía el Día D, con su gaitero personal tocando sones guerreros escoceses, fue el arquetipo del desprecio al peligro en su momento y ha conservado la fama gracias a las películas sobre el día más largo. Lovat era uno de los héroes de guerra favoritos del público británico, aunque como escribió un antiguo compañero de armas en su obituario (falleció en 1995): “De los seis largos años que duró la Segunda Guerra Mundial, lord Lovat estuvo en acción poco más de seis días”. En realidad estuvo en el frente diez días, ¡pero qué diez días!
Simon Fraser, XVII lord Lovat y XXIV chieftain (jefe) del clan Fraser, Shimy para los amigos, encarnó al tipo de soldado más valiente, arriesgado y letal del campo aliado, el comando. Los comandos fueron un invento de Winston Churchill. Más que soldados eran guerrilleros, no daban batallas, sino golpes de mano, llegaban de noche donde menos se les esperaba, atacaban con sus dagas, como los antiguos sicarios, y colocaban sus bombas como si fuesen terroristas.
Esa era más o menos la consideración que tenían los comandos para el propio establishment militar británico. Al fin y al cabo las instrucciones de Churchill ordenaban “crear un reinado del terror a lo largo de la costa enemiga... dejando un reguero de cadáveres alemanes tras sí”. En muchos regimientos no se readmitió a los oficiales que, llevados por un carácter aventurero, se habían ido con los comandos durante la guerra. Hitler, por su parte, dio orden de fusilar a los comandos que cayesen prisioneros, pues no les consideraba combatientes regulares, sino partisanos.
Los vengadores.
Pero los comandos, cuyas hazañas eran bien jaleadas por la prensa, le encantaban a un público inglés ávido de revancha. En realidad, más que un instrumento militar –su actuación no tuvo trascendencia estratégica- eran un instrumento político, una herramienta de la agresiva política bélica de Churchill, de su guerra psicológica. En 1940, el ejército británico había sido repetidamente vapuleado por los alemanes. Asediado en su isla, Churchill decidió que era necesario mostrarle al enemigo que aún tenía dientes, aunque sus mordiscos solo molestasen ligeramente a los nazis. Así que ordenó reclutar a un puñado de tipos echados para adelante, a los que no les importara mancharse las manos de sangre. Los comandos iban a hacer la guerra por su cuenta, sin reglas.
Para una mentalidad conservadora como la de Churchill, hijo de la alta nobleza, resultaba natural que los guerreros vindicadores del honor británico fuesen capitaneados por los “caballeros del Reino”. Las llamadas Operaciones Combinadas se llenaron de nombres habituales de la crónica de sociedad: al mando, lord Mountbatten, miembro de la realeza y compañero de francachelas del exrey Eduardo VIII; en la nómina de jefes, el hijo del primer ministro, el honorable Randolph Churchill, Robert Laycock, nieto del conde de Listowel, lord Lovat o su cuñado el barón de Dunconnel, que inspiró a Ian Fleming el personaje de James Bond, por citar solo algunos.
Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, lord Lovat se incorporó al ejército como capitán de un regimiento de su propiedad, los Lovat Scouts, creado por su padre a principios de siglo con gente de sus tierras, todos buenos cazadores y expertos tiradores, para luchar en la Guerra de los Boers. ¡Privilegios de su clase! Pero los comandos prometían más hazañas y Lovat se pasó a ellos. Tuvo su bautismo de fuego colándose como observador en la primera operación importante de los comandos, el raid de las islas noruegas Loffoten (1941), que destruyó una factoría de aceite industrial de valor estratégico, hundió 11 barcos enemigos y capturó 216 prisioneros alemanes.
Ascendido a mayor, Lovat ejerció ya el mando en el segundo día de guerra de su vida, una incursión de 150 comandos en Havelot, Francia, por la que obtuvo la Cruz Militar, encomiásticas menciones y otro ascenso a teniente coronel. Entonces le hicieron jefe del Commando N. 4 (un Commando era un batallón de 460 comandos). Al frente de esta unidad pasó el tercer y cuarto días de acción de su carrera, en el infierno de Dieppe.
Dieppe no fue ya un golpe de mano, sino un ensayo de invasión de Europa en el que desembarcó una división canadiense, apoyada por comandos. Fue una catástrofe, se perdieron un millar de vidas y hubo 2.300 prisioneros, aunque Shimi Lovat cumplió sus objetivos, neutralizando los grandes cañones que podían haber hecho mayor la carnicería, y un oficial canadiense dijo que tenía “posiblemente la más brillante cabeza militar de la guerra”. Obtuvo la Orden de Servicios Distinguidos y el ascenso a general de brigada.
Mandaba una brigada compuesta por 2.000 comandos cuando llegó su día más largo. Lovat desembarcó de los primeros en Normandía, con una pequeña vanguardia. Cuando 40 minutos después llegó el resto de su brigada, la mitad de esa vanguardia había caído bajo el intenso fuego enemigo.
Marchar erguido al son de la gaita bajo ese fuego parecía un suicidio, y el gaitero personal de lord Lovat, Billy Millin, le recordó a su señor que una orden del Ministerio de la Guerra lo prohibía expresamente. “Es una orden del Ministerio de la Guerra inglés y nosotros somos escoceses. ¡Toca!”, le ordenó.
Fue ahí cuando el mito de lord Lovat quedó definitivamente establecido: él era un guerrero de otros tiempos, el jefe del clan Fraser, una banda de belicosos highlanders... Por eso despreció el casco y desembarcó con boina, como habían combatido siempre los highlanders, y por eso llevaba un arma que ningún otro oficial aliado tenía: su rifle de caza mayor Winchester 45-70.
Su misión era internarse a marcha forzada hasta un puente sobre el río Orne llamado en clave Pegasus Bridge. Era un punto esencial del dispositivo estratégico aliado: allí había que detener a los tanques alemanes que podrían hacer fracasar el desembarco si llegaban a las playas. Los paracaidistas ingleses habían tomado Pegasus durante la noche, pero no podrían resistir mucho. La brigada de Lovat tenía que llegar a las 12 de la mañana para relevarlos y mantener la posición.
La leyenda dice que llegó minuto y medio tarde y que presentó sus disculpas por el retraso. En realidad se retrasó una hora, lo que no era nada teniendo en cuenta las circunstancias. En Pegasus Bridge tuvo que pagar un alto precio por su amor al panache. Lo atravesó encabezando su clan, al son de la gaita, bajo un intenso fuego enemigo, y de los hombres que lo rodeaban 12 fueron alcanzados por tiros en la cabeza. Solo entonces dio orden de que el resto de la brigada cambiara boinas por cascos para atravesar el puente.
La lucha que siguió fue épica. Cuatro días después del Día D un tercio de la brigada había caído. Seis días después el propio Lovat resultaría gravemente herido. Con toda serenidad traspasó el mando, repitió varias veces: “Pase lo que pase, ni un paso atrás”, y pidió un cura. Todos le dieron por muerto.
No murió, aunque quedó inútil para el servicio. Terminó la contienda como ministro de Guerra Económica.



