El nacimiento del Toisón de Oro
El duque de Borgoña Felipe el Bueno, el principal señor feudal de Europa, funda la orden caballeresca más apreciada de la Historia.
Es el club más exclusivo del mundo, apenas diez personas pueden lucir el collar del Toisón de Oro, casi todas soberanos reinantes, desde la reina de Inglaterra al emperador de Japón. Su origen legendario parece, sin embargo, inventado por la imaginación de un erotómano como Bocaccio.
Todo empezó un día que Felipe el Bueno, duque de Borgoña, entró en el boudoir de su amante, María van Connenbrugge, quien tenía sobre el tocador un dorado rizo. El duque era no sólo un promiscuo donjuán que mantuvo veinticuatro concubinas, sino también un fetichista obsesionado por el vello íntimo de sus mujeres. Todas le daban guedejas de su monte de Venus, con las que el duque trenzaba un extraordinario cordón.
El rizo dorado de María –una flamenca rubicunda incluso en sus partes íntimasera para ese cordón venéreo, lo malo es que el duque no iba solo, sino acompañado por varios nobles, que hicieron algunos comentarios soeces.
Irritado por la falta de delicadeza de sus cortesanos, Felipe el Bueno decidió darles un escarmiento. Les haría reverenciar la dorada guedeja, les haría anhelar lucirla en el pecho sobre sus mejores galas.
El duque de Borgoña, llamado gran duque de Occidente, era el principal señor feudal de Europa, más rico y poderoso que muchos reyes, y Borgoña se consideraba al final de la Edad Media el país donde se conservaban las esencias de la caballería andante y el espíritu de las Cruzadas. De manera que cuando Felipe anunció la creación de una orden caballeresca, efectivamente toda la nobleza quiso ingresar en ella.
¿Y cuál sería la insignia de tan distinguida orden? Un dorado toisón, palabra francesa que designa la lana de un carnero u oveja, en este caso el vellocino de oro, la piel del carnero sagrado que fueron a buscar al confín del mundo Jasón y los argonautas, grandes héroes de la mitología griega. Felipe unía así la afición renacentista por los símbolos de la antigüedad clásica con la evocación del rubio vello de su amante.
La visión marxista
Algunos historiadores marxistas sostienen en cambio que el origen del Toisón no tuvo nada que ver con las aventuras amatorias de Felipe el Bueno, sino con la economía de los Estados de Borgoña, basada en la industria textil. La caballeresca orden sería por tanto una operación de imagen proclamando la excelencia de las lanas borgoñonas, para promocionar las exportaciones a toda Europa.
En realidad, tanto la explicación marxista como la venérea son falsas. El Toisón fue creado por Felipe el Bueno en enero de 1430 con ocasión de su boda con Isabel de Portugal, un gran festejo celebrado en Brujas, la rica capital comercial de Flandes, que contribuyó a la institución con el patrocinio de 100.000 coronas.
Se trataba de una amiable compagnie, una cofradía caballeresca que tenía como objetivo ideal la liberación de Jerusalén, es decir, una Cruzada tardía y con tintes ya más románticos que reales. Felipe el Bueno recogía un proyecto esbozado por su abuelo y su padre, Juan sin miedo. De hecho, este había dirigido una expedición contra los turcos que terminó en desastre, con Juan sin miedo prisionero y teniendo que pagar un rescate de 400.000 florines de oro por su libertad.
El Toisón recogía el espíritu de las antiguas órdenes militares creadas para defender Tierra Santa, los caballeros templarios, hospitalarios y teutónicos, aunque con una organización muy diferente, no monástica, sino basada en el modelo literario de la Tabla Redonda, donde el legendario rey Arturo era primus inter pares respecto a los caballeros. Esta primacía entre iguales le correspondía hereditariamente al duque de Borgoña, con el título de soberano de la orden, y por las leyes dinásticas terminaría recayendo en los reyes de España a partir de Carlos V.
Felipe el Bueno nombró a los primeros caballeros, fijando el número máximo en 31 –ampliado luego a 61- pero a partir de entonces sería el capítulo de la orden quien decidiera el ingreso de nuevos miembros, teniendo incluso el derecho de examinar al propio soberano, lo que se llamaba la inquisición. A Carlos V, por ejemplo, el capítulo del Toisón le reprochó su lentitud en resolver los asuntos, y que perdía el tiempo en los detalles descuidando las cuestiones importantes. Y el monarca más poderoso de su tiempo hubo de prometer “benignamente”, según dicen las crónicas, que se corregiría.
Esa especie de democracia interna de la orden terminó en tiempo de Felipe II, cuando el capítulo celebrado en Gante admitió el ingreso de un enemigo suyo, Antoine de Lalaing –de hecho, moriría peleando contra el rey español-. Felipe II decidió que eso no pasaría más: dejaron de celebrarse capítulos y desde entonces le correspondió exclusivamente al rey de España otorgar el collar del Toisón.
Cuando estalló la Guerra de Sucesión española, el pretendiente Carlos de Austria, proclamado rey en Barcelona, se adjudicó también la soberanía del Toisón, dando lugar al llamado Toisón austriaco, presidido por los sucesivos emperadores. Para compensar su dudosa legitimidad, la orden austriaca mantuvo los antiguos estatutos medievales al pie de la letra, mientras que el Toisón español evolucionaba con los tiempos. Así, durante la Guerra de la Independencia, la Junta de Regencia de Cádiz le otorgó el Toisón a Wellington, pese a que era protestante y según los estatutos sólo podían ingresar católicos en la orden. Fernando VII ratificaría este ingreso revolucionario. Más revolucionario aún fue que Isabel II asumiera la soberanía del Toisón cuando subió al trono, pues la vieja norma decía que en ese caso le correspondía la jefatura al esposo de la reina, ya que por definición las mujeres no podían ser ‘caballeros’. Isabel II modernizó también la orden admitiendo a individuos que no eran nobles, aunque sí importantes políticos de la época.
Más llamativo es que se concediera el collar a varios astronautas americanos, aunque se trató de un Toisón ilegal. El infante don Jaime, el hijo sordomudo de Alfonso XIII, fue obligado a renunciar a sus derechos hereditarios en favor de don Juan, pero pretendió conservar la soberanía del Toisón, y repartió varios. Desde su exilio, el conde de Barcelona, Juan III para sus partidarios, concedió collares con cuentagotas: a don Juan Carlos, a Balduino de Bélgica, a Pablo y Constantino de Grecia, al duque de Parma y al de Calabria.
En cuanto a Juan Carlos I, se lo ha otorgado a todos los soberanos reinantes europeos, incluidas las reinas de Holanda, Dinamarca e Inglaterra, a Hussein de Jordania, a Aki-Hito (que perdió el collar), al rey de Tailandia, y a españoles que le han mostrado extraordinaria lealtad como Torcuato Fernández Miranda, cerebro de la Transición; el marqués de Mondéjar, jefe de su Casa durante décadas; el duque de Alburquerque o Pemán, todos ellos ya fallecidos.



