El misterio del Afrika Korps
LIBIA, FEBRERO-MARZO DE 1941 • Erwin Rommel organiza en el norte de África la mejor unidad de combate de la Segunda Guerra Mundial.
Logró el mayor contrasentido de la Segunda Guerra Mundial: que uno de los más eficaces instrumentos de guerra del Reich genocida que atormentaba a la humanidad fuera respetado por el enemigo y casi le cayera simpático. Pocos años después de terminada la guerra más feroz de la Historia, excombatientes del VIII Ejército británico que se habían enfrentado a ellos quedaban con veteranos del Afrika Korps para jugar partidos de fútbol amistosos.
Comparada con esta paradoja de los nazis buenos, casi parece poco importante decir que fue la mejor unidad de combate de la Segunda Guerra Mundial, que tuvo al frente al estratega más genial de la contienda y uno de los mejores generales de la Historia, que con medios siempre escasos logró éxitos asombrosos y que nadie sabe adónde habría llegado si Hitler le hubiese dado una pequeña parte de los recursos que enterraba inútilmente en Rusia.
La creación del Afrika Korps fue sin embargo una improvisación, África del Norte no entraba dentro de los planes alemanes, era un teatro italiano, pero Hitler tomó una decisión política: salvar del fracaso a su amigo Mussolini, cuyo ejército estaba siendo vergonzosamente vapuleado por los ingleses. Le mandó una pequeña ayuda que resultó decisiva y le dio la vuelta a la situación durante casi dos años, pero ese frente no entraba en los grandes planes estratégicos del OKH, el Alto Mando alemán.
Cuando el desembarco anglo-americano en Marruecos y Argelia (noviembre del 42) se convirtió en una amenaza seria para Alemania y el OKH reaccionó enviando grandes contingentes, fue demasiado tarde; entre otras cosas, Rommel estaba seriamente enfermo desde mediados de 1942.
Al poco de la baja de Rommel por enfermedad el último parte radiado del cuerpo expedicionario alemán decía: “Sin municiones; armamento y equipo destruido; el Afrika Korps combatió mientras pudo hacerlo según las órdenes”. Era 12 de mayo de 1943 y marcaba el final de la mítica unidad, hecha prisionera. Para desviar la atención de la derrota, el führer otorgó ese mismo día a Rommel los diamantes para su Cruz de Hierro, la más alta condecoración que podía conceder. La Cruz Pour le Mérite, aún más exclusiva, la tenía ya desde la Primera Guerra Mundial.
Pero volvamos al misterio del Afrika Korps. ¿Por qué los alemanes, malos en todas las películas, fueron buenos en el norte de África? Hay dos explicaciones, una subjetiva, la personalidad del propio Rommel; otra objetiva, las condiciones de aquel teatro de guerra.
Rommel tuvo la suerte, para su memoria, de caer en desgracia. Fue asesinado por Hitler el 14 de octubre de 1944 por su implicación en la operación Walkiria, el golpe de Estado militar que intentó derribar al führer aquel verano. Pero el prestigio y carisma del mariscal eran tan enormes que Hitler no se atrevió a ajustarle las cuentas abiertamente, para ejemplo de generales revoltosos. Al almirante Canaris, jefe del eficaz servicio de espionaje militar, los SS lo ejecutaron cruelmente con una cuerda de piano. Al mariscal Rommel le dieron un veneno, presentaron su muerte como natural y tuvo un funeral con honores de Estado.
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Esta redención por el martirio sacó definitivamente a Rommel del panteón nazi: es el único gran personaje del III Reich que ha podido tener un museo dedicado a su memoria. Y lo más asombroso es que Rommel en realidad era un nazi convencido. No era un genocida vesánico como otros, pero se había dejado seducir por Hitler y su política y había sido leal al führer; en realidad, no quiso saber nada del atentado contra el dictador.
El Zorro del desierto.
Cuando en 1939 se creó un batallón militar de escolta para el führer, Hitler decidió personalmente que su jefe fuese el brillante coronel Erwin Rommel, héroe de la guerra anterior y ya conocido estratega teórico. Ese puesto palaciego puso a Rommel en contacto diario con Hitler, y entre ambos se estableció una buena relación, de admiración mutua, respeto y lealtad.
Cuando se preparaba la invasión de Francia, Hitler le preguntó a Rommel qué le gustaría hacer. “Mandar una división blindada”. Inmediatamente complació su capricho, le confió la 7ª Panzer, enseguida conocida como la División fantasma, por su capacidad para aparecer donde menos se la esperaba, la punta de lanza de la gloriosa campaña. Así empezó la carrera del más famoso comandante de tanques de la Historia, por el favor personal del führer.
En África, la incipiente fama del jefe de la División fantasma se convirtió en celebridad. Tenía una cualidad que todos los soldados aprecian, siempre estaba en primera línea. “El frente está donde esté Rommel”, solía decirse. Además gestionó perfectamente su imagen de Zorro del desierto, siempre llevaba un fotógrafo que tomaba imágenes insólitas en un mariscal prusiano: ropa informal, cubierto de polvo, empujando su coche para sacarlo de un hoyo...
Ese espíritu deportivo no podía menos que agradar a los ingleses, bien que les pesara. El general en jefe británico llegó a prohibir que se hablara del Zorro del desierto, pero era inútil. Si los soldados alemanes le veneraban, los ingleses le respetaban y admiraban tanto como le temían. Llegaron a intentar algo insólito para lo que eran entonces los usos de la guerra del Ejército británico: por orden de Churchill, un grupo de comandos desembarcados de submarinos intentó asesinar a Rommel en su cuartel general en noviembre del 41. Fracasaron.
Pero la gran suerte de Rommel, el núcleo del misterio del Afrika Korps, lo que le permitió hacer algo parecido a una guerra de caballeros, fue el escenario de la campaña. África del Norte era un desierto, no había ciudades llenas de civiles bombardeadas, multitudes desplazadas, represión política en las zonas ocupadas, persecución de minorías étnicas... No hubo, porque no podía haberlo, todo ese catálogo de barbaridades que hicieron odiosos a los alemanes para el resto de la humanidad.
Solamente dos ejércitos con espíritu combativo buscándose en las espléndidas soledades del desierto líbico, y sin calzarse guante blanco cuando se encontraban, atizándose fuerte, cruelmente, pero eso era la guerra e iba con los gajes del oficio.
Las condiciones de la campaña también fueron buenas, lo que siempre contribuye a un mejor recuerdo. Tanto alemanes como ingleses estaban encantados con el clima del desierto, luminoso, limpio y sano, calor de día que les permitía ir en shorts, como si estuviesen haciendo deporte, frío seco de noche para el que tenían buenos abrigos. Nada del mefítico barro de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, nada de las terribles heladas de Rusia. La intendencia funcionaba y comían bien, tenían ropa adecuada. Eran soldados felices, si se puede serlo en guerra, sobre todo en comparación con lo que fue la contienda en otras partes.
Por último, funcionaba el trasfondo de las relaciones entre alemanes e ingleses. Ambos eran pueblos del norte que se consideraban iguales, superiores a las razas del sur. Se admiraban mutuamente, como ya lo habían hecho durante la Primera Guerra Mundial, y por tanto trataban bien al enemigo vencido. En las fotografías de prisioneros de ambos bandos se les ve muchas veces distendidos, fumando, incluso sonriendo, como si aceptaran el “hoy por ti, mañana por mí”, como si hubieran perdido un partido en vez de una batalla.
Por eso, al poco de terminar la guerra, veteranos del Afrika Korps y del VIII Ejército británico quedaban a jugar al fútbol.



