El Papa corona al castigador de Roma

25 / 04 / 2008 0:00 Luis Reyes
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Bolonia, 24-2-1530. Carlos V recibe la corona imperial de Clemente VII, el Papa al que había humillado con el Saco de Roma.

Veinticinco cardenales esperaban a Carlos V a las puertas de Bolonia para su coronación. Cuando el emperador llegó, desmontaron y le rindieron pleitesía. El orgullo de los príncipes de la Iglesia, vástagos de las más nobles familias de Italia, se doblegaba con sus cuerpos, pues hacía sólo dos años los soldados de Carlos V los habían arcabuceado, robado y vejado hasta límites extremos.

Solamente dos años separaban el Saco de Roma (véase ‘Tiempo’, 11-5-07) de la coronación de Carlos V por el Papa, en efecto. Las tropas del emperador habían sometido a Roma al mayor saqueo de la Historia. El Papa Clemente VII se había salvado por los pelos de morir, pero no de la humillación. Tras meses de asedio en el castillo de Sant’Angelo, había tenido que pagar 400.000 ducados de rescate y absolver a los saqueadores. Y encima, tenía que coronar a su enemigo. No es extraño que Clemente VII se dejara crecer la barba en señal de luto perpetuo.

Tradición imperial

El Saco marcaría el principio de la hegemonía española absoluta en Italia, que iba a durar un siglo. La paz de Barcelona, firmada por los representantes papales, lo reconocía, pero hacía falta una manifestación suprema de ello, algo de lo que se enterase todo el mundo. Y nada mejor que recurrir a la antigua costumbre de los emperadores germánicos de recibir la corona de manos del Papa. Carlomagno, tras conquistar Italia, había sido el primero, el día de Navidad del año 800. Luego, cuando se establecieron los rituales y constituciones del Sacro Imperio Romano Germánico, se incluyó la coronación papal como cúspide del proceso de legitimación.

Carlos V sería el último titular del Imperio que pasara por todo ese proceso, que había comenzado por la elección imperial. Aunque el título de emperador fuera ya prácticamente una propiedad hereditaria de los Habsburgo, formalmente el Imperio era una monarquía electiva, donde la decisión estaba en manos de siete príncipes electores. Tres eran eclesiásticos, los obispos de Colonia, Maguncia y Tréveris, y cuatro laicos, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el conde del Palatinado. Un millón de florines en sobornos le costó a Carlos V que estos electores le diesen su voto. Luego vino la coronación en Aquisgrán, la antigua capital imperial de Carlomagno. En 1520, cuando Carlos, ya rey de España, tenía sólo 20 años, se ciñó la antigua corona de Carlomagno que le consagraba como rex romanorum (literalmente “rey de los romanos”, aunque en realidad significaba “rey de Alemania”).

Tuvo que esperar a tener 30 años y vencer militarmente al Papa para culminar los ceremoniales de legitimación universal, que se celebraron en Bolonia, en febrero de 1530. Carlos V llegó a la ciudad italiana en noviembre del año anterior, pero retrasaría varios meses la coronación porque tenía el capricho de que coincidiese con su cumpleaños.

Su llegada estuvo inspirada en el adventus, la ceremonia de entrada de los emperadores romanos. En la puerta de San Felice se había levantado un arco con triunfos de Neptuno y Baco, e imágenes de los más grandes emperadores, Julio César, Augusto, Tito y Trajano, así como estatuas de generales romanos como Escipión el Africano, en alusión a las empresas militares de Carlos. En otro arco se evocaba a Constantino –primer emperador cristiano– y a Carlomagno.

El 22 de febrero fue coronado rex burgundiorum (“rey de los borgoñones”, que significaba “rey de Italia”). El Papa colocó sobre sus sienes la Corona de Hierro de los Lombardos, mágica reliquia hecha con un clavo de la crucifixión de Cristo. Fue un acto lleno de imponente ceremonial, pero se celebró casi privadamente en la capilla de la residencia de Carlos, pues se quería reservar el gran acto público para la coronación imperial. Ésta tuvo lugar al fin dos días después. En la plaza mayor de Bolonia se construyó una pasarela elevada uniendo el Palazzo Pubblico, donde estaba alojado Carlos, con la iglesia de San Petronio, para que todo el mundo pudiese ver el paso de su cortejo.

El templo había sido transformado con un decorado efímero, como de teatro, para reproducir el escenario de la basílica de San Pedro de Roma. Era políticamente imposible celebrar la coronación en la capital papal, con las heridas aún abiertas por el Saco, pero se montó una ficción para que Bolonia pasase por Roma.

Insignias imperiales

Cuando Carlos llegó a la iglesia disfrazada de Basílica de San Pedro, fue investido de canónigo de San Pedro, como si fuera a entrar en la auténtica. Luego fue ungido por el cardenal Farnese. Se había construido un altar mayor que imitaba también al de San Pedro, ante el cual el Papa le entregó la espada que le daba “los derechos de la guerra”. Luego puso en su mano izquierda el cetro y en la derecha la esfera dorada que representaba al mundo, dándole así “el imperio del orbe”. Por fin ciñó su cabeza con la diadema de oro de los emperadores. Tras la coronación, emperador y Papa emprendieron un desfile a caballo, uno junto al otro y bajo palio, hasta otra iglesia, la de Santo Domingo, que pretendía ser la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, donde el emperador fue también investido como canónigo de San Juan.

Luego hubo un fabuloso banquete en el Palazzo Pubblico, mientras en la plaza se asaba un buey entero para el pueblo, y de una fuente llena de símbolos imperiales y con la figura de Hércules, antepasado mítico de los reyes de España, manaban continuamente dos chorros gratis de vino tinto y vino blanco.

El mal augurio

Por la pasarela que unía el Palazzo Pubblico con la iglesia de San Petronio desfiló a pie Carlos V, ricamente vestido y llevando en la cabeza la Corona de Hierro. Le precedían cuatro grandes títulos de la nobleza romanogermánica, los duques de Saboya, Urbino y Baviera, y el marqués de Monferrato, que llevaban las insignias imperiales: la corona de oro, la espada, el orbe y el cetro. Le llevaba la cola del manto el conde de Nassau, y nada más pasar éste, se hundió la pasarela y mató a tres personas, dejando muchos heridos graves. Inevitablemente, se vio un mal augurio, un castigo de Dios por el Saco de Roma. De hecho, Carlos V sería el último emperador coronado por el Papa.

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