El rey Bien Servido
París, 22 de febrero de 1403 · Nace el futuro rey de Francia Carlos VII, a quien Juana de Arco puso en el trono y Agnès Sorel alegró la vida.
No pudieron llamarle el Grande, ni el Bueno, ni siquiera el Hermoso, porque Carlos VII era feo, desagradecido y mezquino. Los aduladores le dirían al final de su reinado el Victorioso, porque echó de Francia a los ingleses, aunque el mérito de la victoria francesa en la Guerra de los Cien Años correspondía a Juana de Arco. La Historia, por su parte, le atribuyó un apelativo muy bien puesto: el Bien Servido, porque tuvo a su servicio personalidades muy notables en diferentes órdenes: la propia Juana de Arco, el financiero Jacques Coeur, el pintor Jean Fouquet o la amante Agnès Sorel.
Carlos VII lo tenía todo en su contra, aunque fue lo bastante afortunado para salir adelante. Su padre, Carlos VI, estaba loco y él mismo era víctima de crisis depresivas que entonces llamaban “melancolía”. No le correspondía reinar porque tenía dos hermanos mayores, pero ambos murieron jóvenes y con 14 años se convirtió en delfín (heredero) de Francia. No era una herencia saneada, el país se encontraba en guerra civil entre Borgoñones y Armagnacs, o sea, partidarios y enemigos del poderoso duque de Borgoña, y hacía poco se había reanudado la Guerra de los Cien Años con los ingleses, que infligieron una humillante derrota a los franceses en Agincourt.
Alrededor del delfín se formó una camarilla de nobles que esperaban manejar a un príncipe joven y con poco carácter, como así fue. Esa camarilla sin embargo veló bien por su seguridad, y cuando los Borgoñones se apoderaron de París sacaron al delfín de la ciudad para proteger su vida, pues las calles de la capital estaban a merced de un populacho violento, dirigido por Capeluche, un sádico vocacional que desempeñaba el puesto de verdugo de la ciudad, y varios miembros del gremio de carniceros, que aplicaron sus respectivas pericias profesionales en masacrar a los Armagnacs.
El duque de Borgoña, Juan Sin Miedo, le tendió sin embargo una mano al fugitivo delfín y comenzaron las negociaciones. Llegaron a un acuerdo provisional y convocaron un encuentro que debía sellar la paz definitiva. Se buscó un terreno neutral, el puente de Montereau. Las tropas de los dos se hallaban a ambos lados del río Yonne y ellos avanzaron hasta la mitad del puente con un pequeño séquito, pero en realidad era una trampa para Juan Sin Miedo, que fue asesinado por los hombres de confianza del delfín.
Desheredado.
Se dijo que Carlos había hecho un ajuste de cuentas personal para vengar a su auténtico padre, que no era el rey, sino un hermano de este asesinado en su día por Juan Sin Miedo. El traicionero atentado traería en todo caso consecuencias gravísimas para el delfín. Los duques de Borgoña eran una rama menor de la dinastía reinante, los Valois, y asesinar a uno de ellos era derramar sangre real, una causa de incapacidad para ocupar el trono. El rey Carlos VI estaba en una de sus crisis de locura, y fue la reina Isabel, la madre del delfín, quien formalizó la destitución de su hijo por “crímenes abominables”, a lo que añadió insinuaciones de que era efectivamente fruto de su propio adulterio. En uno de esos giros copernicanos que da la Historia, Carlos VI nombró heredero al rey de Inglaterra.
El exdelfín parecía acabado, sin perspectivas de reinar, sin territorio propio, viviendo bajo la protección de su familia política, los Anjou, entregado a la indolencia, sin mostrar interés por recuperar el trono, cuando apareció alguien dispuesto a hacer bueno el mote de el Bien Servido rindiéndole servicios extraordinarios: Juana de Arco. No podemos tratar aquí la inmensa figura de la Doncella de Orléans, pero esta joven campesina visionaria, que oía las voces de ángeles y santos que le marcaban la conducta, fue capaz de cambiar la desesperada situación del delfín en solo dos años.
Juana de Arco no solo derrotó a los ingleses en el campo de batalla, sino que su fama de santa logró unir a Francia contra los ingleses detrás de su estandarte, que era el de Carlos. La Doncella le llevó en triunfo hasta Reims, lugar histórico de consagración de los reyes de Francia, donde fue coronado como Carlos VII. Sin embargo el Bien Servido no se mostró bien agradecido. Aparentemente, lograda su misión de poner en el trono a Carlos, el favor divino abandonó a Juana, que cayó en manos de los ingleses. Sometida a proceso de la Inquisición bajo la acusación de brujería, fue condenada a morir en la hoguera, y Carlos VII no hizo nada por salvarle la vida.
Otra manifestación de la ingratitud del rey con los que bien le servían fue la demostrada con Jacques Coeur. Si Juana de Arco le había dado la corona en el campo de batalla, Jacques Coeur logró que el reinado fuese económicamente viable pese a los dispendios del rey. Coeur pertenecía a una familia de ricos burgueses, se dedicó al comercio, incluso internacional, y era proveedor de la corte, pero enseguida comenzó a prestar importantes servicios financieros a Carlos VII, que fue encomendándole cargos cada vez de mayor responsabilidad. Fue jefe de la Casa de la Moneda, gran tesorero de Francia, ministro de Hacienda, que diseñó el sistema de impuestos, consejero privado del rey y desempeñó importantes misiones diplomáticas. Ennoblecido y riquísimo, Jacques Coeur despertaba las lógicas envidias entre los cortesanos. Cuando levantó en su Bourges natal un palacio que era mejor que el palacio real y el del arzobispo, el mismo monarca debió de sentirse molesto.
El caso es que cuando murió Agnès Sorel, la joven amante del rey, acusaron a Jacques Coeur de haberla envenenado. El infundio no se sostuvo, pero había marcado la apertura de la veda contra el maestro de las finanzas reales. A continuación fue acusado de malversación de fondos, encarcelado y condenado a la confiscación de sus bienes, que pasaron a ser propiedad del rey, cuya codicia y mezquindad le llevaron a no mover un dedo en su favor. Jacques Coeur logró escaparse de la prisión y terminó sus días al servicio del papa Calixto III.
Personalidad muy distinta de las anteriores, pero que indudablemente rindió especiales servicios a Carlos VII, fue la citada amante, Agnès Sorel. Pertenecía a una familia noble y llegó a la corte como dama de honor de una princesa, pero su deslumbrante belleza –se la consideró la mujer más hermosa de su tiempo– sedujo irremediablemente al rey, que la convirtió en la primera concubina reconocida de la monarquía francesa. Agnès tenía un enorme atractivo sexual, que sabía potenciar con sus extravagancias y su exhibicionismo. Inventó un corsé que le hacía cintura de avispa, y un escote que dejaba desnudos los hombros y el pecho. Estos atrevimientos servían para librar a Carlos VII de sus estados depresivos, pero también le ganaron a Agnès duras críticas de los moralistas, que la acusaban de haber convertido al rey en un libidinoso, y de tenerlo completamente sometido a su capricho, lo que era verdad.
Agnès Sorel era una consumidora de lujo compulsiva, que hacía gastar a las arcas reales enormes sumas en sus caprichos. Solamente en un año Carlos VII gastó en joyas para su amante más de 20.000 escudos, una cantidad desaforada. Semejante tren de vida exigía buscar nuevas fuentes de financiación, y fue Agnès quien aconsejó al rey volver a la guerra con los ingleses para apoderarse de nuevos territorios.
Las bastardas de Francia.
La amante era ya consejera política, pues su influencia sobre Carlos era total y todo el que pretendía algo del rey la buscaba como intermediaria. Su privilegiada relación con la monarquía hizo que las bastardas de Francia, las tres hijas que tuvo con el rey, fueran legitimadas por éste y recibieran el apellido Valois.
Agnès Sorel cosechó grandes enemistades por todo eso, especialmente la del heredero del rey, el futuro Luis XI. En una ocasión Luis la persiguió espada en mano por los pasillos de palacio, y Agnès solo se libró de la muerte porque logró refugiarse en la misma cama del rey. El delfín Luis fue desterrado por su padre, pero cuando Agnès murió repentinamente a los 27 años por un envenenamiento con mercurio, según investigaciones actuales, se pensó que Luis la había asesinado.
Con la desaparición de su amante Carlos VII perdió un salvavidas de sus desequilibrios. Inició una caída psicológica. La convicción de que su hijo Luis había matado a Agnès hizo crecer un proceso paranoico. Temía que el delfín le envenenara también a él y el delirio le llevó a negarse a comer. Carlos VII, el Bien Servido, que había dilapidado fortunas, murió de hambre como si fuera el más pobre de sus súbditos.



