El Juicio del mono
DAYTON, TENNESSEE, VERANO DE 1925. En la droguería del pueblo cuatro paletos y uno de Nueva York montan el gran proceso sobre el evolucionismo.
El defensor se dirigió al jurado y, con toda su maestría de abogado famoso, le pidió que declarase culpable a su cliente. Solamente por eso sería ya notable el Juicio del mono, pero lo que lo hizo histórico es que apareció ante el mundo como un intento de resucitar la Inquisición medieval en pleno siglo XX. El caso es estremecedor. Un modesto profesor de enseñanza secundaria, que da clases de Biología en un pueblecillo de Tennessee, sometido a un proceso criminal por enseñar a los alumnos que los mamíferos, incluido el hombre, son fruto de una larga evolución desde un organismo unicelular. Sin embargo esta historia tiene trampa, como veremos. A principios del siglo XX, el apóstol del creacionismo (doctrina que sigue a la Biblia en cuanto a la aparición del hombre) era William Jennings Bryan. No se trataba de un clérigo fanático –aunque fuese un fanático- sino de una de las figuras más prominentes de la escena pública. Estaba considerado el mejor orador de América, y el Partido Demócrata le había presentado tres veces a las elecciones para presidente de Estados Unidos, la primera, siendo el candidato más joven de la Historia; Wilson le nombraría secretario de Estado. Hoy simplificamos la escena política norteamericana pensando que demócrata equivale a progresista, pero en el partido de Obama siempre ha existido una tendencia populista, que en el sur ha sido incluso racista hasta hace muy poco. Bryan, presbiteriano ferviente, era la máxima expresión de ese populismo anticapitalista, antiimperialista, amante de las armas y religioso. El Papa fundamentalista, como llamaban a Bryan, había logrado que quince Estados, entre ellos Tennessee, prohibiesen la enseñanza en las escuelas de la teoría evolucionista.
El casting
Nuestra historia comienza precisamente en Tennessee, en el verano de 1925, en la droguería de un poblacho llamado Dayton, que sin esperar a la Gran Depresión del 29 había entrado en crisis económica, cayendo de 3.000 habitantes a sólo 1.800. Están de tertulia los ciudadanos importantes de Dayton, una reunión de paletos que matan el tiempo. Pero entre ellos hay un listo, George Rappalyea, un tipo de ciudad, de Nueva York nada menos, que ha ido a parar al agujero de Dayton para trabajar en la empresa local de carbón. Ve en el periódico un anuncio de la Unión Americana de Libertades Civiles: esta organización progresista apoyará con abogados a cualquiera que se enfrente a la legislación antievolucionista de Tennessee. Una bombilla se enciende en la cabeza de Rappalyea. Si montan un juicio en Dayton sobre este asunto, que despierta polémica nacional, el pueblo saldrá en todos los periódicos, el proceso atraerá público y los negocios locales encontrarán un respiro. La droguería de Fred Robinson hace también de biblioteca pública; Rappalyea consulta allí el libro de texto de Biología y ve que explica el evolucionismo. Entonces llaman a un joven profesor de 24 años, John Scopes, del instituto local. “¿Enseñas esto? Sí. ¿Estarías dispuesto a mantener tu postura en un juicio? Sí”. Y con el acuerdo de todos, incluido el acusado, la máquina se pone en marcha. Hacen falta estrellas para el show. Está claro quién tiene que llevar la acusación, William Jennings Bryan. Pese a que lleva más de treinta años sin ejercer la abogacía, el Papa fundamentalista acepta encantado dirigir al equipo de la fiscalía. En cuanto a la defensa, al ingenioso Rappalyea se le ocurre un fichaje extravagante, H.G. Wells, el famosísimo autor de La guerra de los mundos y La máquina del tiempo; desgraciadamente, el escritor de ciencia-ficción declina la invitación, pero hay muchos candidatos. La Unión de Libertades Civiles pretende que sean Charles E. Hughes y John W. Davies, dos antiguos candidatos presidenciales (republicano y demócrata) para estar al mismo nivel del acusador. Se trata de personas de extraordinario prestigio público, uno, ex gobernador de Nueva York, secretario de Estado y presidente del Tribunal Supremo; otro, ex embajador en Inglaterra. Pero en el pueblo quieren un abogado más mediático y le encargan la defensa a un famoso criminalista, Claren- ce Darrow (véase recuadro), que además se declara ateo, algo insólito en Estados Unidos, lo que presta aún más morbo a su intervención en el Juicio del mono. Falta un juez que se preste bien al espectáculo, John T. Raulston, magistrado estatal, un hombre muy religioso que no intenta disimular su simpatía hacia la acusación, y que el día antes de comenzar el juicio asiste con su familia a la iglesia donde el acusador, Bryan, pronuncia un sermón. Tan de acuerdo está el juez con el show que propone celebrar el juicio en una carpa con capacidad para 20.000 personas. Porque hay miles de personas que confluyen a Dayton, convertido en un circo. En la calle mayor hay una caseta con chimpancés que se presentan como “testigos convocados” para el juicio.
El espectáculo
Los organizadores están encantados, el fiscal y el defensor también, porque sus intervenciones son recogidas por una nube de periodistas que las retransmiten a todo el país, y dejan frases lapidarias como: “Si la evolución gana, el cristianismo se acaba” (el fiscal), “No se juzga a Scopes, se juzga a la civilización” (el abogado). Nada más empezar Bryan pide que conste en acta como evidencia el libro del Génesis. Darrow por su parte, en lo que el New York Times titula “la más extraña escena de la historia judicial anglosajona”, llama a declarar como testigo de la defensa al propio fiscal, a quien pregunta: “Si todo lo que dice la Biblia es verdad, ¿qué opina de la ballena que se tragó a Jonás?”. Hay que evacuar la sala del juicio, porque el millar de asistentes amenazan con provocar el hundimiento del edificio. Siguen el proceso al aire libre, ante una multitud de 5.000 personas. A nadie le importa en realidad la suerte del profesor Scopes –no se arriesga a la hoguera, ni a la cárcel, sólo a una multa-, es un debate político entre dos grandes estrellas. Bryan quiere hacer apostolado creacionista, Darrow pretende poder recurrir a instancias superiores hasta llegar al Tribunal Supremo, y lograr que éste declare inconstitucional la prohibición de enseñar la evolución. Por eso le pide al jurado que declare culpable a Scopes. El jurado ha sido elegido entre simpatizantes del creacionismo, y condena a Scopes a una multa de 100 dólares, pero los periodistas son mayormente evolucionistas, y ellos son los que transmiten al país quién es el vencedor. Según la prensa, “Bryan ha sido destruido como hombre y como leyenda”. Seis días después de terminar el juicio, Bryan se da una comilona y muere. Un periodista sugiere a Darrow que ha muerto con el corazón partido, pero éste responde: “Nada de corazón partido, atracón de estómago”. Tampoco Darrow se sale con la suya. El Tribunal Supremo de Tennessee anulará la condena por razones técnicas –hay docenas de incorrecciones procesales- sin entrar en la cuestión constitucional, y ahí se agota el Juicio del mono.



