El fin del apartheid

21 / 06 / 2016 Luis Reyes
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Ciudad del Cabo, 17 de junio de 1991. El Parlamento deroga las leyes de segregación racial, manejado desde la sombra por la sociedad secreta Afrikaner Broederbond.

“La televisión tendrá que pasar por encima de mi cadáver”, había dicho Albert Herzog, ministro sudafricano de Comunicaciones entre 1958 y 1968. Para los extremistas del apartheid la televisión era una de esas “cosas modernas no deseables, como la bomba atómica”, en palabras del primer ministro Verwoerd. En su concepción fundamentalista de la separación de razas, encontraban insoportable que los negros pudiesen compartir con los blancos cualquier espacio, aunque fuese uno inmaterial como el televisivo; además, a través de la tele verían cómo vivían los blancos, lo que sería como si se colaran en sus casas.

Por eso cuando el 5 de enero de 1976 la SABC (la televisión sudafricana) inició las emisiones para todo el país, blanco o negro, el sistema del apartheid comenzó a resquebrajarse, aunque pocos analistas fuera de Sudáfrica se percatasen. Ese paso lo había decidido una comisión gubernamental presidida por el doctor Piet Meyer, el hombre más poderoso de Sudáfrica.

No busquen a Piet Meyer en la Wikipedia, su nombre solo aparece en publicaciones académicas. Fue uno de los universitarios sudafricanos que estudiaron en Alemania en los años 30, impregnándose de la mística del nacionalismo romántico alemán –y secundariamente del nazismo– con la que construirían el nacionalismo afrikáner y el apartheid. Pero lo que le daba poder a Meyer era un título que no aparecía en los membretes, pues era el jefe de una auténtica sociedad secreta, la Afrikaner Broederbond (Hermandad Afrikáner). Ninguna sociedad secreta ha tenido tanto poder en un país como la Broederbond en Sudáfrica, y no es especulación: absolutamente todos los jefes de Gobierno desde 1948 hasta la llegada de Mandela pertenecían a ella. En el último Ejecutivo blanco, el que liquidaría el apartheid, además del presidente De Klerk eran miembros de la hermandad todos los ministros excepto dos, un angloparlante y una mujer, que no podían serlo por sus estatutos. Puede decirse que prácticamente todos los puestos de responsabilidad del Gobierno, la Administración, la Policía, el Ejército y los servicios secretos estaban cubiertos por los 17.000 broeders (hermanos) de la Afrikaner Broederbond.

La hermandad surgió en 1918 con el nombre de Jong Zuid Afrika (Joven Sudáfrica, cambiada enseguida a Afrikaner Broederbond), formada por un grupo de 18 jóvenes afrikaners de los que 11 eran ferroviarios y 6 policías. En el siglo XVII los holandeses fundaron una colonia en El Cabo que fue conquistada por los ingleses en el XVIII. Desde entonces y hasta principios del siglo XX, los descendientes de aquellos holandeses, llamados afrikaners (africanos) o boéres (campesinos), combatieron guerra tras guerra con el Imperio británico para preservar su independencia, o con los pueblos indígenas para conseguir tierras cada vez más hacia el interior, empujados por los ingleses. La última guerra anglo-bóer terminó en 1902; ganó Inglaterra, pero a un coste muy alto, que llevó a un statu quo entre las dos comunidades blancas, aunque con hegemonía británica.

La razón más inmediata para formar la Jong Zuid Afrika, según uno de sus 18 fundadores, fue que los ingleses no dejaban entrar en sus clubes a los bóeres. Ellos decidieron ser también excluyentes: solamente admitirían a varones y de raza blanca (como en los clubes ingleses), pero además tenían que ser de religión calvinista y de lengua afrikaans (derivada del holandés), lo que restringía la hermandad al colectivo bóer. Tenía como objetivo declarado preservar la cultura afrikáner, pero las autoridades inglesas desconfiaron de lo que parecía un foco de revanchismo bóer y comenzaron a intentar controlarlos. Por eso pasaron a la clandestinidad y se convirtieron en sociedad secreta.

La hermandad fue creciendo en afiliados e influencia, y pronto controló el Partido Nacional, el principal partido afrikáner. Cuando en 1948 el Partido Nacional ganó las elecciones fue la Afrikaner Broederbond quien de hecho llegó al poder. El monopolio del Gobierno que el Partido Nacional ejerció durante 45 años, hasta que llegó Mandela, permitió a la hermandad ir colocando a sus broeders en todas las instancias del Estado, hasta dominarlo absolutamente.

Pero sobre todo fue la hermandad quien concibió y desarrolló el sistema del apartheid en los años 40. Y quien decidió su liquidación en los 70. El instrumento ejecutivo clave de este plan reservadísimo sería el servicio secreto, férreamente controlado por la Afrikaner Broederbond. En 1980 la Oficina de Seguridad del Estado fue reemplazada por el Servicio Nacional de Inteligencia. Era algo más que un cambio de nombre, aunque este tuviera enorme trascendencia semántica, pues “el Estado” era el Estado blanco del apartheid, mientras que “Nacional” abarcaba a toda la nación, por encima de razas.

Doctor Barnard

Al frente del nuevo servicio se nombró a Nïel Barnard (no confundir con el que hizo el primer trasplante de corazón), profesor de Ciencias Políticas y, por supuesto, miembro de la Broederbond. Su planteamiento teórico era que la seguridad nacional exigía un nuevo marco constitucional sin apartheid; en la práctica fue quien designó acertadamente a Nelson Mandela, que llevaba desde 1964 en la cárcel, como el personaje fundamental del proceso. Se reunió con Mandela por primera vez en 1988, y luego mantuvo 48 encuentros, convirtiéndose de hecho en su consejero político para la negociación con el Gobierno. Como por otra parte Barnard asesoraba al Gobierno sobre cómo negociar con Mandela, se encontró dirigiendo el juego de las dos partes, que naturalmente llevó a buen término.

A principios de 1990 la Afrikaner Broederbond decidió exponer claramente su juego, aunque solamente a sus miembros. Los 17.000 broeders recibieron un informe “estrictamente confidencial” en el que se decía: “La abolición de las medidas de discriminación no debe verse como una concesión, sino como un requisito para nuestra supervivencia”. Era la filosofía del príncipe protagonista del Gatopardo, que decía “Es preciso que cambie algo para que todo siga igual...”.

Puesto que la Broederbond controlaba también el Gobierno –un analista la definió como el denkskrum (tanque de ideas) del presidente De Klerk– el siguiente paso fue el anuncio de “eliminación de leyes discriminatorias”, que De Klerk hizo el 2 de febrero, y la liberación de Mandela y los dirigentes del ANC presos el 11 de febrero de 1990. Ya solo faltaba la declaración formal del Parlamento el 17 de junio del 91: “Los recién nacidos no serán clasificados por razas”, para poner fin al apartheid.

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