El trágico secuestro del bebé de Lindbergh

03 / 03 / 2015 Luis Reyes
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East Amwell, New Jersey, 1 de marzo de 1932 · Es secuestrado el bebé de Lindbergh, el primer aviador que cruzó el Atlántico en solitario.

Es la historia más grande desde la resurrección de Cristo”. El periodista más influyente de entonces, H.L. Menken, no se refería al vuelo del Espíritu de Saint Louis, el avioncito monoplaza en el que había literalmente ascendido a la gloria Charles Lindbergh, el primer hombre que atravesó el Atlántico en solitario. No, el scoop periodístico al que se refería Menken era el triste colofón de la peripecia de Lindbergh: el secuestro y muerte de su hijo de 20 meses.

Lindbergh es un paradigma del triunfador devorado por su éxito. Era un desconocido piloto que en 33 horas y 32 minutos –lo que duró su vuelo de Nueva York a París– se convirtió en la persona más célebre del mundo, el protohéroe de su tiempo. Ganó inmenso prestigio, el amor del público, millones de dólares y hasta la Medalla de Honor del Congreso. Pero enseguida pagó un alto precio, pues, cuando gozaba de la felicidad familiar y social a la estupenda edad de 30 años, su bebé desapareció, para reaparecer tras un calvario de búsqueda –“la historia más grande desde la resurrección de Cristo”– con el cráneo machacado y roído por las alimañas.

Tras eso vendría la vida que se hace insoportable en el centro del circo mediático, la huida de Estados Unidos hacia el anonimato en Europa, la fascinación por la Alemania del III Reich, la deriva nazi, el deshonor (ver recuadro).

Para entender esta historia es preciso explicar la fascinación que ejercía la aviación a principios del siglo XX. Los bolcheviques le rendían culto, como aún puede verse en las bellas decoraciones del metro de Moscú, y también la vanguardia artística, los futuristas, cuyos modelos estéticos adoptaría el fascismo. Para Alemania, una de las grandes humillaciones del Tratado de Versalles fue que le prohibiesen tener aviación militar. Surgieron por todo el país cientos de aeroclubes donde aprendieron a volar en planeadores sin motor miles de jóvenes, los futuros pilotos de la Luftwaffe.

Un avión encerraba el viejo sueño del hombre de volar como los pájaros, el orgullo de la civilización occidental por su progreso científico e industrial y el ansia de aventuras, porque aquellos pilotos eran aventureros que sobrevolaban el Polo cuando todavía no lo había alcanzado nadie, competían en carreras alrededor del mundo o pasaban con su aeroplano bajo el Arco del Triunfo de París.

La construcción del mito.

En ese ambiente de entusiasmo por lo aéreo, Charles Lindbergh logró lo que nadie había hecho, atravesar el Atlántico en solitario, 33 horas y media sin soltar los mandos de su avión. Pero esta epopeya encontró una resonancia nueva, la de la hazaña pregonada por la prensa aun antes de realizarse. Lindbergh no llevaba radio en su avión, pero la radio había alcanzado ya toda su potencia como medio de comunicación de masas, de modo que cuando aterrizó en Le Bourget, junto a París, había una multitud enloquecida esperándole. Desde el viaje de Colón ninguna travesía del Atlántico se había encontrado con semejante ambiente de bienvenida.

Sin exageración, Lindbergh se convirtió en el hombre más famoso del mundo. Por eso, cuando una madrugada de marzo llamó a la Policía a denunciar que su niño había desaparecido de la cuna, a la vez que los agentes llegó a su casa de campo una nube de periodistas que convertirían el caso del pequeño Lindbergh en el gran carnaval del sensacionalismo. Toda América se sintió implicada en el drama, Al Capone ofreció su ayuda desde la cárcel, el presidente Hoover movilizó hasta los guardacostas, aunque no era un delito federal, surgieron detectives aficionados por doquier, y el propio Lindbergh tomo la dirección de la investigación, sin que ninguna autoridad policial o judicial se atreviese a pararle los pies, aunque es obvio que alguien tan afectado emocionalmente como el padre no puede dirigir una investigación de secuestro.

Los secuestradores dejaron rastro. En primer lugar una nota pidiendo rescate, escrita en pésimo inglés, con faltas que hicieron pensar a los filólogos que la había escrito un alemán. La nota fijaba como código de reconocimiento de futuros mensajes una rocambolesca firma a base de círculos de distintos colores y agujeritos en el papel. También encontraron restos de una escalera de fabricación casera utilizada para entrar en la habitación, pero de huellas dactilares nada, pues el escenario había sido contaminado por docenas de periodistas, curiosos y policías inexpertos.

Pensando que tras el secuestro estaba el crimen organizado Lindbergh nombró intermediarios a dos gánsteres de poca monta, que no consiguieron nada. Sería otro extravagante espontáneo quien lograse un avance en el caso, el doctor Condon, un profesor jubilado excéntrico, apasionado y amigo de meterse en donde no le llamaban. Publicó por su cuenta un mensaje ofreciendo dinero a los secuestradores si entregaban al niño bajo secreto de confesión, y sorprendentemente recibió carta de ellos. Llevaba la famosa firma secreta.

Lindbergh puso el caso en manos de Condon, quien se reunió en un cementerio con un secuestrador que usaba el alias de John y le contó toda una novela. Era un marinero escandinavo, la banda la formaban tres hombres y dos mujeres, y el niño estaba bien, escondido en un barco. Para demostrar que realmente tenían al pequeño Lindbergh le enviaron a Condon su pijama. Lindbergh lo reconoció y autorizó al doctor Condon a hacer el pago de 50.000 dólares exigido.

Hubo un nuevo vis a vis en un cementerio con el secuestrador, y Condon le entregó el dinero. No eran billetes de dólar, sino lo que se llamaba “certificados de oro”, que funcionaban en Estados Unidos exactamente igual que el papel moneda. En realidad eran una trampa, a los certificados les quedaba un año de vida, tenían que ser canjeados antes de ese plazo, y se había tomado la numeración de todos ellos. John sin embargo los aceptó alegremente... pero no devolvió al niño.

La caza del culpable.

Fue un conductor que se había bajado de su camión por una necesidad quien encontró al pequeño Lindbergh, aunque estaba muerto y en horrible estado de conservación. Había sido medio enterrado en un bosque a solo 7 kilómetros de la casa de Lindbergh, es decir que había sido asesinado inmediatamente después del rapto.

La Policía por su parte empezó a buscar al culpable en el entorno familiar; acosaron a una criada de los suegros de Lindbergh que les pareció sospechosa por su inseguridad, y que se suicidó tragándose el líquido de limpiar la plata, aunque no tenía nada que ver con el crimen. Algunos acusaron al doctor Condon, que había perdido la cabeza con su repentina notoriedad y actuaba en un espectáculo teatral sobre el secuestro, o vendía a la prensa la crónica de sus contactos con los secuestradores. Incluso apuntaron al propio Lindbergh, que habría hecho desaparecer al niño para ocultar que tenía un defecto físico, con la intención de mandarle en secreto a Alemania.

Pero frente a esas febriles elucubraciones la Policía realizaba una pesada tarea, controlar todos los certificados de oro que se canjeaban en los bancos, en búsqueda de los números apuntados. Un día apareció uno de ellos con un número de matrícula escrito a lápiz. Lo rastrearon hasta el dueño de una gasolinera, que dijo que lo había apuntado porque le había parecido “sospechoso” el cliente que había pagado con él. América vivía una paranoia colectiva, pero el hombre de la gasolinera había dado en el clavo. Le había puesto a la Policía en las manos al secuestrador del pequeño Lindbergh, con nombre y dirección.

No hubo más que consultar la matrícula con tráfico para acudir al 1.279 de la calle 222 Este y detener a Richard Hauptmann. Era un emigrante alemán y tenía antecedentes penales, pero no lo inculparon por prejuicios, sino porque también tenía, escondidos en el garaje, 14.000 dólares de los del rescate. Además tenía el número de teléfono y la dirección del doctor Condon, un croquis para construir una escalera similar a la abandonada en el lugar del secuestro, y planchas de la misma madera. Aunque nunca le viese la cara, el doctor Condon testificó en el juicio que reconocía a Hauptmann como el John del cementerio, y fue condenado a muerte y ejecutado en la silla eléctrica. Hasta el último momento mantuvo que él era inocente.

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