El final del imperialismo europeo
La invasión anglofrancesa de Egipto del 56 fue el canto de cisne del colonialismo. París y Londres no se habían percatado del final de sus imperios. Antonio Ozores era Israel, Manolo Morán era Egipto y José Luis Ozores era la ONU; el guión era de Mihura y Pedro Masó.
Antonio Ozores era Israel, Manolo Morán era Egipto y José Luis Ozores era la ONU; el guión era de Mihura y Pedro Masó.
Los que dicen que las grandes tragedias de la Historia, cuando se repiten a deshora, se convierten en una farsa tienen en esta película una manifestación de la tesis. No podía algo tan serio como el imperialismo europeo, que durante siglos dominó el mundo, encontrar peor caricatura que aquella astracanada filmada en España y llamada El puente de la paz. El puente era, naturalmente, el Canal de Suez.
El Canal de Suez es una de las grandes obras de la humanidad. Lo construyó un visionario ingeniero francés, Ferdinand de Lesseps, y lo inauguró en 1869 la emperatriz Eugenia. Para aquel festejo Verdi creó su ópera más espectacular, Aida. Se trataba de una empresa europea, propiedad de una multinacional anglofrancesa.
Noventa años después, Nasser, el caudillo nacionalista empeñado en modernizar el país, necesitaba angustiosamente dinero para financiar la gigantesca presa de Assuan, que debía acabar con el hambre en Egipto y que, a diferencia del Canal, sería una obra egipcia. Tenía en su corral a la gallina de los huevos de oro y decidió quedarse con ella. El 26 de julio de 1956 se apoderó del Canal y lo nacionalizó.
Orgullo
Para Francia e Inglaterra la acción de Nasser no sólo implicaba un perjuicio económico, sino una amenaza estratégica. Suez era la aorta de la economía europea, la vía por donde llegaba el petróleo de Oriente Próximo. No se podía permitir el control ajeno. Y además estaba la cuestión de la imagen, del orgullo histórico.
Durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, Inglaterra y Francia habían sido las dos grandes potencias mundiales, dos imperios coloniales extendidos por toda la tierra y sostenidos por sus aguerridos ejércitos.
Tras la II Guerra Mundial, sin embargo, las grandes potencias eran Estados Unidos y la URSS, y los imperios francés y británico se estaban desmoronando. El Tercer Mundo encontraba en la Guerra Fría, el enfrentamiento entre los nuevos bloques dominantes, la circunstancia para hacerse un hueco en la Historia. París y Londres parecían ignorar la evolución de ésta. Decidieron aplicar la vieja política de la cañonera, una acción militar contundente para recuperar el Canal. Como en los viejos tiempos, se buscó una excusa, no importaba que no fuera creíble.
Invasión
El 29 de octubre Israel, cómplice en el plan, invadió el Sinaí y avanzó hacia el Canal. Londres y París dieron un ultimátum a las partes: si no se retiraban ambas del Canal, intervendrían para imponer el alto el fuego decretado por la ONU. Sólo una semana después de la invasión israelí –prueba evidente de que todo estaba amañado– se produjo la francobritánica.
En la madrugada del 5 de noviembre, paracaidistas franceses se lanzaron sobre el Canal mientras los ingleses lo hacían sobre el aeropuerto. Al día siguiente infantería de marina y blindados desembarcaron en Port Said. La operación militar fue sencilla y con pocas bajas por parte invasora. París y Londres sacaron pecho, seguían siendo temibles potencias imperiales.
Pero era un espejismo. Bastaron unas amenazas de Kruschev –que, mientras, estaba machacando impunemente a Hungría– y el dictado de Washington –disgustado por tanta autonomía europea que enturbiaba sus relaciones con los árabes– para que Inglaterra y Francia se echaran atrás. En vez de proseguir la ofensiva hasta derribar a Nasser, como era el plan, los francobritánicos se retiraron al mes siguiente y el Canal retornó a las manos de Nasser. Fue el gatillazo del colonialismo.
Daños colaterales
La crisis de Suez tuvo consecuencias en todos los órdenes. Aparte de la demostración de que en el mundo sólo había dos potencias, EE UU y la URSS, tuvo un nefasto efecto de desatención a la tragedia húngara por parte de Occidente (véase “Tiempo” de la semana pasada). Fue el fermento para el Movimiento de los No Alineados, y estimuló los procesos de descolonización.
El franquismo se regodeó en la situación. Francia e Inglaterra eran las perversas democracias liberales que criticaban al régimen, mientras que los árabes eran, según Franco, nuestros amigos y aliados –todavía no se había producido la guerra de Ifni con Marruecos–. En Madrid los falangistas de cabeza loca hablaban de irse voluntarios a luchar a Egipto, una nueva División Azul. Como no hubo tiempo para ello, el cine subvencionado produjo el bodrio citado al principio, El puente de la paz.



