El monstruo se ha escapado
ISLA DE ELBA, 26 DE FEBRERO DE 1815 • Napoleón escapa de su jaula dorada. En tres días desembarcará en Francia, en tres semanas hará una entrada triunfal en París.
El Congreso se divertía, al menos ése era el tópico que nos han hecho llegar las operetas vienesas. Lo que es histórico es que los representantes de las viejas monarquías se las prometían muy felices en el Congreso reunido en Viena desde 1814. Habían derrotado a Napoleón y repuesto a los Borbones en el trono de Francia, creían haber eliminado el último vestigio de la Revolución Francesa y proyectaban una Santa Alianza para mantener el absolutismo en Europa.
Toda esa autocomplacencia de los gobernantes del Antiguo Régimen, favorecida por las exquisiteces de la corte austriaca, entró en pánico cuando llegó a Viena la noticia: ¡el monstruo se había escapado! Napoleón había abandonado su cárcel de oro en la isla de Elba y había desembarcado en el golfo Juan, cerca de Cannes.
Cuando Napoleón, sintiéndose traicionado por sus propios generales, abdicó en Fontainebleau en abril de 1814, intentó dejarle la corona a su hijo, el Aguilucho, pero los aliados que, encabezados por el zar y el rey de Prusia, ocupaban París no lo aceptaron. La dinastía advenediza de los Napoleónidas tenía que dejar paso a los viejos Borbones en el trono de Francia.
Sin embargo, trataron con una condescendencia en cierto modo insultante a quien tanto miedo les había infundido, al que en tantas ocasiones habían adulado. Al fin y al cabo, a veces habían sido aliados e incluso el emperador de Austria le había dado a su hija por esposa. Ofrecieron a Napoleón conservar el tratamiento imperial y ser soberano de un miniestado, la isla de Elba, entre Italia y su lugar de nacimiento, Córcega.
Para quien había sido el amo de Europa, los 225 kilómetros cuadrados y 110.000 habitantes de Elba eran casi una burla. Él, que había mandado la Grande Armée de medio millón de soldados, conservaba sólo una escolta de menos de mil hombres de su vieja guardia, y unos pocos miserables barquitos eran toda su flota...
¡París o la muerte!
No podía aguantar mucho tiempo en Elba un temperamento como el de Napoleón. Llegó a la isla el 4 de mayo de 1814 y la abandonó el 26 de febrero del año siguiente, a bordo del llamado brick imperial, el Inconstant, una goleta de 26 cañones. Le seguían dos cañoneras y cuatro faluchos y en total llevaba 700 soldados, cuatro caballos y cuatro piezas de artillería. Sus hombres pensaban que escapaba hacia Nápoles, donde reinaba su antiguo camarada Murat, pero Napoleón iba a la reconquista de Europa.
La prodigiosa capacidad organizativa de Bonaparte se puso inmediatamente en acción. Lo primero que hizo fue cambiarle el color al Inconstant, que era amarillo y gris; esa noche los marineros lo pintaron de negro y blanco para burlar la vigilancia de los buques ingleses. Cuando avistaron la costa francesa, dictó proclamas dirigidas al ejército y pueblo de Francia y puso a todos los soldados y marineros que supieran escribir a hacer copias. Napoleón conocía perfectamente el valor de la propaganda y no perdía tiempo en poner en marcha su maquinaria.
El día primero de marzo, por la tarde, desembarcó en Golfe-Juan, entre Cannes y Antibes. Actuó con la celeridad que tantas veces había sorprendido a sus adversarios en el campo de batalla: en cuanto salió la luna, a las 11 de la noche, inició una marcha nocturna hacia el interior. “¡París o la muerte!”, habían gritado sus viejos granaderos al conocer sus intenciones, y hacia una u otra los llevaba, pero como les había dicho Napoleón respecto a la segunda posibilidad: “Esa suerte la conocemos y la desdeñamos”.
Sin embargo, cuando pasaron por la primera población de su ruta, Grasse, famosa por sus perfumes, cierto desánimo invadió a los incondicionales del emperador. La gente no se había dejado contagiar por su entusiasmo, había permanecido distante, encerrada en sus casas. Todos eran conscientes de que su fuerza era insignificante y que si no se les sumaba el pueblo, estaban perdidos.
Hicieron un descanso en la afueras y de pronto la suerte cambió. Los vecinos de Grasse creían que habían desembarcado unos piratas y por eso habían mostrado tanta desconfianza, pero cuando se convencieron de que era verdad, que Napoleón había vuelto, salieron del pueblo y acudieron en tropel a donde estaba acampado, llevando comida y vino al grito de “¡Viva el emperador!”.
El camino para franquear los Alpes Marítimos era malísimo y, para ir más deprisa, dejaron en Grasse los cañones y carruajes. Los viejos granaderos, haciendo honor al mote de grognards (gruñones) se quejaban de la dureza de la marcha. Napoleón, que sabía que con aquellos hombres no valían malas maneras, iba también a pie, hablando con ellos.
Al cuarto día llegaron a Digne, una ciudad-balneario termal desde tiempo de los romanos, donde había imprenta. Una imprenta para Napoleón en aquellos momentos valía más que una división de infantería. Ordenó imprimir sus proclamas y mandó correos a repartirlos por delante. Las gentes salían a aclamarle al camino, pero necesitaba otra adhesión, la del ejército, o una parte de él al menos.
Hasta el momento sólo había logrado que se pasara a sus filas... un hombre. Un soldado solitario se había tropezado con la vanguardia de la marcha y, cuando le dijeron que Napoleón había vuelto, prometió: “Voy a despedirme de mi madre y esta noche me uniré a vosotros”. Lo hizo, efectivamente, y se afanó con el coronel con quien había hablado: “Dígale al emperador que está aquí el granadero Melon”. Así logró que su nombre se escribiese en la Historia.
A la semana encontraron el primer obstáculo serio. En un desfiladero cerca de Vizille había una tropa de 800 hombres para detener al monstruo. Napoleón avanzó con 50 granaderos, a los que ordenó ir con las armas a la funerala, proclamando que no dispararían. El oficial realista ordenó hacer fuego, pero sus soldados dudaron. “¡No es él, es un impostor!” intentaba convencerles.
Entonces Napoleón ordenó parar a los suyos y continuó solo, abriéndose el capote para que le viesen bien. Stendhal recrea la situación en su Vida de Napoleón: “ Soy yo, reconocedme –exclamó- Si entre vosotros un soldado quiere matar a su emperador, que dispare; éste es el momento. En un instante quedaron dominados y, gritando una y otra vez ‘¡Viva el Emperador!’ se arrojaron en brazos de los soldados de la Vieja Guardia”.
Los Cien Días.
En ese momento, Bonaparte recuperó Francia, aunque solamente la retendría durante cien días. Las tropas que mandaban a detenerle se le sumaban, del forro de sus chacós sacaban la escarapela tricolor y sustituían la blanca borbónica. Al llegar ante las murallas de Grenoble se repitió la escena del desfiladero. El general que mandaba la plaza ordenaba a sus hombres que disparasen, pero nadie apretaba el gatillo.
Como la puerta de la muralla no se abría, los habitantes de los suburbios la derribaron. Dentro de la ciudad fue el delirio, durante horas Napoleón estuvo prácticamente secuestrado por las masas, ni su escolta ni sus edecanes podían impedir el baño de multitudes. Esa noche, cuando exhausto descansaba en una fonda, los burgueses de la ciudad llegaron bajo su ventana cargando con un gran peso, las puertas de la muralla.
“¡Napoleón –gritaban- no pudimos ofreceros las llaves de vuestra buena ciudad de Grenoble, pero aquí tenéis las puertas!”. Al día siguiente se compró un sombrero, pues el que llevaba estaba lleno de remiendos, pero tenía algo más que un sombrero nuevo, tenía al país entero a sus pies. Su marcha hasta París sería un camino triunfal. Entró en la capital el 20 de marzo de 1915 y comenzaron los Cien Días. Los que tardaría en regresar del exilio Luis XVIII, después de que ingleses y prusianos pusieran fin en Waterloo a este delirio del regreso de Napoleón... o del monstruo, como prefieran.



