El hombre que nunca existió

29 / 04 / 2014 Luis Reyes
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Costa de Huelva, 30 de abril de 1943 · Un pescador rescata del mar el cadáver de un oficial inglés que lleva importantes documentos secretos.

Cholmondeley (izquierda) y Montagu (derecha)

Glyndwr Michael era un pobre diablo sin casa, sin trabajo, sin familia. Nadie sabe por qué tomó matarratas, si quería suicidarse como su padre, o si quería desesperadamente matar el hambre y le pareció que era comida. Pero la guerra cambia el destino de los hombres y hace de un mendigo un héroe capaz de librar batallas después de muerto, como el Cid Campeador.

Una noche de abril de 1943, el submarino Seraph de la Royal Navy emergió ante la costa de Huelva para lanzar un cadáver al mar. Los marinos de todas las naciones respetan mucho los sepelios navales, de modo que el capitán del submarino leyó el Salmo 39, Caducidad de la vida, cuyos primeros versos, “guardaré mis caminos / sin pecar con mi lengua, / pondré un freno a mi boca”, parecían especialmente adecuados a la misión encomendada a Glyndwr Michael, ascendido para la ocasión por el Gobierno de Su Majestad a mayor de Royal Marines: el mayor William Martin, el Hombre que nunca existió.

Se trataba de la operación Mincemeat (carne picada), el más novelesco engaño de la Segunda Guerra Mundial, prólogo de una gran jugada estratégica. Los aliados iban a saltar de África a Sicilia, el principio de la liberación de Europa, una ofensiva no solo de importancia militar, sino también política (Italia cambiaría de bando al ver a los aliados en su territorio). Todos esperaban el ataque por Sicilia. ¿Sería posible hacerles creer que el desembarco iba a ser en Grecia para que distrajesen fuerzas?

El asunto fue tratado en un sótano de Whitehall, sede del Comité XX, que coordinaba al MI5 (Inteligencia Militar, sección 5) y la Inteligencia Naval. Un capitán de la RAF agregado al MI5, Charles Cholmondeley, tuvo la idea de utilizar a un muerto para transmitir falsa información al enemigo, basándose en un suceso acaecido poco antes, y para perfeccionar la idea formó un tándem con otro capitán de la Inteligencia Naval, Ewen Montagu. Ambos respondían al tipo de universitarios de Oxford y Cambridge que durante la guerra animaron los servicios de inteligencia, cultos, imaginativos y un tanto excéntricos, gente con más espíritu deportivo que castrense, tipos que se saltaban las normas, aunque tenían personalidades muy distintas.

De Oxford y Cambridge.

HISTORIA-3

Cholmondeley, de 25 años, estudió Geografía en Oxford y era un viajero, naturalista y aventurero vocacional que había cartografiado Finlandia y Terranova, y proyectaba marcharse al servicio colonial a Sudán. Medía casi dos metros y llevaba un impresionante bigote encerado de un palmo, de moda en la RAF, pero le sentaba fatal el uniforme, era desmañado y muy miope. Tras la guerra seguiría en el mundo del espionaje, combatiendo al comunismo, y terminaría su vida en un pueblecito inglés, vendiendo cortadoras de césped. Pese a su aristocrático apellido –se llamaba igual que el gran chambelán de la corte– era un hombre muy sencillo, y jamás reclamó la fama que le correspondía como inventor de la operación Mincemeat.

Ewen Montagu, en cambio, era un socialite (gente de clase alta con intensa vida social). Hijo de un lord judío y millonario, tras estudiar en Cambridge y Harvard se convirtió en un abogado de campanillas que intervenía en casos de primera plana. Elegante y atractivo, casado con la hija de un famoso pintor, le llevaba más de 15 años a Cholmondeley y tomó la dirección de la operación. Tras la guerra se convirtió en un juez conocido por sus nada convencionales juicios, hasta el punto de ser apodado el Juez turbulento. Al contrario que Cholmondeley, explotó intensamente su participación en la operación Mincemeat y se las ingenió para aparecer como el genio de la misma; entre otras cosas publicó un libro sobre la peripecia, El hombre que nunca existió, y cuando este fue llevado al cine incluso interpretó un papel secundario, mientras que a él lo encarnaba Clifton Webb.

Pese a sus diferencias, Montagu y Cholmondeley formaron un excelente equipo de trabajo y urdieron un engaño que fue una obra de arte. La primitiva idea de Cholmondeley era lanzar un cadáver en paracaídas sobre Francia, pero la cambiaron por dejar el cuerpo en la costa española, exactamente como había ocurrido en la realidad. Necesitaban un muerto que pareciese fallecido por ahogamiento, y buscaron el asesoramiento de un eminente patólogo, sir Bernard Spilbury, que recurrió a un amigo coroner (especie de juez instructor), sir Bentley Purchase, que proporcionó el cadáver del mendigo Glyndwr Michael. Curiosamente, Montagu cambió estos datos en su libro, transformó al mendigo envenenado con matarratas en un probo ciudadano muerto de pulmonía, cuyo padre aceptaba el sacrificio de ceder sus restos a la patria.

Montagu y Cholmondeley crearon entonces una personalidad para el cuerpo. Sabían que los alemanes tenían las escalillas de oficiales de la Marina británica solamente hasta la L, de modo que lo bautizaron William Martin, un apellido que por otra parte tenían varios oficiales de Infantería de Marina, y le crearon un perfil personal. Jean Leslie, una joven de 20 años que trabajaba en el Comité XX, dio una foto suya en bañador: sería “Pam”, la novia de Martin, de la que este llevaba dos cartas encima, aunque no las escribió Jean, sino su jefa.

También pusieron la factura de un carísimo anillo de pedida de una joyería muy exclusiva, J. S. Phillips, pues querían que pareciese un miembro de la clase alta. Les parecía que sería más creíble que un joven oficial llevase unos documentos importantes si pertenecía a la élite que regía Inglaterra. Eso suponía un problema de ropa, la clase alta únicamente se hacía los uniformes azules navales en la exquisita sastrería Gieves, de Saville Road, y no daba tiempo a encargar uno a la medida al muerto, de modo que le pusieron un uniforme de campaña caqui, pero tenía que llevar al menos una ropa interior de calidad. Desgraciadamente, a esas alturas de la guerra no era posible encontrar tales lujos en las tiendas de Londres, y se recurrió a la de otro muerto, un decano de Oxford fallecido en accidente de tráfico. Como último detalle, a Montagu se le ocurrió incluir una carta de su banco diciéndole a Martin que estaba en números rojos; así se completaba la figura de un señorito bon vivant.

Documentos falsos auténticos.

HISTORIA-2

El perfil oficial del personaje incluía un carné de identidad naval a nombre de William Martin, capitán de los Royal Marines habilitado a mayor, con la foto de un oficial del MI5 que se parecía al mendigo, y un pase para su lugar de trabajo, el Cuartel General de Operaciones Combinadas, el organismo a las órdenes de lord Mountbatten que dirigía los desembarcos. Para dar mayor realismo el pase estaba caducado, algo normal en el desbarajuste de la guerra. Pero lo más importante eran, por supuesto, los “documentos secretos” que transportaba el mayor Martin. El segundo jefe del Estado Mayor Imperial había escrito una carta de su puño y letra dirigida a su “querido Alex” (el general Alexander, comandante en jefe británico en el Norte de África), dando todos los detalles de la operación de desembarco aliado en Grecia, así como de una maniobra de distracción para atraer fuerzas enemigas, un desembarco en Cerdeña, aunque se haría creer al enemigo que la intención aliada era invadir Sicilia. Para justificar que la misiva se enviara por un correo personal en vez de los canales oficiales, incluía algunas observaciones embarazosas sobre los aliados americanos y algún cotilleo sobre nombramientos.

Había otra carta de lord Mountbatten al jefe de la Royal Navy en el Mediterráneo presentándole al mayor Martin, experto en guerra anfibia, que iba “prestado” hasta que se realizase el desembarco. En tono personal, la carta hacía un chiste sobre “sardinas”, en referencia a Cerdeña, que en italiano se dice Sardinia. Y otra misiva más de Mountbatten a Eisenhower, pidiéndole que escribiera el prólogo a un ensayo sobre operaciones combinadas, del que se incluía el manuscrito. Todos estos papeles oficiales iban en una cartera de mano, sujeta por un cordón de cuero al cinturón del mayor Martin, para asegurarse de que no se perdieran.

Solo faltaba un detalle para poner en marcha la operación Mincemeat, el visto bueno del primer ministro. El coronel Johnny Bevan, otro oxfordiano al que se conocía por London Control, pues tenía el control sobre todas las operaciones de engaño al enemigo, fue a pedir el permiso a Winston Churchill, que le recibió acostado en la cama y fumando un puro, y le pareció muy bien. Poco después el submarino Seraph zarpó de una base escocesa con un cargamento especial, un contenedor cilíndrico sellado dentro del cual iba el cuerpo del mayor Martin conservado en hielo seco, que al sublimarse se convertiría en dióxido de carbono, lo que conservaría el cadáver durante los 11 días de travesía. A la tripulación se le dijo que el contenedor transportaba un equipo meteorológico que había que dejar en aguas españolas.

El Seraph emergió a las 4.30 de la madrugada del 30 de abril, a una milla de la costa de Huelva, y tuvo lugar la ceremonia relatada al principio, que solamente presenciaron los oficiales, pues se mantuvo a la marinería en el interior del submarino para preservar el secreto. Le habían puesto al cadáver un chaleco salvavidas, y a las 9.30 de la mañana lo encontró un pescador llamado José Antonio Rey. Las autoridades españolas, sin realizar autopsia, entregaron el cuerpo al vicecónsul británico, el cual pidió al forense, el doctor Eduardo del Torno, un simple examen post mórtem. El dictamen fue que había muerto ahogado y que llevaba en el agua entre tres y cinco días, lo que explicaba su mal estado. Fue enterrado en el cementerio de Nuestra Señora, y un piquete de soldados españoles le rindió honores militares. En la lápida, bajo el nombre y los datos de filiación de William Martin, pusieron un epitafio que decía: “Dulce et Decorum est pro Patria Mori” (morir por la patria es hermoso y honorable).

Pero ya sabemos que lo importante no era el cuerpo, sino los papeles del mayor Martin. Se hizo cargo de ellos la Comandancia de Marina, que inmediatamente se los quitó de encima enviándolos a Madrid, al Alto Estado Mayor. Aquí estuvo a punto de fracasar la operación Mincemeat, porque cuando los agentes alemanes en Madrid pidieron a sus contactos en las altas esferas españolas examinar los documentos, se habían traspapelado. Si los espías nazis no los leían, todo el trabajo sería en balde.

Canaris interviene.

Finalmente tuvo que intervenir en persona el almirante Canaris, el famoso jefe del Abwehr (el espionaje alemán), urgiendo a sus colegas españoles para que los buscasen a fondo. El teniente coronel Ramón Pardo Suárez, del Alto Estado Mayor, los encontró y se las ingenió para sacar las cartas de sus sobres sin romper los sellos de lacre. Él mismo los llevó a la Embajada alemana y se los entregó al jefe del Abwehr en Madrid, Wilhelm Leissner, dándole una hora para que los copiase. Luego serían entregados por el jefe de Estado Mayor de la Armada al agregado naval británico, que los reclamaba insistentemente, con la garantía de que “todo estaba allí”.

Como último clavo para asegurar la operación, Montagu hizo que el Times incluyera el nombre del mayor Martin en el obituario que publicó el 4 de junio. Por una trágica casualidad en ese mismo periódico aparecía la muerte del famoso Leslie Howard, uno de los protagonistas de Lo que el viento se llevó, cuyo avión fue derribado por la Luftwaffe.

Los alemanes se tragaron parcialmente el anzuelo y trasladaron fuerzas a Grecia, aunque no desde Italia, sino de Rusia. La invasión aliada comenzó el 9 de julio de 1943 y costó casi 30.000 bajas. La operación Mincemeat había sido un éxito en el mundo del espionaje, pero tuvo pocos efectos en el campo de batalla.

El colofón de esta historia es que en 1998, después de que el Gobierno británico revelase oficialmente la auténtica identidad del Hombre que nunca existió, alguien se acordó del pobre diablo que como el Cid Campeador había librado una batalla por Inglaterra después de muerto, y en la lápida del mayor Martin del cementerio de Huelva agregaron: “Glyndwr Michael; sirvió como mayor William Martin, RM”.

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