El fusilamiento de Torrijos
Fue una temeridad, 50 hombres invadiendo España para derrocar la tiranía, pero su sacrificio se convirtió en un símbolo de libertad.
07/12/07
Si el despotismo nos obligare a emplear las armas, caiga sobre él la sangre que se derrame. Dios se dignara bendecir nuestra empresa; y si en sus altos juicios estuviese decretado lo contrario, vale más perecer con la satisfacción de haberla intentado que continuar viviendo en la servidumbre e ignominia”.
“Que los fusilen a todos. Yo, el Rey”. El primer párrafo es el final del Manifiesto a la Nación, firmado por el general Torrijos y Manuel Flores Calderón, último presidente de las Cortes liberales, en el exilio de Londres, antes de emprender la aventura revolucionaria que, como augura el texto, les llevaría a “perecer con satisfacción”.
La segunda frase es la nota manuscrita que Fernando VII envió de Madrid a Málaga, y que puso trágico fi n al heroico intento: cincuenta hombres invadiendo España para restaurar la libertad.
Patriotas
José María Torrijos era uno de tantos patriotas que había combatido contra Napoleón para restaurar la independencia de España, pero que tampoco aceptaban a un tirano español, por muy castizo que fuera. Había sufrido la represión y la cárcel cuando Fernando VII instauró el absolutismo, y había tenido responsabilidades políticas en el Trienio Liberal (1821-1823). Y cuando la reacción europea mandó a los Cien mil Hijos de San Luis a restaurar la tiranía, se exiló. Era el mismo perfi l de la mayoría de los que le acompañaron en su intento.
En Inglaterra, los exiliados constituyeron una Junta General de Emigrados que publicó el Manifi esto a la Nación citado. El siguiente paso era la acción, tomando como base el enclave inglés de Gibraltar. En septiembre de 1830 llegaron a Gibraltar Torrijos y sus compañeros. Entre ellos estaban, además del citado Flores Calderón, Francisco Fernández Golfín, aristócrata extremeño y ministro de la Guerra en el último gobierno liberal, anciano y casi ciego. Robert Boyd, militar inglés que, como el romántico Lord Byron, había luchado por la independencia de Grecia. El coronel López Pinto, que había defendido Cartagena frente a los Cien mil Hijos de San Luis. Francisco de Borja Pardio, antiguo comisario de guerra. Francisco Ruiz Jara, ayudante de la Milicia Nacional de Madrid. El coronel Manzanares. Francisco Arcas, capitán de la Marina Mercante... y hombres del pueblo, hasta medio centenar, sin tanto renombre, pero igualmente dispuestos a cualquier hazaña y cualquier sacrifi cio. Aunque las perspectivas que les habían llevado al Peñón, un alzamiento del ejército español contra el absolutismo, eran exageradas, los exiliados se lanzaron a la acción con sus escasísimos medios. El 24 de octubre intentaron un golpe de mano en Algeciras. El fracaso no les desanimó: lo intentaron de nuevo el 11 de noviembre, con el mismo resultado.
En enero lograron apoderarse de la Línea de la Concepción, pero volvieron a fracasar ante Algeciras, y otra vez más en febrero. Estaba claro que no tenían fuerza militar suficiente para triunfar en sus golpes, pero se habían convertido en un incordio para el régimen absolutista. Entonces entró en escena, como en los dramas románticos, el traidor.
Viriato
Había más de uno. Por una parte, en Gibraltar, entre los exiliados liberales, se encontraba Fernando Álvarez de Sotomayor, primo de Mariana Pineda, a quien ésta ayudó a escapar de la cárcel (véase ‘Tiempo’ del 5/12/05), que cambió de bando y espiaba para el gobierno. Por otra estaba el gobernador de Málaga, el general Vicente González Moreno, antiguo compañero de armas de Torrijos en la Guerra de Independencia, que valiéndose de esa vieja amistad le tendería una trampa. Usando el nombre clave de Viriato, González Moreno se puso en contacto con Torrijos y le ofreció sublevar la guarnición de Málaga, a la que se unirían otras de Andalucía si los patriotas llegaban hasta allí. El mejor punto para desembarcar sería Vélez Málaga, señalaba Viriato. En la obscuridad de la noche del 30 de noviembre, Torrijos y sus compañeros salieron de Gibraltar en dos barcas, pero en cuanto hubo luz comenzaron a ser perseguidos a cañonazos por un buque de guerra, lo que les obligó a desembarcar en una playa de Mijas e internarse en la sierra. Por lo temerario y sacrificado, un puñado de hombres sin medios yendo a liberar un país, el episodio recuerda inevitablemente la expedición del Gramma de Fidel Castro un siglo después, pero si el principio fue igual de catastrófico en ambos casos, al español le faltaría luego la extraordinaria buena suerte del cubano.
Torrijos todavía pensaba que la guarnición de Málaga se le iba a unir, pero les recibían a tiros en cuanto se asomaban a un lugar habitado. Por fin fueron cercados en la alquería del conde de Mollina, a cuatro leguas de Málaga. La desproporción de fuerzas era inmensa y, en la idea de salvar vidas, Torrijos pactó la rendición con su antiguo camarada González Moreno.
Sin embargo, las órdenes de puño y letra del rey fueron taxativas, como hemos visto al principio. En la mañana del 11 de diciembre, sin celebrar juicio ni mostrar piedad para el anciano Fernández Golfín o para un grumete de 15 años, los 52 patriotas fueron fusilados por tandas en la malagueña playa del Carmen, y el traidor Viriato pasó a ser conocido en la Historia como el verdugo de Málaga.
Retrato de los protagonistas
Fue el gobierno liberal de Sagasta quien encargó en 1886 a Antonio Gisbert este cuadro, obra maestra de la pintura histórica decimonónica, y ahora pieza clave de la exposición del Prado. Gisbert logró no sólo una escena de tremenda intensidad dramática, sino una soberbia galería de retratos. Desde la derecha se reconoce a Fernández Golfín (6), Torrijos (5), Flores Calderón (4), López Pinto (3), Boyd (2) y Pardio (1). Luego vienen los tipos populares. Gisbert pintó un auténtico manifiesto político, hermanando por la causa de la libertad a distintas clases sociales y regiones de España. Por eso los héroes anónimos llevan prendas que les identifican como catalanes, andaluces, castellanos o aragoneses. También quiso darle un protagonismo negativo a la Iglesia, factor de reacción en todo el XIX, y los mártires aparecen rodeados de siniestros frailes que colaboran en la ejecución.



